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miércoles, 29 de abril de 2020

4 Tipos de amistades que son malas para tu matrimonio


4 TIPOS DE AMISTADES QUE SON MALAS PARA TU MATRIMONIO
Por Ashley Willis

En nuestra vida, debemos de tener mucho cuidado de aquellas amistades negativas que tienen el potencial de dañar nuestro matrimonio

Las amistades juegan un rol extremadamente importante en nuestras vidas, y esto se mantiene como una verdad inclusive después que nos hemos casado.

Debemos de cultivar buenas, verdaderas, leales, y honestas amistades que no sólo saquen lo mejor de nosotros sino que también saquen lo mejor de nuestro matrimonio.

Por otro lado, debemos de tener mucho cuidado de aquellas amistades negativas que tienen el potencial de dañar nuestro matrimonio.

A menudo nos terminamos convirtiendo en las personas con las que más tiempo solemos pasar.
Ciertamente tendremos algunos amigos que vengan de diferentes rumbos en la vida, y esto es algo bueno, pero no podemos permitir a NINGUNO de ellos dañar nuestro matrimonio.

Entonces, ¿Cómo podemos diferenciar a una “buena amistad” de una “mala amistad”? Debemos de comprender el tipo de comportamiento de nuestras amistades que impacta negativamente en nuestro matrimonio.

Aquí están las cuatro malas amistadas para nuestro matrimonio:


1.- El amigo que habla mal de su cónyuge.

Cuando yo crecía, mi mamá a veces me regañaba cuando yo soñaba como muchos de mis amigos. Ella me solía decir:

"Nunca te sueles quejar tanto. Seguramente has pasado demasiado tiempo con fulano".

Al principio yo creía que ella sólo me estaba regañando, pero entonces me daba cuenta que era cierto. Es raro como muchas veces terminamos adquiriendo algunos hábitos de aquellos con los que pasamos más tiempo.

Si nuestro amigo consistentemente ve y se queja de todos los defectos de su cónyuge, entonces, con el tiempo comenzaremos naturalmente a ver al nuestro de manera negativa.

En un esfuerzo por validar a esta persona o hacerla sentir mejor, terminaremos hiriendo nuestro matrimonio con las palabras negativas que decimos y con los pensamientos que permitimos echen raíz en nuestras mentes.

En lo que se refiere al matrimonio, debemos rodearnos de personas que quieran tener un buen matrimonio.

Durante los tiempos vulnerables, podemos encontrarnos a nosotros mismos quejándonos acerca de nuestro cónyuge con nuestros amigos. Esto podría pasar una o dos veces. Pero no podemos permitir que se vuelva una norma. Es algo tóxico para nuestro matrimonio y para nuestra amistad.

2. El amigo que habla mal de nuestro cónyuge

Esto pareciera algo tan evidente que ni siquiera lo vamos a pensar, pero he conversado con demasiadas parejas que tienen a los que llamamos “mejores amigos” que constantemente ven de menos a sus parejas. Esto simplemente NO puede suceder.

La excusa más común que yo escucho cuando abordamos este tema es:

“Ellos me conocen desde antes que yo me hubiese casado entonces lo que están haciendo es sobreprotegerme".

Esto puede ser cierto, pero eso no hace que el hablar mal de tu cónyuge esté bien. Cuando permitimos que nuestros amigos digan cualquier cosa desagradable en contra de nuestra esposa, estamos colocando nuestra amistad antes que nuestro matrimonio. Esto no es solamente dañino, sino erróneo.

Después de Dios, nuestro cónyuge merece nuestro compañerismo y lealtad. Nuestros amigos vienen después que nuestra familia.

Debemos dejar saber a nuestros amigos que NO ESTA BIEN que pongan apodos a nuestros cónyuges cuando estos hacen algo. Esto perpetúa el ciclo negativo en nuestra mente y corazones y crea una dañina codependencia en la amistad que terminará hiriendo nuestro matrimonio.

3. El amigo que trata de ponerte en contra de tu familia.

Un verdadero amigo te motivará a ser alguien cercano con tu esposa e hijos. Y no todo lo contrario.

Cualquier amigo que demande más de tu tiempo y diga cosas como “ella te tiene encerrado”, o “ella te exige demasiado tiempo”, o “ella está controlando todo tu tiempo”, o “tú deberías de poder hacer lo que tú quieras con tu tiempo”; esto no es una buena influencia para nosotros y ciertamente no está considerando nuestra devoción hacia nuestra familia.

Nuestros amigos nunca deberían de esperar que escojamos nuestra amistad antes que nuestra familia y no deberían de tratar de levantar discusiones con nuestro cónyuge al estar exigiendo más de nuestro tiempo.

Al final la verdad es que necesitamos pasar tiempo con nuestros amigos, pero ese tiempo nunca debe ser a expensas de nuestra propia familia.

