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viernes, 17 de abril de 2020

¿Cuándo haces oración te distraes mucho? Esto es para ti


¿CUANDO HACES ORACIÓN TE DISTRAES MUCHO? ESTO ES PARA TI
Por: Daniel Alberto Robles Macías 

La Iglesia nos comparte algunos consejos para poder combatir nuestras distracciones

En muchas ocasiones me ha pasado que cuando estoy haciendo oración me distraigo mucho, mi mente comienza a pensar en otras cosas y dejo de prestarle atención a lo que estoy haciendo en ese momento. Incluso, he pensado que es mejor no seguir y abandonar la oración. ¿Te ha pasado? ¿Qué debemos hacer? Vamos a ver.

Primero habrá que distinguir si nuestras distracciones son voluntarias o involuntarias. Las últimas llegan solas, nacen en nuestra mente en cualquier momento; ya sea cuando hacemos oración, al rezar el rosario o al participar de la Eucaristía. Éstas no se pueden evitar y experimentarlas no significa pecar. Por otro lado, las voluntarias, son aquellas a las que nosotros les abrimos las puertas, queremos experimentarlas y las buscamos. No llegan por sí solas y como tal sí nos apartan de Dios, por lo que llevan consigo una falta.

La Iglesia, a través del Catecismo en el número 2729, nos comparte algunos consejos para poder combatir nuestras distracciones:
1.-No las persigas: Dice textual: “Dedicarse a perseguir las distracciones es caer en sus redes”. Si nos proponemos analizar el porqué de su presencia y profundizamos más y más en su origen, sin darnos cuenta habremos caído en la trampa, pues nuestra mente terminará por centrarse totalmente en la distracción y no en Dios.

2.-Vuelve a tu oración: Si caímos presas de la distracción será suficiente con re direccionar nuestra mente y nuestro corazón a nuestra oración, a ese momento de encuentro con el Señor.


El artículo que citamos del Catecismo también dice: “La distracción descubre al que ora aquello a lo que su corazón está apegado”. Será bueno entonces preguntarnos, cuando hacemos oración, ¿la hacemos con el corazón y la mente puestos en el Señor o sólo tenemos la mente más no el corazón? Podemos caer en el error de que nuestra oración sea solamente repetir y repetir palabras como si fuera un monólogo aprendido. Debemos también reconocer que en muchas ocasiones damos más importancia a las cosas del mundo que a las de Dios.
Propongámonos fortalecer nuestro amor por Dios, que se encuentre libre de toda preocupación o pensamiento que pueda apartarnos del encuentro con Él. Antes de comenzar a orar, pidamos con humildad que nos ayude a centrarnos en su presencia con la mente y el corazón. Con nuestras propias palabras, las palabras del alma.

San Alfonso María de Ligorio escribe que “si tienes muchas distracciones durante la oración, puede ser que al diablo le moleste mucho esa oración”, y ya lo creo, pues la intención del enemigo es que nuestro encuentro con el Señor no se lleve a cabo, que por las distracciones y pendientes del mundo nos olvidemos de nutrir nuestra alma de Dios.


San Juan XXIII decía: “el peor rosario es el que no se reza”. Aunque las distracciones siempre lleguen a tu puerta y te hagan perder por un momento la concentración en tu oración, no decaigas, vuelve a comenzar tu diálogo y aprovéchalas. Si quizás te distraes por alguna situación de dolor o tristeza que estás viviendo, pídele con mayor intención al Señor, que te haga experimentar la paz que tu corazón necesita.

Fuente católicodefiendetufe

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viernes, 14 de febrero de 2020

Haces lo que te da la gana y crees que por eso eres libre. No lo eres, sólo eres esclavo de tus muchos pecados


HACES LO QUE TE DA LA GANA Y CREES QUE POR ESO ERES LIBRE. NO LO ERES. SOLO ERES ESCLAVO DE TUS MUCHOS PECADOS.
Por Álvaro Molina

En la antigüedad, cuando un hombre era esclavo de otro hombre, el esclavo hacía la voluntad de su amo. No tenía libertad de hacer nada que fuera distinto a lo que su amo le mandaba. Obviamente el esclavo tenía sus ratos libres, donde podía hacer lo que quería, pero la mayor parte de su vida estaba dedicada a cumplir con la voluntad de su amo.

En nuestros días, muchos se declaran hombres libres, dueños de sus vidas, que pueden hacer lo que les de la gana. Rechazan todo lo que la Iglesia Católica enseña y con solo escuchar la palabra pecado, señalan a la Iglesia de ser opresiva, de restarle libertades a la humanidad, de oscurantista y muchos otros adjetivos más.

Y así viven sus vidas, practicando toda clase de pecados de forma habitual, ya sea la fornicación, el adulterio, la pornografía, los actos homosexuales, el robo, la mentira, la calumnia, el asesinato, etc.

El que mira pornografía habitualmente no es un hombre libre. Es un esclavo del pecado de la pornografía. Esa pobre persona, sea hombre o mujer, no acepta que su comportamiento es un pecado, y piensa que al rechazar el concepto de pecado, está actuando en plena libertad, haciendo lo que le de la gana, sin que nadie le ponga restricciones.

