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domingo, 17 de mayo de 2020

¿Qué hago con las imágenes de Santos en papel si no las quiero tirar?


¿QUÉ HAGO CON LAS IMÁGENES DE SANTOS EN PAPEL SI NO LAS QUIERO TIRAR?
Por P. Víctor Jiménez 

A estas imágenes se les debe dar valor y evitar un uso indebido de las mismas.

Una imagen no se venera por sí misma, sino por lo que representa y, como todo objeto, con el tiempo se deteriora.

Que una imagen esté viejita no justifica que la destruyas. Si la imagen está en buen estado pero deseas conservarla, puedes obsequiarla a alguien o llevarla a algún convento o a tu parroquia, seguramente encontrarás alguien que la quiera.

Ahora bien, si la imagen además de viejita está dañada y no se puede reparar, sí es conveniente destruirla. Pero nunca debes tirarla tal cual a la basura, pues sería una falta de respeto para quien está representado en ella.

Para evitar un mal uso de las imágenes podemos destruirlas con la debida reverencia; por ejemplo, cuando es de papel o un material combustible y está deteriorada, se puede quemar hasta convertirse en cenizas y ponerlas en la tierra.

Si por el tamaño o material de la imagen no es posible quemarla, habría que buscar otra solución. Puedes donarlas a una parroquia, ya que algunas de estas estampas religiosas o palmas benditas pueden usarse en el Miércoles de Ceniza. De esta manera le damos un valor a lo que en otro momento sirvió para evocar a Dios o la intercesión de los santos y evitamos un uso indebido de las mismas.

Fuente desdelafe.mx


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jueves, 23 de abril de 2020

¿Son pecado las cosas malas que hago en sueños?


¿SON PECADO LAS COSAS MALAS QUE HAGO EN SUEÑOS?
Por Padre Jorge Loring

Tampoco es pecado nada de lo que se hace en sueños -aunque fuera pecado hacerlo despierto-, pues soñando se obra inconscientemente. Pero sí lo sería si estando despierto se ha puesto con previsión o intencionadamente su causa, o se continúa complacidamente despierto, lo que comenzó dormido.

Para que sea pecado grave hace falta que uno se deleite en lo que está prohibido, completamente despierto, y con plena voluntad y deliberación. Lo que se hace soñoliento y medio dormido, a lo más es pecado venial. No puede llegar a pecado grave por faltar la advertencia plena y consentimiento perfecto. Por esto, en cuestiones de castidad, aunque se esté despierto, si se producen movimientos fisiológicos inevitables, prescinde: no hay pecado ninguno.

Los pecados dudosos, en los que no se sabe con certeza si ha habido plena advertencia y consentimiento perfecto, conviene decirlos como dudosos al confesor, para más tranquilidad; pero no hay obligación. La duda puede ser también sobre si se cometió o no se cometió el pecado; si se confesó o no se confesó; si la materia del pecado fue grave o leve.

En ninguno de los tres casos hay obligación de confesarlo; aunque está mejor hacerlo manifestando la duda.

Pero si dudas sobre si una cosa es o no es pecado grave, y te vas a ver en la ocasión de hacerlo de nuevo, tienes obligación grave de preguntarlo antes de hacerlo, si hay razones serias para sospechar que pueda ser pecado grave.

Hay circunstancias en las que una persona puede verse en una situación en la que no sabe cómo evitar una mala acción.

Para salir de esta situación se puede aplicar la doctrina moral del mal menor, conflicto de deberes, o la acción de doble efecto.

Evidentemente que si, haga lo que haga, tengo que hacer algo malo, el sentido común me dice que elija el mal menor.

Cuando me encuentre entre dos obligaciones que parecen contradictorias, lo lógico es escoger la obligación que me parezca más importante, según las circunstancias del momento.: es lo que se llama conflicto de deberes.

Otras veces hay que efectuar acciones con doble efecto. En estos casos la moral dice lo siguiente:

a) Que la acción no sea mala en sí misma.

b) Que el efecto bueno no se produzca mediante el efecto malo.

c) Que la intención del agente sea conseguir el efecto bueno.

d) Que haya motivos proporcionados para permitir el efecto malo[1].

«Existe otro tipo de acciones humanas, imputables al sujeto, por ser voluntarias en la causa. Para ello se requieren tres condiciones:

a) Previsión, al menos confusa, del efecto malo que se ha de seguir.

b) Libertad para no poner la causa, o para quitarla, una vez puesta.

c) Obligación de evitar que de tal causa se siga tal efecto»[2].