Si estamos pasando demasiadas noches saliendo con nuestros amigos, nuestro matrimonio va a sufrir. Muchas salidas con los amigos nos llevan hacia un matrimonio solitario. Está fuera de balance, porque nuestro matrimonio debe venir primero.

4.- El amigo que odia el matrimonio en general.

Como lo dije antes, PODEMOS tener amigos de diferentes ambientes y con diferentes experiencias de vida. Esto es una cosa hermosa. Pero esto significa que la mayoría de nosotros tendremos opiniones diferentes acerca de diferentes cosas.

No deberíamos terminar una amistad simplemente porque no estamos de acuerdo en todo lo que pensamos o decimos, pero no podemos tener amistades cercanas con alguien que no respeta nuestras creencias y que tratan de minimizar nuestros valores.

Podemos tener algunos amigos que se hayan divorciado y que estén probablemente con una actitud negativa hacia el matrimonio en general. Yo no digo que no debemos darle apoyo durante esta época tan difícil. Definitivamente debemos hacerlo.

Debemos asegurarnos de que nuestras conversaciones no sean contra el matrimonio.

Yo tenía un amiga que comenzó a salir con dos mujeres divorciadas que le solían decir que estar soltera era mucho mejor que estar casada. Salían a restaurantes y a discotecas por lo menos una vez a la semana juntos. Mi amiga era la única mujer casada en el grupo. Eventualmente, ella comenzó a discutir con su esposo sobre cosas pequeñas y a decirle que no estaba siendo lo suficientemente buen esposo. Luego de algún tiempo, ella amenazó con el divorcio y eventualmente se fue de la casa a un apartamento con esas mujeres solteras. Su esposo no lo podía creer no se dio cuenta ni que tan rápido esto había ocurrido. Lo triste de toda esta situación es que la pareja se divorció hace tres años y mi amiga está empezando a darse cuenta que se equivocó tanto en su amistad como en su matrimonio. Ella desesperadamente quiere volver con su esposo, pero ahora él está con alguien más.

Amigos, yo no quiero que esto le pase a nadie de nosotros. Dios quiere que tengamos matrimonios fuertes y relaciones hermosas. Relaciones que enriquezcan nuestras vidas para que sean sanas y balanceadas.

Asegurémonos de Buscar y mantener amigos leales que se mantengan apoyándonos mutuamente y que levanten y saquen lo mejor de nosotros mismos a nuestras familias y a nuestro matrimonio.

Muchas gracias por tomarse el tiempo para leer esto y compartir. Que Dios los bendiga.

Por  pildorasdeFe.net

Adaptación y traducción al español por Manuel Rivas, para PildorasdeFe.net


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jueves, 23 de abril de 2020

¿Son pecado las cosas malas que hago en sueños?


¿SON PECADO LAS COSAS MALAS QUE HAGO EN SUEÑOS?
Por Padre Jorge Loring

Tampoco es pecado nada de lo que se hace en sueños -aunque fuera pecado hacerlo despierto-, pues soñando se obra inconscientemente. Pero sí lo sería si estando despierto se ha puesto con previsión o intencionadamente su causa, o se continúa complacidamente despierto, lo que comenzó dormido.

Para que sea pecado grave hace falta que uno se deleite en lo que está prohibido, completamente despierto, y con plena voluntad y deliberación. Lo que se hace soñoliento y medio dormido, a lo más es pecado venial. No puede llegar a pecado grave por faltar la advertencia plena y consentimiento perfecto. Por esto, en cuestiones de castidad, aunque se esté despierto, si se producen movimientos fisiológicos inevitables, prescinde: no hay pecado ninguno.

Los pecados dudosos, en los que no se sabe con certeza si ha habido plena advertencia y consentimiento perfecto, conviene decirlos como dudosos al confesor, para más tranquilidad; pero no hay obligación. La duda puede ser también sobre si se cometió o no se cometió el pecado; si se confesó o no se confesó; si la materia del pecado fue grave o leve.

En ninguno de los tres casos hay obligación de confesarlo; aunque está mejor hacerlo manifestando la duda.

Pero si dudas sobre si una cosa es o no es pecado grave, y te vas a ver en la ocasión de hacerlo de nuevo, tienes obligación grave de preguntarlo antes de hacerlo, si hay razones serias para sospechar que pueda ser pecado grave.

Hay circunstancias en las que una persona puede verse en una situación en la que no sabe cómo evitar una mala acción.

Para salir de esta situación se puede aplicar la doctrina moral del mal menor, conflicto de deberes, o la acción de doble efecto.

Evidentemente que si, haga lo que haga, tengo que hacer algo malo, el sentido común me dice que elija el mal menor.

Cuando me encuentre entre dos obligaciones que parecen contradictorias, lo lógico es escoger la obligación que me parezca más importante, según las circunstancias del momento.: es lo que se llama conflicto de deberes.

