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martes, 11 de agosto de 2020

Protestante y abogado de Yale, se hizo católico y dejó un importante bufete para hoy ser sacerdote

 

PROTESTANTE Y ABOGADO DE YALE, SE HIZO CATÓLICO Y DEJÓ UN IMPORTANTE BUFETE PARA HOY SER SACERDOTE
Por Javier Lozano

Christian Huebner nació y creció en una familia protestante, se graduó en Derecho en Yale, una de las universidades más selectas del mundo, y empezó a ejercer con éxito la abogacía en un importante bufete de Washington. Lo que menos se podría imaginar tanto él como cualquiera que le conociera es que acabaría siendo a sus 35 años ordenado como sacerdote católico.

El pasado 15 de junio este estadounidense recibía la ordenación junto a nueve diáconos más en la basílica de la Inmaculada Concepción culminando un proceso de conversión que comenzó en la universidad y que le llevó años de lucha hasta aceptar que Dios le llamaba a servirle a través del sacerdocio.

"Nunca imaginé que me convertiría en sacerdote católico"

En una entrevista con el Catholic Standard recordaba que “al crecer en una familia protestante nunca imaginé que me convertiría en un sacerdote católico”. Pero en realidad la llamada vocacional la empezó a sentir “poco después” de ser católico.

“Tras luchar durante varios años, me arrepentí y entré en el seminario. Una vez que cedí Dios me regaló una profunda paz. El Señor ha sido fiel en todo este camino”, explica.

El primer paso hasta llegar al sacerdocio fue su conversión al catolicismo y en este punto afirma que se produjo gracias al “Espíritu Santo en el contexto de la amistad”. Precisamente, el contacto con otros católicos jóvenes como él y coherentes con su fe le fue interrogando y llamando la atención hasta tal punto de querer dar el salto y tener esa misma relación con Dios.

Compañeros católicos en la universidad

“Fue durante mis años en la Escuela de Derecho donde conocí un grupo de amigos, muchos de los cuales eran católicos. Vi en ellos una forma de vida y una visión de conjunto que era intrigante”, explica este joven.

Muchas de las conversaciones que tuvo con estos amigos y otras personas católicas que fue conociendo acabaron siendo “providenciales” y fueron “profundizando mi interés” por el catolicismo hasta que incluso siendo aún protestante empezara a asistir a misa. “Entonces –señala Christian- un día una puerta se abrió en mi corazón y en mi menté, y pasé a través de ella”.

En este proceso de conversión y posterior vocación sacerdotal no encontró tampoco el rechazo de su familia, lo que fue de gran ayuda para este joven. Él mismo confiesa que “tengo la bendición de tener un padre, una madre y tres hermanas que desde el principio y hasta el día de hoy me han amado incondicionalmente. Cuando me convertí en católico, algunos se mostraron contentos y otros lo vieron más difícil. Lo mismo cuando decidí ingresar en el seminario. Pero costase lo que costase siempre he tenido su comprensión y amor”.

Un efecto arrastre en su familia

De hecho, la conversión de Christian y su vida como seminarista ha tenido un efecto arrastre en su propia familia y son ya varios familiares los que se han hecho católicos. “Hace unos años, una de mis hermanas, aquí en Washington, fue recibida en la Iglesia, y en esta última Pascua mi madre también se convirtió al catolicismo”, cuenta orgulloso, recordando además que él mismo pudo servir como diácono en esta Vigilia Pascual, algo que “fue muy especial”.

Tras acabar sus estudios de Derecho primero en el St. Olaf College de Minnesota y luego en la Escuela de Derecho de Yale, Christian había empezado a trabajar como abogado y por eso acabó trasladándose a Washington.

Dios le iba preparando el camino

Allí, ya como católico, asistía a la iglesia de San Pedro en el Capitolio. Pero fue un hecho más providencial el que fue alimentando en él la vocación. En la planta baja del edificio de oficinas que albergaba su bufete se encontraba el Centro de Información Católica y allí conoció a un sacerdote, Arne Panula, hoy fallecido, que acabaría siendo vital en este proceso.

“Llegar a al punto de decir ‘sí’ al seminario fue un camino difícil, pero una vez que recibí esa gracia del Señor no tuve muchos problemas para dejar atrás el Derecho”, confiesa.

Un signo que le confirmó que debía ser sacerdote

Este nuevo sacerdote explica que ha tenido "una buena vida trabajando como abogado, no sólo un buen trabajo y buenos compañeros, sino también buenos amigos y una fuerte comunidad católica, la oportunidad de hacer muchas cosas buenas. Pero nunca me sentí enteramente como un abogado porque siempre percibí que había algo más que Dios me pedía”.

Christian asegura que una vez que entró en el seminario vivió un acontecimiento que confirmó esta llamada al sacerdocio. “Me pidieron que prestara servicio en la Mass Red (conocida como Misa Roja y que consiste en una celebración litúrgica para jueces y juristas para dar inicio al año judicial) en la catedral y a ella asistieron muchos miembros de la comunidad legal. Desde mi lugar cerca del altar podía mirar alrededor y ver muchas caras conocidas, y sin embargo, era muy consciente de que estaba entre ellos pero de una manera fundamentalmente muy diferente, en un papel completamente distinto a lo que habría sido un mes antes. Y por alguna razón me sentía mejor estando en este nuevo rol, como si hubiera encontrado mi lugar”.

Cortesía de nuestra página hermana, Blog Convertidos Católicos-Religion en Libertad

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miércoles, 27 de mayo de 2020

¿El Cristo Milagroso lo hizo de nuevo? Cifras de coronavirus en Italia impactan las redes


¿EL CRISTO MILAGROSO LO HIZO DE NUEVO? CIFRAS DE CORONAVIRUS EN ITALIA IMPACTA REDES

El Papa Francisco reza ante el Cristo Milagroso.

Un sacerdote de la Arquidiócesis de Milwaukee (Estados Unidos) llamó la atención de las redes este fin de semana al analizar la cifra de muertos por coronavirus en Italia e identificar el 27 de marzo como el día en que todo cambió.

Ese día el Papa Francisco presidió en la Plaza de San Pedro un momento extraordinario de oración acompañado del Cristo Milagroso, una imagen de Jesús crucificado a la que los romanos atribuyen el fin de la epidemia de 1522. Además dio la bendición Urbi et Orbi y rezó ante la imagen del Señor crucificado.

En su cuenta de Twitter, el P. John LoCoco identificó a través de la Alerta sobre el COVID-19, accesible a través de Google, que ese viernes fue el día en que más fallecidos se registraron en Italia, con 919 víctimas.

Desde entonces, ha comenzado un paulatino descenso, hasta registrarse ayer 50 muertos en Italia. Como se sabe, este fue el primer país europeo donde la pandemia hizo estragos luego de que el virus saliera de China, provocando, según la Universidad Johns Hopkins, más de 230 mil contagios y 32.800 muertos.

Desde hace unos días se levantaron varias medidas restrictivas en Italia y también se pueden celebrar Misas con fieles, pero manteniendo las recomendaciones sanitarias para evitar un rebrote del coronavirus.

En la jornada extraordinaria de oración, el Papa Francisco también rezó ante la imagen mariana de la Salus Populi Romani.

Ante una Plaza de San Pedro vacía y en plena lluvia, el Pontífice reflexionó sobre el pasaje del Evangelio en que Cristo calma la tormenta en la mar de Galilea.

“Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente”, expresó.

Sin embargo, recordó que “el Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor”.


Por ello, alentó a abrazar la cruz de Cristo, ya que en ella “hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza”.