61.4. Cuando dudes si es o no lícita una acción, puedes aplicar lo que los teólogos llaman probabilismo.

La ley ahora dudosa para ti, no te obliga con tal de que se trate de algo que no perjudique a nadie, ni material ni espiritualmente.

Por ejemplo, vas a comulgar y no tienes seguridad si ha pasado ya la hora del ayuno eucarístico; pues te parece que sí, pero no recuerdas la hora exacta.

En ese caso puedes salir de la duda sabiendo con certeza que puedes obrar tranquilamente pues esa ley, ahora dudosa para ti, no te obliga.

Aunque el probabilismo es lícito, las personas que tienen delicadeza de conciencia saben que lo meramente lícito no es siempre lo que más agrada a Dios; por amor a Él y por generosidad se puede superar lo que es lícito por lo que más agrada a Dios.

Conviene instruirse bien de lo que es pecado y de lo que no lo es, pues si creo que algo es pecado grave -aunque de suyo no lo sea- y a pesar de eso lo hago voluntariamente, cometo un pecado grave.

«La educación de la conciencia es indispensable»[3].

«La formación de la conciencia es una grave obligación moral: el hombre está obligado a formar una conciencia recta. En caso contrario, se hace responsable de todas sus faltas, aun las cometidas con ignorancia»[4].

«Una conciencia equivocada es culpable si se debe a despreocupación por conocer la verdad y el bien»[5].

«La conciencia es la norma subjetiva próxima del actuar. Es decir, que en la determinación última, la conciencia decide. Esto parece obvio cuando se trata de la conciencia recta, asentada en criterios verdaderos.

»Pero, ¿también en caso de error invencible, el hombre ha de seguir el dictamen de su conciencia? La respuesta es afirmativa. (...) Pero la conciencia errónea plantea hoy serios problemas pastorales dado que, debido a la situación doctrinal confusa, (...) no es fácil discernir cuándo alguien está en ignorancia culpable, o simplemente se debe a que ha sido instruido en tales errores»[6].

Por lo tanto, una acción pecaminosa no será pecado, si al hacerla yo no sé que es pecado.

Una acción lícita y permitida será pecado, si al hacerla yo creo erróneamente que es pecado y la hago libremente.

El pecado será grave, si al hacerlo yo lo tenía por grave, aunque de suyo la materia no sea grave.

El pecado será leve, si al hacerlo yo lo tenía por venial, aunque después me entere que la materia fue grave.

El pecado ya cometido fue leve, pero si lo repito después de conocer su gravedad, la misma acción será ahora pecado grave.

La razón de todo esto es que Dios juzga nuestros pecados tal como los tenemos en la conciencia.

Lo que Dios castiga es la mala voluntad que tenemos al hacer una cosa, no las equivocaciones o errores involuntarios.

Pero debemos procurar tener bien formada la conciencia.

«Quien duda de si está en la verdad, ha de poner los medios para salir de esa situación»[7].

Evidentemente que la moralidad de un acto está condicionado por circunstancias que pueden ser agravantes, atenuantes y hasta excusantes. Pero esto no obsta para que haya normas morales objetivas.

La moral de situación descarta estas normas objetivas y sólo atiende, como norma de moralidad, al juicio particular de cada uno, prescindiendo del recto orden objetivo[8].

Algunos, siguiendo la doctrina de Max Weber, de la «ética de la intención», sostienen que la fuente de la moralidad es el fin que se proponga el agente.

Pero Juan Pablo II, en su encíclica Veritatis splendor rechaza esta doctrina diciendo: «Si el objeto de la acción concreta no está en sintonía con el verdadero bien de la persona, la elección de tal acción es moralmente mala»[9].

Para pecar basta tener intención de hacer lo que es pecado, aunque después no se realice.

Soy culpable del pecado en el momento en que he decidido cometerlo. »

Por ejemplo: peca gravemente quien ha tenido intención de cometer un adulterio, aunque después, por alguna dificultad que surgió, no lo haya realizado en la práctica.

El pecado realizado es más grave, pero sólo el intentarlo ya es pecado.

Uno coge cierta cantidad de dinero con intención de robar, y luego se entera que robó su propio dinero: ha cometido pecado formala unque no haya sido pecado material.

Dos palabras sobre la doctrina del doble efecto:

«Se puede tener en cuenta la doctrina clásica sobre las cuatro condiciones que se requieren para actuar cuando de la acción se siguen dos efectos, uno bueno y otro malo. Son las siguientes:
a) Que la acción, en sí misma, sea buena o al menos indiferente.

b) Que el fin perseguido sea obtener el efecto bueno y, simplemente, permitir el malo.

c) Que el efecto primero o inmediato que se ha de seguir sea el bueno y no el malo.

d) Que exista causa proporcionalmente grave para actuar»[10].