Otras veces hay que efectuar acciones con doble efecto. En estos casos la moral dice lo siguiente:

a) Que la acción no sea mala en sí misma.

b) Que el efecto bueno no se produzca mediante el efecto malo.

c) Que la intención del agente sea conseguir el efecto bueno.

d) Que haya motivos proporcionados para permitir el efecto malo[1].

«Existe otro tipo de acciones humanas, imputables al sujeto, por ser voluntarias en la causa. Para ello se requieren tres condiciones:

a) Previsión, al menos confusa, del efecto malo que se ha de seguir.

b) Libertad para no poner la causa, o para quitarla, una vez puesta.

c) Obligación de evitar que de tal causa se siga tal efecto»[2].

61.4. Cuando dudes si es o no lícita una acción, puedes aplicar lo que los teólogos llaman probabilismo.

La ley ahora dudosa para ti, no te obliga con tal de que se trate de algo que no perjudique a nadie, ni material ni espiritualmente.

Por ejemplo, vas a comulgar y no tienes seguridad si ha pasado ya la hora del ayuno eucarístico; pues te parece que sí, pero no recuerdas la hora exacta.

En ese caso puedes salir de la duda sabiendo con certeza que puedes obrar tranquilamente pues esa ley, ahora dudosa para ti, no te obliga.

Aunque el probabilismo es lícito, las personas que tienen delicadeza de conciencia saben que lo meramente lícito no es siempre lo que más agrada a Dios; por amor a Él y por generosidad se puede superar lo que es lícito por lo que más agrada a Dios.

Conviene instruirse bien de lo que es pecado y de lo que no lo es, pues si creo que algo es pecado grave -aunque de suyo no lo sea- y a pesar de eso lo hago voluntariamente, cometo un pecado grave.

«La educación de la conciencia es indispensable»[3].

«La formación de la conciencia es una grave obligación moral: el hombre está obligado a formar una conciencia recta. En caso contrario, se hace responsable de todas sus faltas, aun las cometidas con ignorancia»[4].

«Una conciencia equivocada es culpable si se debe a despreocupación por conocer la verdad y el bien»[5].

«La conciencia es la norma subjetiva próxima del actuar. Es decir, que en la determinación última, la conciencia decide. Esto parece obvio cuando se trata de la conciencia recta, asentada en criterios verdaderos.

»Pero, ¿también en caso de error invencible, el hombre ha de seguir el dictamen de su conciencia? La respuesta es afirmativa. (...) Pero la conciencia errónea plantea hoy serios problemas pastorales dado que, debido a la situación doctrinal confusa, (...) no es fácil discernir cuándo alguien está en ignorancia culpable, o simplemente se debe a que ha sido instruido en tales errores»[6].

Por lo tanto, una acción pecaminosa no será pecado, si al hacerla yo no sé que es pecado.

Una acción lícita y permitida será pecado, si al hacerla yo creo erróneamente que es pecado y la hago libremente.

El pecado será grave, si al hacerlo yo lo tenía por grave, aunque de suyo la materia no sea grave.

El pecado será leve, si al hacerlo yo lo tenía por venial, aunque después me entere que la materia fue grave.

El pecado ya cometido fue leve, pero si lo repito después de conocer su gravedad, la misma acción será ahora pecado grave.

La razón de todo esto es que Dios juzga nuestros pecados tal como los tenemos en la conciencia.

Lo que Dios castiga es la mala voluntad que tenemos al hacer una cosa, no las equivocaciones o errores involuntarios.

Pero debemos procurar tener bien formada la conciencia.

«Quien duda de si está en la verdad, ha de poner los medios para salir de esa situación»[7].

Evidentemente que la moralidad de un acto está condicionado por circunstancias que pueden ser agravantes, atenuantes y hasta excusantes. Pero esto no obsta para que haya normas morales objetivas.

La moral de situación descarta estas normas objetivas y sólo atiende, como norma de moralidad, al juicio particular de cada uno, prescindiendo del recto orden objetivo[8].

Algunos, siguiendo la doctrina de Max Weber, de la «ética de la intención», sostienen que la fuente de la moralidad es el fin que se proponga el agente.

Pero Juan Pablo II, en su encíclica Veritatis splendor rechaza esta doctrina diciendo: «Si el objeto de la acción concreta no está en sintonía con el verdadero bien de la persona, la elección de tal acción es moralmente mala»[9].

Para pecar basta tener intención de hacer lo que es pecado, aunque después no se realice.

Soy culpable del pecado en el momento en que he decidido cometerlo. »

Por ejemplo: peca gravemente quien ha tenido intención de cometer un adulterio, aunque después, por alguna dificultad que surgió, no lo haya realizado en la práctica.

El pecado realizado es más grave, pero sólo el intentarlo ya es pecado.

Uno coge cierta cantidad de dinero con intención de robar, y luego se entera que robó su propio dinero: ha cometido pecado formala unque no haya sido pecado material.