Después de su reflexión el Santo Padre se dirigió hacia la entrada de la Basílica de San Pedro donde realizó la adoración al Santísimo Sacramento en silencio durante varios minutos, acompañado de algunos funcionarios del Vaticano, y presidió luego algunas oraciones como la súplica en letanías.

Fuente ACIPrensa

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miércoles, 29 de abril de 2020

Nació mujer, se hizo hombre trans y ahora se identifica como un extraterrestre


NACIÓ MUJER, SE HIZO HOMBRE TRANS Y AHORA SE IDENTIFICA COMO UN EXTRATERRESTRE
Por Jesús Mondragón (Saulo de Tarso)

No son la clase de notas que nos gusta dar en esta página, pero es una de las que mejor muestra cuando los seres humanos vivimos alejados de la mano de Dios, perdidos sin identidad, sin el apoyo familiar.

Jareth Nebula, nació mujer, hoy se identifica como extraterrestre: "No pienso ni me siento como los humanos. Realmente no puedo explicárselo a los demás, simplemente soy de otro mundo".

A los 29 se convirtió en hombre trans. Ahora afirma ser un extraterrerstre asexuado:

“Después de reconocerme como transgénero y creyendo que finalmente me había encontrado, me di cuenta de que estaba equivocada: no era hombre ni mujer, ni siquiera humana”.

Ella misma reconoce que su comportamiento carece de lógica y explica: “No pienso ni me siento como los humanos. Realmente no puedo explicárselo a los demás, simplemente soy de otro mundo”.

“Sé que estoy atrapada en una forma humana y así es como me perciben los demás, pero para mí, soy un extraño sin género”.

Jareth considera que: “si alguien quiere identificarse como algo, incluso con un animal, déjalo”

“Pensé que ser un hombre trans resolvería todos mis problemas y batallas internas para descubrir quién era yo, pero no estaba tan feliz como esperaba”.

“Sentí que estaba tratando de encajar en la caja de otra persona. no quería estar restringido; fue entonces cuando descubrí que era un ser agénero”.

“Siempre me obsesioné con los extraterrestres y con lo que significa ser extraterrestre, por lo que la idea de ser un extraterrestre completo encaja perfectamente como una identidad para mí”.

Aspira a tener 333 estrellas tatuadas en su cuerpo, ya que “el tres siempre ha sido mi número de la suerte”, por ahora sólo tiene 78. Se ha retirado los pezones y se afeita las cejas para parecer más extraterrestre.

“Estoy feliz con quien soy y seguiré haciéndome más extraña cada día”, asegura.

El de Jareth no es el primer caso conocido de alguien que se considera extraterrestre y que ha utilizado la cirugía y la ideología de género para ello. En 2017 se dio a conocer el caso de Vinny Ohh.

Jareth ha sido diagnosticada con el síndrome de Ehlers-Danlos, que es una afección que produce una elasticidad extraordinaria de su piel y gran movilidad articular, acompañado de fuertes dolores.

Oremos por Jareth y todas las personas que como ella necesitan convertirse a Dios Nuestro Señor, para que los guíe a su reino.


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¿Qué hizo el Papa Francisco con su Lamborghini?


¿QUÉ HIZO EL PAPA FRANCISCO CON SU LAMBORGHINI?

El papa Francisco recibe regalos continuamente que vende para conseguir dinero para sus obras de caridad. Así planea enviar un apoyo concreto a los cristianos y a toda la población de la llanura de Nínive. Gracias a la donación de 200.000 euros, recibida tras la subasta de un Lamborghini donado.

Ayuda a la Iglesia Necesitada podrá financiar dos obras en beneficio de las familias cristianas que han regresado a la llanura de Nínive tras la derrota militar del Estado islámico.

El 15 de noviembre de 2017, el Papa decidió donar a Iglesia Necesitada parte de las ganancias de la venta del Lamborghini Huracán donado por el fabricante de automóviles. La dos obras de caridad que consisten en un jardín de infancia dedicado a la Virgen María y el centro polivalente de la parroquia del mismo nombre; las dos estructuras de la Iglesia siro-católica destruida por los terroristas del ISIS.

Ambos edificios están situados en Bashiqa, a sólo 30 kilómetros de Mosul. El pueblo fue gravemente dañado por la guerra, pero la comunidad cristiana ha regresado en gran número.

De hecho, 405 de las 580 casas destruidas ya han sido reparadas y el 50% de los cristianos que han regresado, o sea 1.585, ya están reparadas.

“Las dos operaciones financiadas con los ingresos de Lamborghini beneficiarán también a las otras minorías de la zona, ya que el centro polivalente, capaz de albergar a más de un millar de personas, se destinará a las bodas y a las fiestas religiosas de las diferentes comunidades”.

Será el centro más grande de la zona y estará disponible para más de 30 mil habitantes de diferentes grupos étnicos y creencias”, contaron a Vatican News los responsables del proyecto por parte de Iglesia Necesitada.

Poco más de dos años después de la liberación de las aldeas de la llanura de Nínive, el número de cristianos que han podido regresar a sus hogares ha superado todas las expectativas.

El 11 de enero pasado, 9.108 familias regresaron a sus aldeas, es decir, casi el 46% de las 19.832 familias que vivían allí en 2014 antes de la llegada del Estado islámico.

Esto se debe a las inmensas obras de reconstrucción -financiadas en gran parte por Iglesia Necesitada que hasta ahora han permitido reconstruir o reparar el 41% de las 14.035 viviendas destruidas o dañadas por ISIS.

La intervención que ha visto a la Fundación en primera línea junto con las Iglesias locales, ha encontrado en el Papa un benefactor constante. Ya en 2016, Francisco había financiado con 100.000 euros la “Clínica benéfica San José” de Erbil, que ofrece asistencia médica gratuita.

Desde 2014, Ayuda a la Iglesia Necesitada ha donado más de 40 millones de euros para apoyar a los cristianos iraquíes.

Fuente católicodefiendetufe

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miércoles, 25 de marzo de 2020

Gary Sinise, el actor de Hollywood que se hizo Católico tras el ataque terrorista de las torres gemelas


GARY SINISE, EL ACTOR DE HOLLYWOOD QUE SE HIZO CATÓLICO TRAS EL ATAQUE TERRORISTA DE LAS TORRES GEMELAS

En la Nochebuena del 2010, en una íntima y tranquila ceremonia, entró oficialmente en la Iglesia católica

Gary Alan Sinise, famoso actor y director estadounidense, es un católico converso. Gary es reconocido por aparecer en películas como Forrest Gump y La milla verde; o en series como CSI Nueva York. Nació en Illinois el año 1955, y comenzó su carrera como actor en el año 1982. Sinise está casado con la actriz Moira Harris desde 1981, y tienen tres hijos: Sophia Ana, McCanna Anthony, y Ella Jane. Además… ¡Toca en una banda!

Desde los años 90 su mujer Moira fue poco a poco recuperando sus raíces Católicas, hasta que en el año 2000 se confirmó. Después de eso, y con su mujer como referencia, el famoso actor fue profundizando en su propia espiritualidad, en especial tras los sucesos del once de septiembre del 2001, cuando fue invitado como apoyo a los hombres y mujeres que fueron a Irak. Su conversión oficial llegaría en nochebuena del año 2010. Según sus propias palabras: La Iglesia ha sido una roca para mí y para mi familia en los momentos difíciles y de mucha oscuridad (Gary Sinise).

Gary ha creado una fundación para materializar el soporte a los soldados que vuelven de la guerra en mal estado, con diversos programas de ayuda- La fundación de Gary colabora con los Caballeros de Colón, -una orden Católica con presencia en Estados Unidos-.