El 6 de agosto de 1993 el Papa Juan Pablo II firmó la encíclica «Veritatis splendor». La encíclica ha venido a terminar con elsubjetivismo moral que se estaba extendiendo en la Iglesia.

Muchos se creen con el derecho de decidir ellos mismos lo que es bueno y lo que es malo, según su conciencia; prescindiendo de la ley de Dios, tanto natural como positiva.

El bien y el mal tienen un valor objetivo, y no dependen de las opiniones de los hombres. Hay bienes relativos y bienes absolutos.

Por ejemplo, una temperatura será buena para unos y no para otros.

Pero hay bienes absolutos, que lo son para todos: la verdad, la justicia, la paz, etc.

Es importante la opción fundamental de orientar la vida hacia Dios. Pero, aunque no haya un rechazo explícito de Dios, se incurre en pecado mortal por una trasgresión voluntaria de la ley moral en materia grave.

No sólo se peca con una actitud de pecado.

El pecado grave se puede cometer con una sola acción, libre y deliberada: el tabaco mata poco a poco, pero un plato de setas venenosas mata de golpe.

Monseñor Yanes, Presidente de la Conferencia Episcopal Española, ha dicho: «Veritatis splendor» es una presentación amplia de algunos aspectos fundamentales de la moral cristiana. (...). La encíclica es una invitación a la reflexión. Supone el sincero deseo de buscar y encontrar la verdad.

»Exige tomar en serio nuestra vida y nuestra vocación delante de Dios»[11].

Dice la encíclica: «La conciencia no está exenta de la posibilidad de error (nº62). El mal cometido a causa de una ignorancia invencible o de un error de juicio no culpable puede no ser imputable a la persona que lo hace (...), pero cuando la conciencia es errónea culpablemente porque el hombre no trata de buscar la verdad, compromete su dignidad (nº63).

»El hombre tiene obligación moral grave de buscar la verdad y seguirla una vez conocida (nº34).

»Es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave y es cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento (nº70).

»Con cualquier pecado mortal cometido deliberadamente, el hombre ofende a Dios que ha dado la ley (...); a pesar de conservar la fe pierde la gracia santificante (nº68).

»La opción fundamental es revocada cuando el hombre compromete su libertad en elecciones conscientes de sentido contrario en materia moral grave (nº67). Los cristianos tienen en la Iglesia y en su Magisterio una gran ayuda para la formación de la conciencia (nº64).

»La Iglesia ilumina sobre la verdad objetiva de la ley natural, obra de Dios (nº40).

»El hombre que se desengancha de la verdad objetiva de la ley natural se equivoca (nº61).

»Es inaceptable que se haga de la propia debilidad el criterio de la verdad para justificarse uno mismo (nº104), adaptando la norma moral a los propios intereses (nº105).

»La conciencia no es una fuente autónoma para decidir lo que es bueno o malo (nº60).

»Por voluntad de Cristo la Iglesia Católica es maestra de la verdad, y su misión es (...) declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana (nº64).

»El Señor ha confiado a Pedro el encargo de confirmar a sus hermanos (nº115).

»La Iglesia se pone al servicio de la conciencia ayudándola a no desviarse de la verdad (nº 64, 110, 116).

»Los fieles están obligados a reconocer y respetar los preceptos morales específicos declarados y enseñados por la Iglesia en el nombre de Dios (nº76).

»Los fieles, en su fe, deben seguir el Magisterio de la Iglesia, no las opiniones de los teólogos (Prólogo).

»La Iglesia tiene autoridad no sólo en cuestiones de fe sino también en cuestiones de moral (nº28 y 95).

»La fe tiene un contenido moral: suscita y exige un compromiso coherente con la vida (nº83).

»Una verdad no es acogida auténticamente si no se traduce en hechos, si no es puesta en práctica (nº88).La libertad no es un valor absoluto (nº32).

»La libertad debe someterse a la verdad (nº34).

»No hay libertad fuera de la verdad (nº96). Se llegaría a una concepción relativista de la moral (nº33).

»La revelación enseña que el poder de decidir sobre el bien y el mal no pertenece al hombre, sino sólo a Dios (nº35).

»La doctrina moral no puede depender de una deliberación de tipo democrático (nº113).

»La ley natural es universal en sus preceptos, y su autoridad se extiende a todos los hombres (nº51).