Dos palabras sobre la doctrina del doble efecto:

«Se puede tener en cuenta la doctrina clásica sobre las cuatro condiciones que se requieren para actuar cuando de la acción se siguen dos efectos, uno bueno y otro malo. Son las siguientes:
a) Que la acción, en sí misma, sea buena o al menos indiferente.

b) Que el fin perseguido sea obtener el efecto bueno y, simplemente, permitir el malo.

c) Que el efecto primero o inmediato que se ha de seguir sea el bueno y no el malo.

d) Que exista causa proporcionalmente grave para actuar»[10].

El 6 de agosto de 1993 el Papa Juan Pablo II firmó la encíclica «Veritatis splendor». La encíclica ha venido a terminar con elsubjetivismo moral que se estaba extendiendo en la Iglesia.

Muchos se creen con el derecho de decidir ellos mismos lo que es bueno y lo que es malo, según su conciencia; prescindiendo de la ley de Dios, tanto natural como positiva.

El bien y el mal tienen un valor objetivo, y no dependen de las opiniones de los hombres. Hay bienes relativos y bienes absolutos.

Por ejemplo, una temperatura será buena para unos y no para otros.

Pero hay bienes absolutos, que lo son para todos: la verdad, la justicia, la paz, etc.

Es importante la opción fundamental de orientar la vida hacia Dios. Pero, aunque no haya un rechazo explícito de Dios, se incurre en pecado mortal por una trasgresión voluntaria de la ley moral en materia grave.

No sólo se peca con una actitud de pecado.

El pecado grave se puede cometer con una sola acción, libre y deliberada: el tabaco mata poco a poco, pero un plato de setas venenosas mata de golpe.

Monseñor Yanes, Presidente de la Conferencia Episcopal Española, ha dicho: «Veritatis splendor» es una presentación amplia de algunos aspectos fundamentales de la moral cristiana. (...). La encíclica es una invitación a la reflexión. Supone el sincero deseo de buscar y encontrar la verdad.

»Exige tomar en serio nuestra vida y nuestra vocación delante de Dios»[11].

Dice la encíclica: «La conciencia no está exenta de la posibilidad de error (nº62). El mal cometido a causa de una ignorancia invencible o de un error de juicio no culpable puede no ser imputable a la persona que lo hace (...), pero cuando la conciencia es errónea culpablemente porque el hombre no trata de buscar la verdad, compromete su dignidad (nº63).

»El hombre tiene obligación moral grave de buscar la verdad y seguirla una vez conocida (nº34).

»Es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave y es cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento (nº70).

»Con cualquier pecado mortal cometido deliberadamente, el hombre ofende a Dios que ha dado la ley (...); a pesar de conservar la fe pierde la gracia santificante (nº68).

»La opción fundamental es revocada cuando el hombre compromete su libertad en elecciones conscientes de sentido contrario en materia moral grave (nº67). Los cristianos tienen en la Iglesia y en su Magisterio una gran ayuda para la formación de la conciencia (nº64).

»La Iglesia ilumina sobre la verdad objetiva de la ley natural, obra de Dios (nº40).

»El hombre que se desengancha de la verdad objetiva de la ley natural se equivoca (nº61).

»Es inaceptable que se haga de la propia debilidad el criterio de la verdad para justificarse uno mismo (nº104), adaptando la norma moral a los propios intereses (nº105).

»La conciencia no es una fuente autónoma para decidir lo que es bueno o malo (nº60).

»Por voluntad de Cristo la Iglesia Católica es maestra de la verdad, y su misión es (...) declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana (nº64).

»El Señor ha confiado a Pedro el encargo de confirmar a sus hermanos (nº115).

»La Iglesia se pone al servicio de la conciencia ayudándola a no desviarse de la verdad (nº 64, 110, 116).

»Los fieles están obligados a reconocer y respetar los preceptos morales específicos declarados y enseñados por la Iglesia en el nombre de Dios (nº76).

»Los fieles, en su fe, deben seguir el Magisterio de la Iglesia, no las opiniones de los teólogos (Prólogo).

»La Iglesia tiene autoridad no sólo en cuestiones de fe sino también en cuestiones de moral (nº28 y 95).

»La fe tiene un contenido moral: suscita y exige un compromiso coherente con la vida (nº83).

»Una verdad no es acogida auténticamente si no se traduce en hechos, si no es puesta en práctica (nº88).La libertad no es un valor absoluto (nº32).

»La libertad debe someterse a la verdad (nº34).

»No hay libertad fuera de la verdad (nº96). Se llegaría a una concepción relativista de la moral (nº33).

»La revelación enseña que el poder de decidir sobre el bien y el mal no pertenece al hombre, sino sólo a Dios (nº35).

»La doctrina moral no puede depender de una deliberación de tipo democrático (nº113).

»La ley natural es universal en sus preceptos, y su autoridad se extiende a todos los hombres (nº51).