El ejemplo del capellán que murió el 11-S

En su testimonio Sinise destacó el ejemplo del padre franciscano Mychal Judge, capellán del Departamento de bomberos de Nueva York, que murió ayudando a las víctimas de los atentados terroristas. “Su plegaria sencilla, ‘Señor, llévame cuando tú decidas que tengo que irme. Permite que encuentre a quien Tú quieras. Dime lo que quieras que diga y mantenme en tu camino’… es muy especial para mi mujer y para mí”, dijo Sinise.

“En su última homilía, realizada el 10 de septiembre, un día antes de su muerte, el padre Mychal dijo… cada uno de nosotros no sabe a lo que Dios nos llama. Pero Él te necesita. Me necesita. Nos necesita a todos nosotros”, añade el actor. “El padre Mychal dio su vida por los demás al día siguiente. He conocido a muchas personas abnegadas y valientes que me inspiran todos los días a llevar a cabo mi misión”, añade.


Una conversión repentina


A finales de los 90, Moira -su esposa-, estaba en una representación de una obra irlandesa en la que se volvió a conectar con el lado católico de su familia irlandesa. Moira no creció en un hogar religioso pero su madre era católica de nacimiento y su padre protestante metodista.

Sinise cuenta que su familia estaba trabajando en Carolina del Norte cuando se acercó un huracán. “En el momento en que estábamos en la carretera conduciendo un coche alquilado y tratando de escapar de la tormenta, con rayos y truenos, un viento fortísimo y lluvia, Moira, de repente, se gira hacia mí y me dice, ‘Cuando volvamos a casa me convertiré al catolicismo y los niños irán a una escuela católica’”.

Tras dos años de catequesis, el Domingo de Pascua de 2000, la mujer de Sinise se confirmó en la Iglesia católica “y los niños y yo estábamos a su lado. Nos sentíamos muy orgullosos de ella”.

En 2010, en Nochebuena, Sinise dijo a su mujer y a sus hijos que iban a ir a una cena especial. Sin saberlo los suyos, había ido a catequesis privadas para ser confirmado. Así que antes de ir a cenar, la familia se detuvo para ver a un sacerdote “y en una íntima y tranquila ceremonia en Nochebuena, rodeado de mi familia y de mis seres queridos… entré oficialmente en la Iglesia católica –recordó-. Fue una noche muy especial en nuestras vidas”.

“La Iglesia ha sido una roca para mí y para mi familia en los momentos difíciles y de mucha oscuridad”, cuenta Sinise.

Además de su fundación Sinise ofrece conciertos con su banda Teniente Dan, entreteniendo a las tropas en casa y en el extranjero. Viaja regularmente a zonas de guerra para encontrarse con miembros del servicio y también visita hospitales militares de EEUU en Alemania, San Antonio, San Diego y Bethesda, Maryland.

Fuente católicodefiendetufe

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miércoles, 6 de noviembre de 2019

Fernando Casanova: ¿Por qué se hizo católico?


FERNANDO CASANOVA: ¿POR QUÉ SE HIZO CATÓLICO?

¿Por qué se hizo católico?
El pentecostalismo y yo
Profesor de teología en el seminario pentecostal
La verdadera Iglesia de Jesucristo
No quería hacerme católico
Encuentro con la Eucaristía
La Eucaristía según los evangélicos
La Eucaristía según San Pablo
La Eucaristía según San Juan
Otras cuestiones
Un alto costo

¿Por qué se hizo católico?

La proclamación del Dr. Fernando Casanova responde al gran tesoro que descubrió en la Iglesia Católica. No importa el tema de la ocasión, o si se trata de su testimonio, de una predicación, taller o curso, él siempre exalta la fe, doctrina, espiritualidad y moral católica.

El cuestionamiento principal en el proceso de conversión del reverendo Fernando Casanova fue la Eucaristía. No obstante, él es el primero en reconocer que hubo otros temas importantes con los cuales tuvo que lidiar: la excelencia y el rol de la Virgen María en la historia de la salvación, el culto a la Virgen y a los santos, el primado de San Pedro, el papado, el bautismo de infantes y el sacramento de la Confesión. Siempre, sin excepción, encontró una respuesta contundente a favor de la Iglesia Católica Romana.

El Dr. Fernando Casanova reconoce que no siempre descubrió la Verdad católica por iniciativa propia, sino sin quererlo y sin procurarlo; de hecho, por mucho tiempo se resistió, pues no quería hacerse católico.

Hasta que se encontró retando al Señor sometiéndome, por ejemplo, al sacramento de la Reconciliación (Confesión), y predicando en su iglesia pentecostal sobre María y la Eucaristía, y negándose a bautizar al modo protestante, y rehusándose casar a católicos, y enseñando la versión católica de la teología a los seminaristas evangélicos… y un largo etcétera.

Como era de esperarse, una situación extraordinaria de conversión como esta tuvo que ser muy difícil y dolorosa, sobre todo cuando se pierde el afecto de amigos y los hermanos en la fe, y cuando se sacrifica la vocación para la que se creía llamado por Dios, pero sobre todo cuando se perjudica el matrimonio porque el cónyuge no comprende por qué su esposo decide hacerse católico, con lo antipática que les solía parecer esa Iglesia y sus prácticas.

Los esposos Casanova sólo platican de estas dificultades cuando participan de actividades de evangelización y formación a las que son invitados. Este no es el lugar para versar sobre situaciones privadas tan neurálgicas.

Sin embargo, sí podemos aprovechar algunas líneas escritas por el Dr. Fernando Casanova sobre las razones bíblicas, teológicas y espirituales que tuvo para hacerse católico.

A continuación presentamos un breve resumen de estas razones, que hemos tomado y adaptado de una conferencia que dictó Fernando en la XVI Convención de la Asociación Nacional de Sacerdotes Hispanos de los Estados Unidos, el 11 de octubre de 2005, en San Juan.

En esta conferencia se enfatizó el tema de la Eucaristía, que fue la cuestión más importante en la conversión de Fernando, y luego también de su esposa.

El pentecostalismo y yo

Fui criado en la tradición pentecostal. Nunca conocí otra experiencia de fe. No fue difícil para nuestra familia identificar esa fe evangélica y pentecostal como la causa de nuestra excitante vida espiritual, y como razón de nuestra grata convivencia familiar.

Estaba tan agradecido de Dios por el orden religioso en nuestras vidas, por las nuevas oportunidades que me regaló después de haber abandonado la fe de mis padres, viviendo por algún tiempo una vida juvenil desordenada, que decidí entregarme al Señor en cuerpo y alma. Pronto me sentí llamado por Dios a ser pastor. Respondí enseguida. ¡Qué mejor manera de vivir para mi Dios que trabajar para él!

Pero una vez involucrado en el ministerio se me develaron otras razones para querer procurar una vida espiritual cabal, más aferrada a la Escritura, dependiente de la perfecta voluntad de Dios y en sintonía con la Iglesia que él parecía haber establecido en el Nuevo Testamento. Es que tenía que haber algo más profundo, alternativo, en línea con la intención original de Jesús y en comunión con los primeros apóstoles y con aquella Iglesia primitiva de la que me creía heredero, pero de la cual me distanciaba la realidad que comencé a percibir cuando me inauguré como ministro y pastor.