»A ella deben atenerse tanto los poderes públicos como los ciudadanos (nº97 y 101).

»Las opiniones de los teólogos no constituyen la norma de enseñanza (nº116).

»En la oposición a la enseñanza de los Pastores no se puede reconocer una legítima expresión de la libertad cristiana ni de las diversidades de los dones del Espíritu Santo (nº113).

»Los Pastores tienen el deber (...) de exigir que sea respetado siempre el derecho de los fieles a recibir la doctrina católica en su pureza e integridad (nº113).

»Hay verdades y valores morales por los cuales se debe estar dispuesto a dar incluso la vida (nº94).

»Ninguna doctrina filosófica o teológica complaciente puede hacer verdaderamente feliz al hombre: sólo la cruz y la gloria de Cristoresucitado, pueden dar paz a su conciencia y salvación a su vida (nº120).

[1] ANTONIO ARZA, S.I.: Preguntas y respuestas en cristiano, pg. 12. Ed. Mensajero. Bilbao.

[2] JUAN A. GONZÁLEZ LOBATO: Razones de la Fe, II, 2, g. Ed. EMESA. Madrid. 1980

[3] Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1783.

[4] AURELIO FERNÁNDEZ: Compendio de Teología Moral,1ª, IX, 6. Ed. Palabra. Madrid.1995.

[5] Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1791.

[6] AURELIO FERNÁNDEZ: Compendio de Teología Moral, 1ª, IX, 4, 1, a. Ed. Palabra. Madrid.1995.

[7] JESÚS MARTÍNEZ GARCÍA: Hablemos de la Fe, III, 7. Ed. Rialp. Madrid. 1992.

[8] AUGUSTO SARMIENTO: 39 Cuestiones doctrinales, IV, 4. Ed. Rialp. Madrid. 1990.

[9] JUAN PABLO II: Encíclica Veritatis splendor, nº 72.

[10] AURELIO FERNÁNDEZ: Compendio de Teología Moral, 1ª, VIII, 3. Ed. Palabra. Madrid.

[11] Revista ECCLESIA, 2653-54 (9-16, X, 93) 6.


Del  libro, Para Salvarte

Fuente católicodefiendetufe

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lunes, 30 de marzo de 2020

Vienen los testigos de Jehová : ¿Qué hago?


VIENEN LOS TESTIGOS DE JEHOVÁ: ¿QUÉ HAGO?
Por: Luis Santamaría

Un buen amigo cura me ha pedido que escriba unas líneas contestando a la siguiente cuestión: ¿Cómo tiene que responder un católico a los testigos de Jehová?

Seguro que todos conocemos a los testigos de Jehová: llaman a las puertas de nuestras casas y nos paran por la calle. Pero no los conocemos bien. Lo primero que hemos de hacer es tener claras unas cuantas ideas. Se trata de una secta fundada en el siglo XIX en los EE.UU. por Charles Taze Russell, en un clima muy peculiar: el adventismo, conformado por personas y grupos que, basándose en cálculos bíblicos, anunciaban entonces –y ahora– el inmediato regreso de Cristo, con fechas concretas y todo.

Además de su origen, es necesario saber cuál es su doctrina: en resumen, no son cristianos, aunque lo ponga en el letrero de sus Salones del Reino. Aferrándose a un monoteísmo estricto, rechazan la doctrina de la Santísima Trinidad y, obviamente, la divinidad de Cristo, que no sería el Verbo encarnado, sino la primera y más excelsa criatura de Dios, a quien llaman obsesivamente Jehová, en un error de transliteración del nombre hebreo de Dios, Yhwh. Es decir, que sería hijo de Dios, pero no "Dios de Dios, luz de luz" como afirmamos en el símbolo de la fe.

Junto a esto, y por su insistencia en que se guían únicamente por principios bíblicos, hay que conocer la versión que utilizan, la denominada Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras, y que de traducción no tiene nada. En sus páginas han manipulado y deformado una considerable cantidad de versículos para adaptarlos a sus doctrinas, en todo lo relativo a la divinidad de Jesús, la identidad personal del Espíritu Santo, la presencia de Cristo en la eucaristía (su identificación con el pan y el vino de la última cena), la doctrina sobre el más allá de la muerte, etc. Se trata de algo contradictorio con el fundamentalismo que tienen al acercarse a la Biblia, y que les lleva a rechazar con violencia desde la celebración de los cumpleaños o la Navidad hasta las transfusiones de sangre, como por desgracia de todos es conocido.