»A ella deben atenerse tanto los poderes públicos como los ciudadanos (nº97 y 101).

»Las opiniones de los teólogos no constituyen la norma de enseñanza (nº116).

»En la oposición a la enseñanza de los Pastores no se puede reconocer una legítima expresión de la libertad cristiana ni de las diversidades de los dones del Espíritu Santo (nº113).

»Los Pastores tienen el deber (...) de exigir que sea respetado siempre el derecho de los fieles a recibir la doctrina católica en su pureza e integridad (nº113).

»Hay verdades y valores morales por los cuales se debe estar dispuesto a dar incluso la vida (nº94).

»Ninguna doctrina filosófica o teológica complaciente puede hacer verdaderamente feliz al hombre: sólo la cruz y la gloria de Cristoresucitado, pueden dar paz a su conciencia y salvación a su vida (nº120).

[1] ANTONIO ARZA, S.I.: Preguntas y respuestas en cristiano, pg. 12. Ed. Mensajero. Bilbao.

[2] JUAN A. GONZÁLEZ LOBATO: Razones de la Fe, II, 2, g. Ed. EMESA. Madrid. 1980

[3] Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1783.

[4] AURELIO FERNÁNDEZ: Compendio de Teología Moral,1ª, IX, 6. Ed. Palabra. Madrid.1995.

[5] Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1791.

[6] AURELIO FERNÁNDEZ: Compendio de Teología Moral, 1ª, IX, 4, 1, a. Ed. Palabra. Madrid.1995.

[7] JESÚS MARTÍNEZ GARCÍA: Hablemos de la Fe, III, 7. Ed. Rialp. Madrid. 1992.

[8] AUGUSTO SARMIENTO: 39 Cuestiones doctrinales, IV, 4. Ed. Rialp. Madrid. 1990.

[9] JUAN PABLO II: Encíclica Veritatis splendor, nº 72.

[10] AURELIO FERNÁNDEZ: Compendio de Teología Moral, 1ª, VIII, 3. Ed. Palabra. Madrid.

[11] Revista ECCLESIA, 2653-54 (9-16, X, 93) 6.


Del  libro, Para Salvarte

Fuente católicodefiendetufe

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miércoles, 19 de febrero de 2020

¿Qué dice la Biblia sobre las malas palabras y las groserías?


¿QUÉ DICE LA BIBLIA SOBRE LAS MALAS PALABRAS Y LAS GROSERÍAS?
Por: P. Modesto Lule Zavala msp 

No es que yo no quiera que las digas, es Dios quien lo señala en su Palabra

Son conocidas como malas palabras, groserías, palabras altisonantes, leperadas, vulgaridades, insultos y en algunos lugares como carnes. Son diferentes formas de dar a conocer aquella palabra que señala de manera despectiva un acto, persona o cosa. Con frecuencia la mala palabra se refiere a la sexualidad, a los progenitores, apariencia, discapacidades físicas o a las capacidades mentales de la persona.

Lo ofensivo también puede estar en la intensión, con esto no excuso a los que se amparan en la formula graciosa y se justifican con ella. Al decir intensión es en el concepto que se tiene en dicho lugar una palabra de uso común ya sea para un país, una cultura. Es muy común en los países de Latinoamérica que tienen un mismo idioma tener diferentes acepciones de una palabra, pero con un sentido en ocasiones antagónico.

Las malas palabras no deben ser utilizadas de ninguna manera. Cierto es que muchas veces pueden salir cuando la persona se encuentra irritada y no tiene dominio de sí. Cuando esto suceda hay que dejar pasar el tiempo para que se calmen los ánimos y pedir perdón. Este tipo de palabras regularmente son pronunciadas por complejo o para llamar la atención. En cualquiera de los casos un cristiano nunca debe mencionarlas. Hace poco una persona me escribió contando que un integrante de la Iglesia había dicho que él era de mente abierta y no era escrupuloso, por lo mismo pedía que los demás fueran de amplio criterio para no juzgarlo a la ligera, ya que el caso ameritaba decir esas palabrotas. No hay ningún caso que amerite decir, ni pensar palabrotas, porque somos hijos de Dios y debemos comportarnos como tal. La Biblia dice:

«El hombre bueno dice cosas buenas porque el bien está en su corazón, y el hombre malo dice cosas malas porque el mal está en su corazón. Pues de lo que abunda en su corazón habla su boca.» (Lc. 6, 45)

Las groserías siempre se aprenden en un lugar y con un tipo de personas. Lo importante es ser sabio y buscar la forma de cambiar el ambiente para que este no te cambie.

«Los malos compañeros echan a perder las buenas costumbres.» (1 Cor. 15, 33).

A continuación quiero decir un discurso tomado literalmente de la Palabra de Dios. Alguien podrá decir, es que el padrecito ya no quiere que digamos malas palabras, pero no es que yo no quiera, Dios es quien lo señala en su Palabra. Las siguientes citas bíblicas son claras y sencillas.