Al principio me entusiasmé con las propiedades liberadoras de la religiosidad pentecostal, y me adherí a ella con todo el corazón. Cuando accedo al ministerio por convicción y vocación, me di cuenta de que arriba, en el liderato, y lejos de la buena fe del pueblo creyente, se encuentra una actitud generalizada de embaucamiento. De pronto, di al traste con la realidad: yo era parte de una ínfima minoría. Me relacioné con otros colegas que se daban cuenta de la corrupción y de la incongruencia con el evangelio de Jesús, con la idea paulina del ministerio cristiano (cf. 2 Co 11, 4 al 12, 21) y con la vida de la Iglesia primitiva (cf. Hch 2, 42.44; 5, 40; 9, 16; 14, 22; Col 1, 24), pero mis compañeros se conformaban.

Tenían miedo. Les preocupaba más su propio bienestar y sus sueldos, y terminaban haciéndose cómplices de la religiosidad sensacional tipo espectáculo. Vi a muchos sucumbir a la fascinación de los predicadores que presentaban a la religión como un show para escapistas: una incubadora de sentimentalismo que atraía a embaucadores apegados al dinero fácil y a la fama. Estos personajes descollaban como súper apóstoles: “¡el hombre de Dios para este tiempo!” o “el Evangelista Internacional”, de los que se resguardaban al lado de un elegante escudo de armas circundado por las palabras “Mengano Ministries”, o detrás de vistosos letreros con la foto artística del pastor y su esposa.

Estos personajes carismáticos se iban constituyendo en los paradigmas del nuevo ministro pentecostal, un prototipo que yo no quería emular y que rechacé con todas mis fuerzas.

Profesor de teología en el seminario pentecostal

Se me ocurrió que podíamos volver a aquel primer cristianismo, genuino y martirial, que el movimiento pentecostal había tratado de revivir cien años atrás. Pensé que todo sería cuestión de buena educación teológica. Así que me fui al Colegio Bíblico Pentecostal a enseñar teología. Este era el Seminario de mi denominación y el único colegio bíblico acreditado fuera de los Estados Unidos continentales. Obtuve la Cátedra de Teología Sistemática que ostentó el Dr. Richard González por más de treinta años antes de retirarse. Me sentí optimista; sentía que podía hacer algo formando a los seminaristas que ejercerían el liderato pentecostal en el futuro.

Tomé mi nueva responsabilidad con pasión. Sin pausa enfaticé en la imperiosa necesidad de atender las incongruencias éticas y doctrinales. Lo único que me movió fue el convencimiento de que teníamos que actuar conforme a la Iglesia que descubrí en la Biblia; una Iglesia apostólica (Jn 15, 16; 20, 21; Lc 22, 29-30; Mt 16, 18; Jn 10, 16; Lc 22, 32 [Jn 21, 17]; Ef 4, 11; 1 Ti 3, 1.8; 5, 17), con autoridad (Mt 28, 18-20; Jn 20, 23; Lc 10, 16; Mt 28, 20), perpetua (Is 9, 6-7; Dan 2, 44; 7, 14; Lc 1, 32-33; Mt 7, 24; 13, 24-30; 16, 18; Jn 14, 16; Mt 28, 19-20, infalible (Jn 16, 13; 14, 26; 1 Ti 3, 15; 1 Jn 2, 27; Hch 15, 28; Mt 16, 19). Otra idea bíblica que me martillaba la cabeza constantemente era la unidad completa (espiritual y visible) de esa Iglesia (Jn 10, 16; 17, 17-23; Ef 4, 3-6 [cf 3, 21; 4, 14]; Rm 16, 17; 1 Co 1, 10; Flp 2, 2; Rm 12, 5; Col 3, 15). Y ni se diga la contrariedad que me quitó el sueño por mucho tiempo cuando me confronté con el testimonio acerca de la Iglesia Católica de los llamados Padres de la Iglesia, en los primeros siglos de la era cristiana: San Clemente Romano (97 d.C.), San Justino Mártir (155), San Ignacio de Antioquía (165), Tertuliano (197), San Cipriano (250) y San Agustín (397), entre otros.

Cuando constaté el fondo eclesial de la Biblia y del cristianismo primitivo, se me comenzó a aparecer la Iglesia Católica como la verdadera Iglesia de Jesucristo.

Mi optimismo inicial en el Colegio Bíblico se convirtió en una profunda tristeza. Sabía que era responsable del destino eterno de muchas almas. Sabía que un ministro mal formado o con distorsiones éticas era un peligro. La desilusión fue inminente; yo me mortificaba señalándole a todos lo que decía la Biblia, Jesucristo, sus apóstoles y los Padres de la Iglesia, y ellos insistían en suspirar por ministerios deslumbrantes, construcciones majestuosas y exposición en los medios.

Así que me concentré en la oración y el estudio profundo de la Biblia y la historia. En medio de esta búsqueda se hizo evidente que el problema radicaba, a la luz de la Iglesia que constatamos en la Biblia y los Padres, en cuál de las pretendidas iglesias se encontraba la plenitud de la gracia y del conocimiento divino (cf. Mt 28, 19-20; Jn 20, 30; Ga 1, 9; Ef 1, 22; 2, 21; 1 Ts 2, 7; 2 Ts 2, 15; 1 Ti 3, 15; y 1 Jn 2, 19; 4, 6).

La verdadera Iglesia de Jesucristo

Me mortificó ver que, a pesar de que Dios proveyó el Espíritu Santo para conducirnos a la verdad completa, al conocimiento pleno y a una relación de donación de sí mismo (Jn 16, 12-15 [Rm 8, 14-17.23-27]), lo que se podía verificar era una funesta realidad religiosa de división, de fragmentación y de oposición entre los seguidores de Jesús. Cada vez que me fijaba en el espectro religioso de nuestro entorno pentecostal para identificar una respuesta o clave de solución, se me hacía más evidente una escandalosa realidad de relativismo religioso por la división que acusaba a nuestro Señor de mentiroso, pues él había urgido y anunciado lo contrario de su Iglesia (Jn 17, 20-26; Hch 2, 42-43; 1 Co 1, 10; Ef 4, 1-6; Etc.). La realidad que tenía de frente me denunciaba a un montón de espíritus que aducían ser el Espíritu Santo, pero que referían a muchas verdades diversas y contradictorias entre sí. Tuve que reconocerlo: la división entre los cristianos no sólo atentaba contra la disposición eclesial de Jesús, sino que también era la causa principal de la incredulidad (Jn 17, 21.23).

Aquel mundo protestante y de sectas no podía ser la Iglesia que Cristo convocó para su gloria, para remitir a su reino y señalar su verdad (¡en singular!).

Estaba seguro de que Jesús no se había equivocado; de que había una sola verdad que conduce a un solo Señor, y de que para mayor gloria de Dios esta verdad debe ser transmitida sin ambigüedades por una sola Iglesia (Ef 3, 21; 4, 3-6.14-15). La evidencia bíblica, el sentido común y la historia me señalaban a la Iglesia Católica como la Iglesia de Jesucristo, la original y la única. De hecho, ningún protestante, por más anticatólico que fuese, podía negar que la Iglesia de Jesucristo que conocemos como Católica, se mantuvo constantemente diciendo y estableciendo la verdad; sobre la Trinidad (Nicea, 325), la personalidad divina de Cristo (Efeso, 431), la divinidad del Espíritu Santo (Constantinopla, 381) y hasta sobre el canon bíblico (Cartago, 493, y Roma, 497). En adición, todas estas verdades echaban por tierra la hipótesis anticatólica de la corrupción de la Iglesia por Constantino y el Edicto de Milán de 313. ¡Se suponía que la Iglesia Católica se hubiera corrompido en esa fecha!