Puestas estas bases de forma resumidísima, el primer criterio de actuación para un católico es la caridad. La inmensa mayoría de los testigos de Jehová que se acerquen a nosotros lo harán con la mejor intención de apartarnos de este "inicuo sistema de cosas" –como llaman al mundo apartado de "su" percepción de la revelación de Dios– y ofrecernos la salvación. Pensemos siempre que han sido engañados en algo tan importante, y que se les ha adoctrinado en una tergiversación de la genuina fe. Una correcta actitud cristiana, por tanto, es la hospitalidad y el respeto, o más aún, la simpatía. Desde ahí, caben dos opciones que cada uno tendrá que valorar. Si el que se encuentra con ellos no tiene una sólida formación doctrinal y una fuerte experiencia de fe, es mejor que rechace con cortesía el ofrecimiento de material escrito o de conversación. Y aquí se acaban las recomendaciones.

Ahora bien, si el católico interpelado tiene claras las cosas y posee una cierta capacidad apologética (defensa de la fe, o dar razón de nuestra esperanza, como decía San Pedro), y tiene tiempo y paciencia para entablar un diálogo, puede continuar. Siendo consciente de que está siendo el blanco de una cuidada ofensiva proselitista. ¿Exagero al decirlo así? Nada de eso, ya que los testigos de Jehová son minuciosamente formados para este acercamiento, e incluso se "entrenan" en sus reuniones semanales para saber a qué personas acercarse, qué temas sacar, qué respuestas dar, qué dudas sembrar y qué publicaciones ofrecer. Por lo tanto, ellos no conciben el encuentro interpersonal como un verdadero diálogo, ya que éste exige la receptividad a lo que pueda decirme el otro, e incluye la posibilidad de que yo aprenda algo.

Un católico bien formado no se verá apabullado por la lluvia de citas bíblicas que esgrimirán los testigos de Jehová a diestro y siniestro, porque los cristianos –sea cual sea nuestra confesión, católica o no católica– no entendemos la Sagrada Escritura como un repertorio de frases célebres, un recetario, un libro de autoayuda o un manual de instrucciones. Y podemos hacer el intento –infructuoso a corto y medio plazo– de hacer ver a nuestro pesado interlocutor que la Biblia ha de leerse como un conjunto, que hay pasajes que por su género literario hay que leer en clave alegórica o simbólica, y no literal… y que, por supuesto, hay cosas que son irrenunciables cuando uno se acerca a los evangelios: Jesús se presentó como Hijo de Dios, de la misma naturaleza del Padre, tanto en sus obras como en sus palabras; mostró su voluntad de iniciar un nuevo pueblo elegido en las personas de los apóstoles, fundando así la Iglesia; entendió su muerte no como algo accidental o sobrevenido, sino como una entrega voluntaria para reconciliar a toda la humanidad pecadora con Dios, y así lo expresó en la última cena con sus amigos, dejando toda la densidad de su presencia real, de forma sacramental, en el pan y el vino.

Y podríamos seguir detallando uno por uno todos los elementos centrales de la revelación bíblica que ellos rebaten siguiendo los dictados de la corporación empresarial que dirige la secta, la Watchtower Bible and Tract Society, y de su verdadera herramienta de interpretación de la Biblia: la revista La Atalaya. Si el católico que se encuentra con ellos tiene, además, algunas nociones de griego y hebreo, las lenguas originales de los libros de la Sagrada Escritura, puede ayudarles a entender que Jesús no dijo "esto significa mi cuerpo" en el cenáculo, y que Juan nunca escribió en su prólogo que "la palabra era un dios"… que una cosa es traducir, y otra falsificar.

Y para terminar, aunque creo que es, en el fondo, lo más importante: ¿Cómo tenemos que responder los católicos a los testigos de Jehová? ¿Con elaboradas técnicas y planes pastorales y apologéticos? ¿Con un ejército de creyentes formados que vayan de puerta en puerta ofreciendo la verdad de Jesucristo? Algunos movimientos eclesiales ya lo hacen, y habrá quienes se sientan llamados por Dios a un ministerio particular de predicación de la Palabra, y bienvenidos sean.

Para la Iglesia entera, para unos y otros, una cosa es necesaria y urgente: la nueva evangelización. Hacer que la gente se encuentre con Cristo –y los evangelizadores tienen que ser los primeros en haber tenido esta experiencia radical de transformación a la luz del evangelio–, mostrarles que, como nos recordó Benedicto XVI, la puerta de la fe está siempre abierta. Así habrá mucha menos gente que encuentre en los testigos de Jehová la respuesta –embaucadora siempre– a sus demandas espirituales y sus necesidades de trascendencia.

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