«Ustedes deben portarse como corresponde al pueblo santo: ni siquiera hablen de la inmoralidad sexual ni de ninguna otra clase de impureza o de avaricia. No digan indecencias ni tonterías ni vulgaridades, porque estas cosas no convienen; más bien alaben a Dios.» (Ef. 5, 3-4)

«Su conversación debe ser siempre agradable y de buen gusto, y deben saber también cómo contestar a cada uno.»
(Col. 4, 6)

«No digan malas palabras, sino sólo palabras buenas que edifiquen la comunidad y traigan beneficios a quienes las escuchen.» (Ef. 4, 29)


«Pero ahora dejen todo eso: el enojo, la pasión, la maldad, los insultos y las palabras indecentes.» (Col. 3, 8)

«Deben renovarse espiritualmente en su manera de juzgar, y revestirse de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios y que se distingue por una vida recta y pura, basada en la verdad.» (Ef. 4, 23-24)


«Y yo les digo que en el día del juicio todos tendrán que dar cuenta de cualquier palabra inútil que hayan pronunciado. Pues por tus propias palabras serás juzgado, y declarado inocente o culpable.» (Mt. 12, 36-37)
Como ya hemos visto en la Palabra de Dios, encontramos corrección a nuestra manera desviada de actuar. Seamos coherentes y busquemos siempre actuar como hijos de Dios.

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jueves, 17 de octubre de 2019

Las malas conversaciones


LAS MALAS CONVERSACIONES

¡Cuántas malas conversaciones se vomitan cada día! Palabras deshonestas, charlas inmundas; chistes groseros, chistes picantes, palabras y chistes de doble sentido, comentarios morbosos. Ante todo, distingamos una mala palabra vulgar de una palabra obscena con connotaciones sexuales, que es a lo que aquí nos referimos. ¡Y cuán extendido está este pecado por el mundo!, pues estas malas conversaciones y palabras obscenas se profieren por toda clase de personas. Tanto por los jóvenes de baja condición, como por los de traje y corbata; Tanto por mujeres de mala vida, como por las señoritas de buenas familias; también, y es una lástima decirlo, estas malas conversaciones se oyen tanto de las bocas de adultos y viejos, como también de las bocas de los niños.

¡Qué contento estará el demonio cuando oye proferir semejantes palabras obscenas!

Le parecerá haber destruido la obra de Dios, pues el hombre y la mujer, que fueron creado a imagen y semejanza de Dios, con estos pecados, se convierten en imagen y semejanza de las más inmundas bestias, ¡y aún peor que ellas!

Y aunque estas obscenidades que se dicen sean sólo de palabra, y no se lleven a cabo en la obra. Tanto sólo por haberlas dicho, ya se ha ensuciado y empantanado el corazón, casi de la misma forma como si se hubiesen cometido, pues el comentario muchas veces implica ya un mal deseo, y de ahí al acto hay sólo un paso; y así, se hacen -de cierta manera- reos del pecado terrible de fornicación, o de adulterio, ya sea natural o antinatural, dependiendo de lo que se haya hablado. Será de momento un pecado de la lengua, pero ya lleva -muchas veces- el deseo de su materialización (en tal caso es un pecado -también- de DESEO) o puede conducir fácilmente a él; y muchas veces del deseo al acto, es poco el espacio que existe porque lo que se expresa por la lengua nace del fondo del corazón. Y así, si muchos pecados no se concretizan materialmente es a veces sólo por falta de oportunidades.

Cierto es que en algunos casos, el chiste de doble sentido -por decir un ejemplo- no lleva necesariamente implícito el mal deseo, sino el tonto ánimo de divertir al otro, pero fácilmente puede abrir el corazón y la mente del que lo expresa -o del que lo escucha (algo que está fuera de nuestro control)- a pensamientos o deseos pecaminosos, de momento o más tarde. Y peor aún si es un hábito recurrente. Otro tanto ha de decirse de la pésima costumbre que existe en algunos países -como México- de lo que se denomina "alburear" al amigo, esto es fastidiarle y decirle picardías jugando con las palabras de doble sentido que rayan muchas veces en aspectos homosexuales, ¡como si tuviera alguna maldita gracia ostentarse como homosexual activo!

Ni que decir de aquellas malas conversaciones donde con lujo de detalle y morbo se expresan deleitosamente los hechos o deseos más inmorales, como si fuera lo más natural. Esto hace pecar gravemente al que habla y generalmente al que escucha, también.

No olvidemos la sentencia fulminante de nuestro Dios: “Ni los fornicarios, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas…heredarán el reino de los cielos”. (I. Cor. 6,9-10)


Para tener asco de estos pecados de las malas conversaciones, chistes obscenos y palabras inmundas, veamos algunas consideraciones que nos recordarán el grave daño que se hace con este pecado en las almas del prójimo y también en la misma alma del que las profiere.