Vez tras vez, evidencia tras evidencia, me indicaban una realidad que me obligó a reconocer que era muy probable que la Iglesia Católica fuera la Iglesia de Jesucristo, y que era muy improbable que nuestras diversas iglesias (¡más de 30,000 en 1999!) fuesen esa única Iglesia del Señor, con todas las notas que correspondían al pueblo de Dios en el nuevo testamento.

No quería hacerme católico

Durante este proceso de conversión resistí al catolicismo con todo lo que tenía a mi alcance. Cuando la excelencia y la veracidad de su doctrina me alcanzaron por fin, es decir, cuando mis reservas de índole bíblico, teológico, histórico (en especial cuando caí en la cuenta de la existencia de una leyenda negra rabiosamente anticatólica) y espiritual (cuando entendí que la piedad católica, sobre todo la mariana, estaba cimentada en un sólido fundamento teológico que se gesticula y expresa a través del comportamiento y del lenguaje del amor, tal y como me conduzco cuando expreso con gestos y palabras controvertibles el amor y la pasión que siento por mi esposa [«soy sólo tuyo y de nadie más; te adoro, mi amor; eres la razón de mi vida», etc.]) se desvanecieron, opte entonces por hacerme de la vista larga y seguir sin hacer caso a la voz de mi conciencia y de mi razón: decidí continuar con mi ministerio, ocultando mis descubrimientos y tratando de demostrar que creía lo que predicaba y enseñaba. Siento mucho admitirlo, me da vergüenza, pero la verdad es que decidí actuar en adelante como un hipócrita. “No quiero hacerme católico, no me conviene, no me caen bien.”

Encuentro con la Eucaristía
Aceptando el reto lanzado por un fraile capuchino fui a ver una Hora Santa. El religioso me enteró de una comunidad “muy eucarística”, que tenían exposiciones del Santísimo programadas, y que se aprestaban esa misma noche a celebrar una adoración eucarística. Y me remitió a la parroquia Santa Bernardita, de Country Club, esa misma noche a las 7:30.

Quedé absorbido de inmediato por los detalles de ambientación y embellecimiento del altar, la ornamentación majestuosa del presbítero, una custodia hermosísima, incienso por el altar, luces de escenario, música sublime… y la disposición y devoción de aquellos fieles no tenían precedentes en mi memoria.

Hasta que caí en la cuenta de lo que hacían: ¡adoraban un trozo de pan! 

Y para colmo el sacerdote le oraba con tanta seguridad y confianza, muy solemne, pero con familiaridad, similar a mis oraciones, pero él oraba con más convicción, como si de veras estuviera frente al Señor. Ese cura, y las cerca de 200 personas que le acompañaban, estaban convencidos de que lo que estaba colocado en la custodia los escuchaba, y de que era Jesucristo.

Se me ocurrió que si esas personas estaban equivocadas, y yo deseaba que lo estuvieran, entonces lo que me habían enseñado de niño era cierto a fin de cuentas: los católicos son idólatras. Durante algunos años me tuvieron a la defensiva con los temas y circunstancias que narraba al principio, pero ya no. Era imposible que estuvieran en lo correcto. Era increíble para mí que pensaran que adoran a Jesús y que se lo puedan comer.

Pero… y si están en lo correcto. El capuchino era un joven muy inteligente y creía sin ambigüedades en la antiquísima doctrina de su Iglesia al respecto.

No obstante, por alguna razón, sentía que ahora sí los había atrapado. Había analizado el punto de vista de la crítica protestante a la Iglesia Católica en este asunto y no le encontraba posibilidad a esa idea de la presencia real y verdadera del cuerpo y la sangre de Cristo en la misa, y mucho menos en los altares para culto de adoración. No podían tener la razón, ahora no.

De momento el sacerdote se levanta en procesión y comienza a ser seguido por sus acólitos. Tenía la custodia, la llevaba en solemne desfile. Las luces le seguían y el humo del incienso le precedía. A medida que se acercaba se escuchó el tintineo insistente de de unas campanitas. Y una vez más la excelente música y la voz bellísima de una joven se juntaron para cantarle a la presencia. Cuando tuve el Santísimo como a 10 pies de distancia se me ocurrió una idea para romper de una vez por todas con el catolicismo: “Si logro demostrar fuera de toda duda razonable, por la Biblia, que esta gente esta adorando a un trozo de harina cosida, y no a Jesucristo, entonces serán en realidad unos idólatras, unos alucinados que han estado confundidos o engañados por no atenerse a la realidad de los sentidos y por desconocer las escrituras. ¡Esto no esta en la Biblia!”

Y retomé la Biblia para contradecir y desenmascarar la falsedad de esa práctica idolátrica. Mi temor se convirtió en un apabullante optimismo, pues estaba seguro de que había descubierto la puerta para salir del atolladero en el cual me tuvo el catolicismo por los pasados tres años. Tramé primero desbaratar la legitimidad de esa práctica mediante el estudio bíblico, y luego, con el entusiasmo de aquella indudable victoria sobre la idolatría católica, podría volver a encarar los otros temas que me tenían a la defensiva frente al catolicismo.

Esta coyuntura fue para mí la posibilidad de lograr al menos un empate: “Si los protestantes estamos mal, ellos también, y si ambos estamos equivocados alguna salida habrá, como el agnosticismo o incluso otra religión.” Así estaban las cosas en mi corazón.

La Eucaristía según los evangélicos

Yo enseñaba teología sistemática en dos instituciones evangélicas y había repasado bien la noción de la Santa Cena en el ámbito de nuestras iglesias. Nuestra celebración de la Santa Cena respondía a una idea accesoria (=adjunta, accidental) de una imagen secundaria (no esencial o determinante) del partimiento (o fracción) del pan o de la eucaristía, según la cultura religiosa que fluía en nuestra tradición de parte de los grupos wesleyanos y bautistas de los cuales salieron nuestras denominaciones pentecostales. En consonancia con nuestra parca y escueta doctrina sobre este tema enseñábamos que la Santa Cena (o partimiento del pan o Eucaristía) era una remembranza de la cena pascual que tuvo Jesús con sus discípulos, que tenía un valor simbólico que aludía al sacrificio expiatorio de Cristo y cuya excelsitud estribaba más en el hecho de ser ordenanza (“hagan esto en recuerdo mío”) que de todo lo demás que pudiera constatarse en la Biblia, los Padres de la Iglesia y hasta en las iglesias de la Reforma protestante: «Celebramos de vez en cuando la Santa Cena porque Él lo mando como un acto simbólico (complementario [no necesario] a la predicación) de la muerte del Señor y porque ?y he aquí la gran aportación del pentecostalismo? era posible recibir un milagro de sanidad en ese momento.

La Eucaristía según San Pablo
Este profesor creía que el único texto eucarístico importante era 1 Co 11, 23-34, pero sobre todo los versículos 23 al 26; los demás (en especial del 27 al 34) eran consideraros como una explicación de las consecuencias de referirse al símbolo de la Cena sin gozar de la plenitud de la gracia divina. Para la celebración utilizábamos los versículos 23-26, y eran por lo tanto los que conocían nuestros fieles. Confieso que comencé a preocuparme cuando me percaté de la ineptitud de mi tradición, de los teólogos evangélicos y de mis primeros profesores pentecostales, al no tomar en consideración textos importantes con un inequívoco sabor eucarístico. Para comenzar, ni siquiera contábamos con una reflexión coherente de nuestros maestros y líderes con relación a las terribles consecuencias de enfermedad y muerte de 1 Co 11, 27-24 por causa del mal entendimiento de un símbolo, de algo que según nosotros era prescindible de la sustancia y la definición pentecostal del culto cristiano. Y otro tanto de desesperación me invadió cuando di al traste con la poca consideración que dábamos a los relatos de la institución de la Eucaristía (Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-25; Lc 22, 19-20) ni de su sugestivo contexto pascual, ni de su trasfondo sacerdotal (Gn 14, 17-20) y soteriológico (Ex 12), y mucho menos nos habíamos enterado del consenso que siempre ha existido en la opinión de que Jn 6, 25-59 y Lc 24, 13-35 son textos eminentes que destacan un valor trascendental a la Eucaristía, o la Cena del Señor, o como hayamos querido llamarle.