El esclavo hacía solo lo que el amo le ordenaba. El pecado de la pornografía, o sea el amo, ordena a su esclavo que vea pornografía. Y el esclavo obedece, tontamente convencido de estar actuando en plena libertad. Lo mismo ocurre con quienes son esclavos del pecado del adulterio, de la fornicación, de los actos homosexuales, del robo, de la mentira, del asesinato. Todos ellos creen que son libres, que están actuando por su libre y espontánea voluntad, cuando en realidad solo están obedeciendo las órdenes de su amo, el pecado. Todo comenzó cuando obedecieron la primera orden de su amo, que fue la de creer que lo que están haciendo no es pecado alguno.

El pecado, como amo celoso, le instruye a sus esclavos que no acepten las "opresivas" reglas de la Iglesia, ya que son solo "imposiciones" que no los dejará ser ellos mismos. Los esclavos por su parte, aceptan. Se dejan llevar por esas voces que hablan de "derechos", que les dicen que "si se siente bien, no está mal hacerlo". Son las voces de otros esclavos, repitiendo lo que sus respectivos amos les dicen, para asegurarse de que todos se mantengan esclavizados, sin intención alguna de librarse de las cadenas de sus pecados.

Solo Cristo, por medio de su Iglesia, puede darnos plena libertad. El que escucha la voz de los obispos y presbíteros, escucha a Cristo y también escucha al que envió a Cristo, Dios Padre. Las normas que la Iglesia propone no son cadenas opresivas, ni imposiciones despersonalizantes. Se trata de muy necesarias barreras, para mantenernos alejados de esas zonas de peligro, donde el pecado gobierna a quienes se han aventurado en ellas. No mentir, no matar, no cometer inmoralidades sexuales, obedecer a Dios, todas esas normas son normas de vida, para ser plenamente libres, para no tener al pecado como amo, sino que a Dios como el Señor de nuestras vidas.

Encuentra el dolor por tus pecados, luego ve al templo de tu parroquia. Confiésate, comulga, cumple tu penitencia, y mantente en oración para evitar el pecado.

Fuente católicodefiendetufe

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martes, 29 de octubre de 2019

Haces lo que te da la gana y crees que por eso eres libre. No lo eres, sólo eres esclavo de tus muchos pecados


HACES LO QUE TE DA LA GANA Y CREES QUE POR ESO ERES LIBRE. NO LO ERES. SOLO ERES ESCLAVO DE TUS MUCHOS PECADOS.
Por Álvaro Molina


En la antigüedad, cuando un hombre era esclavo de otro hombre, el esclavo hacía la voluntad de su amo. No tenía libertad de hacer nada que fuera distinto a lo que su amo le mandaba. Obviamente el esclavo tenía sus ratos libres, donde podía hacer lo que quería, pero la mayor parte de su vida estaba dedicada a cumplir con la voluntad de su amo.

En nuestros días, muchos se declaran hombres libres, dueños de sus vidas, que pueden hacer lo que les de la gana. Rechazan todo lo que la Iglesia Católica enseña y con solo escuchar la palabra pecado, señalan a la Iglesia de ser opresiva, de restarle libertades a la humanidad, de oscurantista y muchos otros adjetivos más.

Y así viven sus vidas, practicando toda clase de pecados de forma habitual, ya sea la fornicación, el adulterio, la pornografía, los actos homosexuales, el robo, la mentira, la calumnia, el asesinato, etc.

El que mira pornografía habitualmente no es un hombre libre. Es un esclavo del pecado de la pornografía. Esa pobre persona, sea hombre o mujer, no acepta que su comportamiento es un pecado, y piensa que al rechazar el concepto de pecado, está actuando en plena libertad, haciendo lo que le de la gana, sin que nadie le ponga restricciones.

El esclavo hacía solo lo que el amo le ordenaba. El pecado de la pornografía, o sea el amo, ordena a su esclavo que vea pornografía. Y el esclavo obedece, tontamente convencido de estar actuando en plena libertad. Lo mismo ocurre con quienes son esclavos del pecado del adulterio, de la fornicación, de los actos homosexuales, del robo, de la mentira, del asesinato. Todos ellos creen que son libres, que están actuando por su libre y espontánea voluntad, cuando en realidad solo están obedeciendo las órdenes de su amo, el pecado. Todo comenzó cuando obedecieron la primera orden de su amo, que fue la de creer que lo que están haciendo no es pecado alguno.

El pecado, como amo celoso, le instruye a sus esclavos que no acepten las "opresivas" reglas de la Iglesia, ya que son solo "imposiciones" que no los dejará ser ellos mismos. Los esclavos por su parte, aceptan. Se dejan llevar por esas voces que hablan de "derechos", que les dicen que "si se siente bien, no está mal hacerlo". Son las voces de otros esclavos, repitiendo lo que sus respectivos amos les dicen, para asegurarse de que todos se mantengan esclavizados, sin intención alguna de librarse de las cadenas de sus pecados.

Solo Cristo, por medio de su Iglesia, puede darnos plena libertad. El que escucha la voz de los obispos y presbíteros, escucha a Cristo y también escucha al que envió a Cristo, Dios Padre. Las normas que la Iglesia propone no son cadenas opresivas, ni imposiciones despersonalizantes. Se trata de muy necesarias barreras, para mantenernos alejados de esas zonas de peligro, donde el pecado gobierna a quienes se han aventurado en ellas. No mentir, no matar, no cometer inmoralidades sexuales, obedecer a Dios, todas esas normas son normas de vida, para ser plenamente libres, para no tener al pecado como amo, sino que a Dios como el Señor de nuestras vidas.

Encuentra el dolor por tus pecados, luego ve al templo de tu parroquia. Confiésate, comulga, cumple tu penitencia, y mantente en oración para evitar el pecado.

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