1) Las palabras obscenas hacen gran daño al prójimo

San Agustín, a los que hablan deshonestamente los llama “mediadores de Satanás”, porque donde no puede llegar Satanás con las sugestiones, llegan los impuros con las palabras obscenas que pronuncian.

El apóstol Santiago habla de estas malditas lenguas, y dice que la lengua del impuro es fuego inflamado por el infierno, con el cual quema el obsceno a los demás.

Dios, en el libro del Eclesiástico, habla de un tercer tipo lengua, el cual es aplicable a la lengua de los impuros (Eccl.28,16).


La primera lengua, es la lengua espiritual, la que habla de Dios. La segunda lengua es la lengua mundana, la que habla de los negocios y riquezas del mundo. Y la tercera lengua es la lengua del infierno, que es la que habla sobre obscenidades carnales, y ésta es la que pervierte a muchos y hace que se pierdan en el infierno.

El rey David dice que la vida del hombre sobre la tierra está llena de tinieblas y de oscuridad. Esto quiere decir que el hombre, mientras vive, camina entre tinieblas por un camino resbaladizo, por lo cual está en peligro de caer a cada paso, si no tiene toda la cautela y no mira muy bien por dónde camina, con el fin de evitar las caídas, que son las ocasiones de pecar. Si en este camino tan resbaladizo, hubiese además alguien que se encargase de empujar a los otros para hacerlos caer, sería un milagro que no se cayese en el precipicio. Pues esto es precisamente lo que hacen aquellos instrumentos del demonio que hablan obscenidades: inducen a los otros al pecado mientras están en este mundo, habitando en las tinieblas, y cercados por una carne tan propensa a este vicio.

Hablando Dios acerca de estos hombres y mujeres con lenguas obscenas dijo: “Sus bocas son sepulcros abiertos” (Salm.5,11)

Y San Juan Crisóstomo añade que: Las bocas de éstos que no saben hablar sino obscenidades, son sepulcros abiertos que exhalan putrefacción, y contaminan todo a su alrededor; de la misma forma que el olor que sale de la podredumbre de los cuerpos amontonados en una fosa, infesta y trastorna a todos aquellos que perciben la hediondez.

Para recalcar todavía más el grave daño que ocasiona la lengua impura, Dios dijo: “el golpe del azote deja una llaga (en el cuerpo); pero el golpe de la lengua desmenuza los huesos”. (Eccl.28,21).


Esto quiere decir que las heridas que causan las lenguas deshonestas penetran hasta los huesos de aquellos que las oyen, por el escándalo que les causan, especialmente cuando se profieren en presencia de personas jóvenes e inocentes.

Cuenta San Bernardino de Sena, que una doncella muy pura, y que vivía santamente, una vez oyó de un joven una palabra obscena, y fue tal el escándalo que le produjo, que ella quedó terriblemente conturbada; le comenzaron a llegar gran cantidad de malos pensamientos y deseos, de tal manera que llegó a consentirlos, y después se entregó tanto a la impureza, que dice el santo, que aunque el demonio hubiese tomado carne humana, no hubiera podido cometer tantos pecados impuros como ella cometió.

¿Cuál habrá sido el fin de esa doncella, antes pura, que se volvió un demonio? ¿Y cuál habrá sido el fin de ese joven que pronunció esa palabra obscena y la escandalizó? Seguramente que el fin de ese joven, si no se arrepintió, fue terriblemente peor, pues no olviden lo que Nuestro Señor advirtió: “quien escandalizare a uno sólo de estos pequeños que creen en Mí, Más le valdría que le colgasen al cuello una rueda de molino y lo echasen a lo profundo del mar… ¡Ay del hombre por quien el escándalo viene!” (Mt.16,6-7)

¡Cuántas almas se han condenado por culpa de la lengua impura! Dios dijo tristemente: “Muchos han perecido al filo de la espada; pero no tantos como por culpa de su lengua! (Eccl.28,22)

En fin, esos hombres y mujeres, cuyas lenguas son un volcán de impurezas, son la ruina del mundo. Dijo un autor que más daño hace uno sólo de ellos, que cien demonios del infierno, siendo así la ruina de muchas almas; por eso Dios les pedirá terribles cuentas en el día del juicio, y de muchísimos de ellos, Dios podrá decir lo mismo que dijo de Judas: “Más le valiera no haber nacido”.




2) Las palabras obscenas hacen gran daño al alma misma del que las profiere


Podría decir alguno: “¡Pero, esas palabras deshonestas y chistes malos, yo los digo por diversión y sin malicia!”. A ellos, un autor les responde: “¿Con que los dices por diversión? ¡infeliz! Esas diversiones hacen reír al demonio, y te harán a ti llorar eternamente en el infierno. Porque no sirve decir que tú las dices por diversión y sin malicia, pues cuando profieres esas palabrotas escandalosas y obscenas, es muy difícil que uno no se complazca con las ideas que surgen en la imaginación; pues normalmente resulta de ellas una secreta complacencia, que suele ser semejante a una chispa que puede fácilmente encender la estopa seca. Y de allí, se llega fácilmente a las obras”. Además, ¿puedes tú saber el efecto que causarán en el que te escucha?, ¿puedes tú controlar que el otro(a) las escuche sin malicia alguna?