Pero, en cuanto a nuestro pasaje preferido de 1 Co, lo increíble es que tampoco subrayáramos su contexto literario, imposibilitando de esta manera el descubrimiento de otros aspectos, riquezas y beneficios de la Eucaristía. Y este contexto literario que añade significado al mencionado texto es 1 Co 10. Este capítulo 10 sirve a la intención de Pablo de exigirle a sus lectores que frente a la mesa eucarística ellos tienen que decidirse (10, 20-21): la mesa del Señor o la mesa de los demonios. Con esto quiere matizar que frente a este acontecimiento cumbre del culto cristiano, todos tienen que tomar una decisión definitiva y radical. Luego, al combinarlo con el capítulo 11, pude comprender el valor de la Cena según San Pablo, al señalarla como signo de contradicción (en el capítulo 10): motivo excelente de conversión y razón de ser de una vida íntegra delante del Señor y de los hermanos, y esto, porque en este acontecimiento del partimiento del pan y de la “copa de bendición” tenemos comunión (común?unión) con el cuerpo y la sangre del Señor (10, 16).

Entonces pude ir sobre el capítulo 11, en especial por los versículos enigmáticos del 27 al 31. Tomemos el 29: dice que en esta Cena (que para mi era un recuerdo por referencia simbólica) se es juzgado por Dios si no se discierne el cuerpo y la sangre del Señor. Este no es el lugar para discurrir sobre disquisiciones exegéticas del texto en cuestión, pero la realidad es que “discernir” (diakríno) se refiere aquí a “darse cuenta” (determinar; decidirse por la realidad de lo que está de fondo; distinguir la verdad de lo que está frente a uno) de la presencia que subyace frente a uno en la mesa del Señor. En la antigüedad el cernidor (del verbo “cernir”) era un instrumento para separar (o para dis-cernir) el trigo de los demás componentes de la planta y de la tierra, pero también de otras plantas que podían confundirse como verdadero trigo. El discernir con el cernidor era la acción de darse cuenta, de identificar, de establecer un juicio certero de que lo que quedó después del ejercicio discernidor fue el trigo de verdad, lo que en realidad se buscaba, lo que importaba y daba sentido a la búsqueda. En otras palabras, el que no se da cuenta del verdadero cuerpo (mé diakrínon tó sóma [v. 28]) del Señor, el que no descubre esa realidad maravillosa que es Cristo mismo, se está metiendo en un grave problema que puede costarle la salud o la muerte (11, 30) ?Ahora sí tenía sentido eso de las consecuencias nefastas de enfermedad y muerte para los profanadores, es decir, para aquellos que menospreciaban, que no distinguían, que no se decidían, que no se daban cuenta del auténtico cuerpo de Cristo. El Dios del nuevo testamento no iba a matar a alguien simplemente por haber mal interpretado un mero símbolo?.

La Eucaristía según San Juan

Lo próximo fue el capítulo 6 de San Juan, versículos 22-71. ¡Increíble!: más de 40 versículos que versan sobre la Cena del Señor. Un pasaje bíblico impresionante que el catolicismo utiliza para sustentar su fe inamovible en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.

Las referencias anti-presencia real a las que había recurrido veían un sentido “oscuro” este capítulo, o sea, no evidente o claro, sino que la plática de Jesús a sus interlocutores incrédulos debía entenderse siempre en sentido figurado. Una vez más se recurría al símbolo, a la Eucaristía como una representación, sólo como una referencia pedagógica tipo metáfora y cuya observancia de nuestra parte (no muy frecuente, por cierto) mostraba el grado de cumplimiento de un deseo del Señor: “hagan esto”.

Pero ahora, yendo sobre el pasaje en cuestión y mientras me refería a la otra cara de la moneda, es decir, cuando decidí ir sobre las palabras, escudriñándolas y tomando en serio la repercusión de la intransigencia del Señor y del empecinamiento de San Juan evangelista, pude descubrir el verdadero sentido de Jn 6, 22-71.

Lo primero que me señaló una interpretación literal de Jn 6 fue el sentido natural y recurrente de las palabras del Señor a través de todo el capítulo, de manera insistente y sin importar la resistencia de los incrédulos, ni las consecuencias para el éxito numérico de su ministerio o la reacción de sus simpatizantes (cf, 6, 2-3. 14. 22-23. 60.): “yo soy el pan vivo bajado del cielo”, “quien come de este pan vivirá para siempre”, “y el pan que voy a dar es mi carne, la cual entregaré por la vida del mundo”, “mi carne es verdadera comida… mi sangre es verdadera bebida”, “el que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él”, “el que me coma vivirá por mí”, “si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre no tenéis vida en vosotros”, “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”, etcétera. Esta obstinación, reiterada y con tanta fuerza, no sólo desde el punto de vista de la interacción de los personajes en cuestión, sino también desde la óptica del lenguaje tenaz, gráfico, directo y sin ambigüedad de ningún tipo, se hace patente aquí en Jn 6; no hay precedente que pueda sugerir que una narrativa y diálogo como estos aludan a un entendimiento exclusivamente simbólico.

Junto a este sentido natural y demandante que anuncia la significación literal del pasaje en cuestión, y que por lo tanto lo señala como evidencia de la presencia real de Cristo en la Santa Comunión, tenemos el hecho de que Jesús no corrige la interpretación literal de sus oyentes. Esto es importantísimo porque es harto conocido y aceptado que una característica de este evangelio es que cuando, o cada vez que el Señor es mal interpretado o mal entendido, Él siempre corrige. Siempre: 3, 5; 4,34; 7, 38-39; 21, 21-23 (y hasta en Mt 16, 6ss). Pero aquí, de manera atípica, y por lo tanto desconcertante para mí, El Jefe no corrigió, no se echó para atrás, no lo echó a votación ni les dijo que cada cual podía tener su propia idea o interpretación porque, total, somos hijos de un mismo Padre y le servimos a un mismo Dios. Algunos dirían: “¡qué falta de perspectiva democrática, y de pluralidad, y de diálogo, y de tolerancia!... ¡pero qué nivel de intransigencia, y de integrismo, y de arrogancia!... ¡no está a la altura de los tiempos, carece de enfoque histórico crítico, no es capaz de un discurso estructuralista consecuente con la mentalidad de los que no piensan como él! ¡Es un fundamentalista!” El Señor es un buen maestro y quiere que todos lleguen al conocimiento de la verdad, y por lo mismo, ahora, cuando tiene una multitud cautiva de 10 mil personas que lo seguían, se vuelve a ellos para decirles lo que él cree, lo que quiere, la verdad, de frente, duro, sin tapujos ni relativismos acomodaticios: tenían que comérselo y bebérselo.
Lo tercero que me señaló una interpretación literal de Jn 6 fue que no encontré en toda la Biblia algún precedente que exprese a pan y vino como símbolos de cuerpo y sangre. En efecto, lo pude corroborar: no existe ninguna referencia bíblica que proponga una comparación espacial semejante, no hay ni siquiera una sola identificación simbólica de pan y vino como cuerpo (“carne”) y sangre… ninguna, nada de nada. Lo próximo fue el versículo 51b, que según la versión evangélica de mi Biblia Reina-Valera de 1995, decía: “y el pan que yo daré es mi carne, la cual entregaré por la vida del mundo”. Volví a leerlo. Lo meditaba y estudiaba, y pude así encontrar su repercusión literal ?o “literalista”, como señalábamos despectivamente a la versión católica?, a tono con todo lo que ya había desenvuelto.