No hay que olvidar que los hombres y las mujeres están todos inclinados al mal, inclinados al pecado; tenemos una naturaleza gravemente herida por el pecado original, recuerden lo que dijo Dios: “los pensamientos del corazón humano se dirigen al mal todos los días” (Gen.6,5). Por eso, y sobre todo en materia de impureza, tenemos que ser muy cautos y prudentes, si no, muy pronto nos hallaremos enredados y enlodados en estos vicios deshonestos, de los cuales será muy difícil salir. Además, nos advierte el Espíritu Santo: “no seas capturado (agarrado) por tu lengua” (Eccl.V,16). Esto quiere decir: “Ten cuidado de no labrarte con tu lengua una cadena que te conduzca y arrastre a los infiernos”, pues la lengua mancha todo el cuerpo e inflama la rueda de la vida.

Sí, como antes dijimos, la lengua es uno de los miembros del cuerpo que, cuando habla mal, infesta a todos los demás miembros, e inflama y corrompe toda nuestra vida, desde la niñez hasta la senectud; y de allí resulta que los que hablan obscenidades, no saben abstenerse de semejantes conversaciones, aún cuando sean ancianos.

Otra razón más por la que las malas conversaciones hacen daño al alma de los que las profieren, es que se hacen desmerecedores de la misericordia de Dios.

¿Se compadecerá Dios de aquellos que no se compadecen de las almas de los prójimos? Dijo el apóstol Santiago que será juzgado sin compasión aquél que no tuvo compasión de los demás: “Juicio sin misericordia, a aquél que no tuvo misericordia” (Sant.2,13).

Y los que hablan impurezas no tienen misericordia del prójimo: pues a veces vomitan sus obscenidades tanto a una persona, como a muchas; y cuando mayor es la concurrencia, tanto mayor es el calor y desenfreno con que suelen hablar; y sobre todo las profieren con sus amigos; no tienen piedad ni de sus amigos, pues con esas palabras están más que contaminando y hundiendo las almas de sus tristes amigos. Y todavía más grave aún, a veces los hombres dicen sus "chistes" delante de mujeres, como también delante de los niños; ¡arrasan con todos, no tienen escrúpulos, no tienen pudor, perdieron toda vergüenza!

¡Y hasta se gozan al echarse unas carcajadas para deleitarse sobre el tema impuro que han hablado y de esa manera le dan más fuerza a sus palabras! Si estas personas de lenguas impuras siguen obrando así, ¿podrá Dios tener compasión de ellas?

Por todo esto que hemos dicho, los impuros, con todas sus sucias palabras, están matando, condenando y sumergiendo, cada vez más profundo, a su propia alma.

Conclusión

Cuidémonos mucho de no proferir con nuestra boca palabras deshonestas, ni siquiera las palabras de doble sentido, ni los chistes picantes; pues Dios ordenó lo siguiente: “La fornicación y cualquier impureza, ni siquiera se nombre entre vosotros, como conviene a los santos” (Ef.5,3).

Dios nos ha dado la lengua, no para ofenderle, sino para alabarle y bendecirle.

Y por eso nos ha dicho: “Haz una balanza para tus palabras, y un freno bien ajustado para tu boca; Y mira no resbales en tu hablar, por lo cual caigas en tierra…y sea incurable y mortal tu caída” (Eccl.28,29-30)


Pensemos que en nuestras bocas, ha entrado ya muchas veces Nuestro Señor Jesucristo por la santa Comunión, y por eso, debemos precavernos con mayor cuidado de proferir cualquier palabra que contamine la puerta por donde ha entrado y entra Dios a nuestro corazón.

Es más, usemos nuestra boca para hablar como Dios lo quiere: Dios dijo: “Vuestras palabras estén siempre condimentadas con la sal” (Col.4,6). Es decir, nuestra conversación debe ir mezclada con algunas palabras santas que muevan a los demás a amar a Dios y a retraerlos de ofenderle

¡Feliz la lengua que no sabe sino hablar de las cosas de Dios!

No olvidemos que de cada palabra hablada Dios tomará nota. Estas faltas van contra el sexto y -muchas veces- contra el noveno mandamiento de la Ley de Dios.

Usemos nuestra lengua como un poderoso instrumento para aumentar la gloria de Dios, y para la edificación del prójimo, pues de esta manera, podremos gozar eternamente de la hermosa gloria que Dios nos tiene preparada.

Fuente catolicodefiendetufe

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