Sabemos que Juan tenía una lucha acérrima en contra del gnosticismo, una herejía que circundaba la comunidad para la cual escribía y que enseñaba, entre otras cosas peligrosas para la supervivencia de la fe cristiana, que Cristo había venido en apariencia, en espíritu, porque la carne era mala (la prisión del espíritu y del alma y la coartadora de la verdadera y más conveniente divinización, que era la meta de los aventajados por una condición inherente a su superioridad espiritual). Pensaban que el Verbo de Dios no pudo haberse manchado mediante el contacto con el principio de corruptibilidad, con la materia, con carne, en un cuerpo humano convencional, limitante, no divino. Por lo tanto, Cristo, como Verbo encarnado, no murió en la cruz. “Lo perfecto es eterno, espiritual, no corpóreo, no físico, no puede morir: Cristo no murió” ?El apócrifo gnóstico de Tomás dice que el Señor les hizo pensar que murió, y que comía y dormía, pero él más bien los engañaba?. No es difícil para ninguno de nosotros suponer el riesgo que esta corriente representaba si se infiltraba y repercutía en el cristianismo, sobre todo si entendemos a este último como la expresión de la verdad de Dios que deviene a partir de la versión judía de la revelación, y que logra su cumbre y sentido total en las personas y la palabra de Jesucristo, sus apóstoles y la Iglesia (el nuevo Israel). Es decir, que este “detalle” de la peligrosidad gnóstica es entendible para nosotros, los que aceptamos la naturaleza judeo-cristiana de la verdad que nos condiciona y define (revelación, alianza (pacto, testamento); encarnación (a propósito, ver alusión a la encarnación del verbo de 1, 14, en 6, 41-42, y cómo los judíos que resienten el lenguaje literal de Jesús son propuestos como no elegidos [v. 43]), vida, pasión, muerte y resurrección corporal de una persona 100 por ciento Dios y 100 por ciento humano), que todos tenemos acceso a los beneficios de Dios, en y por Cristo, y no solamente unos cuantos privilegiados y sabiondos de una cierta provisión misteriosa , como aducían los gnósticos. Pues bien, la repercusión de Jn 6, 51b es que la carne que se nos dará para comer es la misma que padeció en el Gólgota. Y esto, teniendo presente la disyuntiva del evangelista con la herejía gnóstica. Juan estaba muy consciente de que la carne que daría Jesús para comer no podía ser mal entendida como algo etéreo e incorpóreo, y por lo tanto tan indeterminado como un fantasma. Juan, en línea con la predicación apostólica, pregonaba la vida humana, pasión, muerte y resurrección de un hombre de carne y hueso llamado Jesús de Nazaret. Ése mismo es el que se da como pan, se da a sí mismo, tal real y literal como lo tenía fijado el evangelista en su mente.

Lo siguiente que me señaló una interpretación literal de Jn 6, fue la imposibilidad de encontrar en la Biblia un precedente simbólico de comer la carne y beber la sangre que fuera coherente con el relato de Jn 6, 22-71, y que pudiera fundamentar una salida alegórica a este problema ?Ya lo consideraba un gran problema y estaba muy asustado. «La verdad católica de nuevo»?.
Resultó que siempre que la Biblia habla simbólicamente de comerse la carne o beberse la sangre de alguien (cf. Is 49, 26; M 3, 3), implica perseguir sangrientamente o destruir a una persona o a un pueblo”. Si era consistente con este antecedente simbólico y lo aplicaba al pasaje de Jn, tendríamos al Señor diciendo que aquellos que lo persigan, castiguen, le falten el respeto, lo injurien y lo destruyan, serán recompensados con la vida eterna (viz., 6, 50. 54.), tendrán vida en ellos (v. 53), vivirán por el Señor (v. 57) y vivirán para siempre (v. 51. 58.). Sólo un loco podría aceptar una aplicación tan disparatada. Entonces, una identificación simbólica de las afirmaciones comer y beber carne y sangre, tal y como aparecen en Jn 6, es imposible.

Otro hallazgo que me señaló una interpretación literal de Jn 6, fue el cambio de verbo ocurrido en el versículo 54. Hasta el v. 53 el Señor habla de comérselo, y para ello Juan utiliza el verbo fagéin (afagon, fáge, fagete), que es la palabra más común para designar el acto de comer, como consumir o ingerir alimentos. Ustedes saben que el nuevo testamento se escribió en griego koiné, y que se trata de una lengua muerta que no guarda correspondencia exacta con los idiomas que han bebido de él, como el español, por ejemplo. Pues lo que pasa aquí es que no hay un conseguimiento preciso de este cambio de conceptos, y por eso no aparece dicho cambio en nuestras versiones modernas.

Sin embargo, se da un cambio significativo. Verán. Fue en el instante más neurálgico de la discusión, cuando lo judíos lo impugnaban ?¡por última vez en el capítulo!? preguntándose “¿cómo puede éste darnos a comer su carne?, que El Jefe cambia la palabra comer, de fagéin y sus derivados, a trógon (ho trógon mou tén sarka), lo cual implica una matización mucho más radical aún que señala indudablemente un sentido literal franco e indefectible. No me quedó más remedio que reconocer la verdad que tenía de frente: Ahora, en este preciso momento de incredulidad y de minusvalía de parte de los judíos hacia Jesús, este se atreve a cambiar, de comer o ingerir su carne, a morder, mordisquear, mascar, mascullar, roer; denota un proceso lento de carcomer, supone un énfasis perentorio en el acto de comer, como si se estuviera avanzando conscientemente en la ingestión inflexible de un alimento. Busqué si se repetía el término en este evangelio y lo encontré en 13, 18, una vez más, en contexto eucarístico, mientras se efectuaba la última cena de Jesús con sus discípulos. Supe que me estaba metiendo en un problema. La Eucaristía como símbolo no tenía fundamento en Jn 6. Y se me hizo patente cuando me aferré a cierta idea de los partidarios de la interpretación simbólica de Jn 6. Me sentí tan ridículo cuando descubrí la idiotez de esa posibilidad simbólica de cierto versículo del capítulo 6 de San Juan.
¿Y cuál era el argumento que presentaba a la Eucaristía como símbolo en jn 6? Pues el versículo 63: “El espíritu es el que da vida; la carne no sirve de nada”.

Desconcertante, ¿ah? ¿Con que el Señor a estado diciendo que su carne y su sangre son para vida eterna y comunión con el Padre y con él, y ahora se contradice para significar que su “carne no sirve de nada”? Es insólito hasta dónde son capaces de llegar algunos para defender lo indefendible, porque cuando empecé a auscultar la opinión de algunos colegas ministros me respondían con el argumento de Zwinglio, ese de que Jesús se contradecía para decir que la carne que padecerá por nosotros y por la cual seremos alimentados para vida eterna, no vale nada, es nada, como basura, igualito que los gnósticos. Entonces aquella herejía era la verdad, si es que son consecuentes en su interpretación y continúan con la misma apreciación de la frase “El espíritu es el que da vida”. Esto sería incluso un intento atroz de preferir una noción heterodoxa y por lo tanto dañina, con tal de menguar un principio de literalidad como sentido correcto de un texto bíblico por el simple hecho de que no me conviene, o porque se supone que los católicos siempre estén mal.

Ya me había metido bastante con el evangelio de Juan y sabía a qué se refería el Señor en el versículo 63.

Las palabras en cuestión se refieren a uno de dos sentidos por los cuales Juan usa sarx (carne): como sinónimo de mentalidad o actitud carnal, como una mente dominada por las cosas materiales, que juzga según los sentidos (cf., 8, 15) ?esos sentidos que esbozábamos como lo concluyente en materia de la presencia real y la Eucaristía?, que se aferra a lo natural y por lo tanto no descubre la verdad espiritual que determina los asuntos divinos. Por eso, lo que se devela aquí es más bien otra prueba de la noción literal de presencia real, y así lo remacha sin duda el final del versículo 63: “Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida.” O sea, las palabras del Señor con relación al pan de vida expresan una realidad divina que sólo el Espíritu es capaz de hacernos comprender y que por lo mismo es brote de vida eterna para los creyentes (cf., Jn 1, 33; 14, 26).

Tuve que reconocer que este acontecimiento que ha celebrado la Iglesia Católica por 2,000 años, con tanta fe y a un costo tan alto, supone una poderosa presencia especial de Dios. Una presencia que tiene que producir una excelente oportunidad de conversión. Esta oportunidad que provee Dios en la Eucaristía se constituyó para mí en una fuente reconciliación y de liberación también.

Y de esta manera tuve que actuar de acuerdo a mi conciencia, convencido y poseído de esta gran verdad de la Iglesia del Señor: una, santa, católica y apostólica. No me quedó más remedio. Tuve que renunciar a mi ministerio. Sufrí mucho.

Otras cuestiones

Otros temas con los cuales tuve que lidiar fueron: la excelencia de la Virgen María y la importancia de su rol en la historia de la salvación, el culto a Santa María y a los santos, el primado de san Pedro y la institución del papado, el bautismo de infantes y el sacramento de la Confesión. Siempre, sin excepción, encontré una respuesta contundente a favor de la Iglesia Católica Romana.

Aunque tengo que reconocer que no siempre descubrí la Verdad católica por iniciativa mía, sino sin quererlo; de hecho, por mucho tiempo me resistí, pues no quería hacerme católico.

Hasta que me encontré retando al Señor sometiéndome, por ejemplo, al sacramento de la Reconciliación (Confesión), y predicando en mi iglesia pentecostal, y en otras que me invitaban como evangelista, sobre la Virgen María, y negándome a rebautizar al modo protestante, y enseñando la versión católica de la teología a nuestros seminaristas evangélicos, y un largo etcétera.

Un alto Costo

Sobre los inconvenientes y las crisis vocacionales, familiares y económicas sólo las platico con las comunidades que nos invitan. Pero no debe ser difícil para nadie imaginar lo mucho que tuvimos que sufrir.

Y aquí me encuentro ahora, en la Iglesia de Jesucristo. Yo hubiera preferido otro método, pero el Señor lo dispuso así. Hay cosas que nunca comprenderé del todo. ¿Por qué señaló a Pedro como el primero? Juan era mejor. ¿Por qué escogió a Judas Iscariote como tesorero? De seguro Mateo le hubiese resultado mejor, pues había sido CPA del Imperio (publicano). ¿Por qué no hizo que la Biblia fuese suficiente? ¿Por qué no se limitó a poner sólo gente santa, perfecta, casta y pura en Iglesia Católica para hacerme el trago menos amargo? ¿Por qué permitió que yo sufriera la afrenta y el escarnio público por hacerme católico, si pudo haberme hecho nacer en esta Iglesia y ahorrarme problemas? Total, lo que él quería conmigo lo pudo haber realizado comoquiera.

Sólo se me ocurre una explicación para todo esto: ¡ÉL ES EL SEÑOR!

Fuente mscperu

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martes, 27 de agosto de 2019

Guy Consolmagno: “Mi religión me dice que Dios creó el universo. Mi ciencia me dice cómo lo hizo”


GUY CONSOLMAGNO: "MI RELIGIÓN ME DICE QUE DIOS CREÓ EL UNIVERSO. MI CIENCIA ME DICE CÓMO LO HIZO"
por Mateo González Alonso

El director del Observatorio Vaticano reivindica la sintonía entre la fe y la investigación del cosmos

“Tenemos un universo en el que solo podemos ver 13.800 millones de años luz en todas direcciones, y más grande que eso es el Dios que lo hizo”, afirma

Los jesuitas astrónomos que estudian el movimiento de estrellas, galaxias y planetas pasean por los jardines de la residencia papal de Castel Gandolfo y por el campus de la Universidad de Arizona, donde el Vaticano atiende el moderno telescopio que tiene en el Observatorio Internacional de Monte Graham, en este estado norteamericano.

Al frente de este equipo está precisamente un estadounidense, Guy Consolmagno, jesuita formado en el MIT y que precisamente realizó su doctorado en Arizona, profundizando un tiempo en Kenia aunque la vocación le llegó con su mente bien formada a los 40 años. Este astrónomo, responsable también de la colección de meteoritos del Vaticano, es uno de los impulsores del buen entendimiento entre ciencia y fe.

La Tierra, en la periferia del universo

Su llegada al Observatorio Vaticano comenzó precisamente clasificando más de 1.000 meteoritos donados por un aristócrata francés y acostumbrándose a los continuas pausas para el café que se hacen en Italia, confiesa en una entrevista al portal estadounidense Vox. Hasta que en 2015 el Papa le nombró director de la institución por un periodo de 10 años, algo que aceptó fiel a la obediencia jesuítica.

Seguro de su fe, no teme el hallazgo de vida alienígena, “ya tenemos partes de la Biblia que dicen que no somos las únicas cosas inteligentes hechas por Dios”. Para Consolmagno, “la religión nunca quiso decir que los seres humanos fueran el centro del universo. Esto es un malentendido de la vieja cosmología” como la que narra Dante recogiendo la tradición medieval. La Tierra no es el centro, es la periferia del universo parece decir, porque “eso es lo que hace que la idea de la salvación sea tan alucinante. Que a un Dios que podríamos pensar que tiene mejores cosas que hacer, no obstante le importara el planeta Tierra, ¡eso es lo que es asombroso!”.

En todas las relaciones hay problemas
“Ahora, tenemos un universo en el que sólo podemos ver 13.800 millones de años luz en todas direcciones, y más grande que eso es el Dios que lo hizo”, dice reivindicando la cosmología actual. “Mi religión me dice que Dios creó el universo. Mi ciencia me dice cómo lo hizo”, sentencia.

Rechaza así toda “tensión” entre ciencia y fe, aunque no deja de constatar que “como en cualquier tipo de relación, siempre habrá problemas” pero esto “es un buen síntoma”. “La razón por la que tenemos el valor de hacer ciencia es porque creemos en un universo que es consistente, lógico y que sigue las leyes, y eso es tan bueno que vale la pena pasar nuestra vida estudiando”, afirma. “La gente que quiere dibujar un conflicto entre uno y otro, generalmente, tiene una agenda. Están tratando de venderte su lado, de un lado o del otro”, señala tomando distancia de esta visión ideologizada. Confiesa Consolmagno que la ciencia no se ha terminado y por eso seguirá investigando el año que viene, pero que tampoco conoce a Dios del todo y por eso volverá un día más a misa.


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