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lunes, 13 de enero de 2020

¿Por qué parte la Santa Hostia el sacerdote?


¿POR QUÉ PARTE LA SANTA HOSTIA EL SACERDOTE?
Por Obispo Daniel Mueggenborg 

P: ¿Por qué parte la Misa la santa Hostia consagrada en la Misa y lo hace de forma tan sutil? Por seguro encierra cierto significado, pero, de ser así, ¿por qué la congregación no se involucra al ser partida? 

R: Estás en lo cierto al afirmar que existe un significado. La fracción de la Hostia consagrada pudiera ser una de las partes más importantes de la Misa. Es de esta acción que los primeros cristianos desarrollaron el primer nombre de la oración eucarística de la Iglesia. Siglos antes de que nos refiriéramos a la liturgia eucarística como “Misa”, la llamábamos “Fracción del Pan”. (Cf Lucas 24,30.35; Hechos 2,42.46; 20,7; 27,35; 1 Corintios 10,16) 

El ritual de la “fracción del pan”, es decir, partir la Hostia consagrada antes de la comunión, recibe su significado principalmente de la acción de Jesús en la Última Cena durante la Pascua, cuando tomó, bendijo, partió y dio el pan a los discípulos al tiempo que lo identificaba con el don que es su cuerpo mismo. (Cf Marcos 14,22; Mateo 26,26; Lucas 22,19) El Señor Jesús enfatizó además la realidad de que su carne y su sangre son verdadera comida y verdadera bebida en el “discurso del Pan de Vida” en el capítulo 6 del Evangelio Según Sn. Juan. (Cf Juan 6,51-57) 



Cuando Jesús partió el pan en la Última Cena, representaba un poderoso signo profético. Declaraba que su cuerpo mismo sería quebrado y su sangre misma sería derramada. También declaraba que quienes compartieran este alimento sagrado participan de su misma pasión y misterio pascual. 

Al partir el pan, Jesús hizo presente su crucifixión en el Calvario en la comida misma que estaba compartiendo. Por esa razón, Sn. Pablo enseñó a los primeros cristianos de Corinto que compartir la Eucaristía es en realidad una proclamación de la muerte del Señor hasta que vuelva. (Cf 1 Corintios 11,26) Hoy afirmamos esta misma verdad cuando proclamamos el Misterio de Fe tras la consagración en la Plegaria Eucarística y decimos, “Anunciamos tu muerte y proclamamos tu resurrección ¡Ven, Señor Jesús!” Por esta razón, nos hemos referido tradicionalmente a la Misa como el “sacrificio incruento en el Calvario” en que participamos de él y recibimos la gracia de la muerte y resurrección de nuestro Señor. El ritual de la fracción del pan también revela la presencia del Señor Resucitado. Los discípulos en el camino a Emaús reconocieron a Jesús Resucitado en este acto cuando Cristo se quedó con ellos. El Señor Resucitado tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio, y fue en esta acción que la presencia de Cristo les fue revelada. (Cf Lucas 24,29-35) 

La congregación participa en esta acción sagrada de la fracción del pan al proclamar el título de Jesús como “Cordero de Dios”. Es este el título que Juan el Bautista usó cuando señaló al Señor, “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. (Juan 1,29) Este título es una de las declaraciones más profundas de la identidad y la misión de Jesús en el cuarto Evangelio. Es en la cruz en el Calvario que Jesús se vuelve verdadero Cordero de Dios y consigue la salvación del mundo a través del perdón de los pecados y de establecer una nueva alianza en su sangre. Ciertamente, es la razón por la que Juan, rompiendo con su estilo, incluye múltiples referencias de Jesús como el cordero pascual en conexión con la crucifixión de nuestro Señor (Cf Juan 19,14.31 Jesús muere el “Día de la Preparación” mientras los corderos pascuales son degollados en el Templo; Juan 19,29 una rama con un hisopo se relaciona con Jesús como estuvo relacionada con la sangre del cordero pascual en Éxodo 12,22. Y en Juan 19,36 son instruidos a no romper ninguno de sus huesos, en referencia al cordero pascual de Éxodo 12,46). 

El título “Cordero de Dios” captura la identidad más profunda de Jesús, así como su misión en el Evangelio Según Sn. Juan. La congregación proclama este grandioso título tres veces mientras el cuerpo de Cristo (en la Hostia consagrada) es partido en el altar. De hecho, Jesús es nuestro Cordero de Dios, el sacrificio perfecto y agradable que quita nuestros pecados y trae la paz definitiva para todo aquel que en Él cree. Esta gran proclamación de la congregación debiera ser un momento de profunda reverencia mientras invocamos la misericordia del Señor y reconocemos su poder para quitar los pecados del mundo. Al “partir el pan” participamos, de hecho, en la muerte y la resurrección del Señor, en su misterio pascual. 

El libro del Apocalipsis continúa enseñándonos acerca de la victoria que Jesús consigue para nosotros en su muerte y resurrección. El autor se refiere a Jesús como el “Cordero degollado”. (Apocalipsis 5,6.12) La Misa es descrita en ocasiones como “El banquete nupcial del Cordero de Dios” por este motivo. (Cf Apocalipsis 19,9) 

En la Misa celebramos y recibimos la victoria definitiva de nuestro Señor sobre las fuerzas del pecado y de la muerte. Es este el triunfo del Cordero de Dios. Por eso, muchos arquitectos medievales del siglo IX comenzaron a incluir un prominente “arco del triunfo” justo sobre el altar para honrar la victoria de Jesús como el Cordero de Dios que se ofrece a sí mismo por nosotros en el sacramento del altar. Ejemplos de este detalle arquitectónico se pueden encontrar en las iglesias tradicionales por todo el mundo. 

Mientras oras por la Iglesia este año en Semana Santa, pon atención a la fracción del pan y profesa tu fe en Jesús como el gran Cordero de Dios que ofrece la gracia de su muerte y su resurrección por cada uno de nosotros en su cuerpo y en su sangre. Agradece al Señor por lo que ha hecho por nosotros. Mientras recibes su presencia real (cuerpo, sangre, alma y divinidad) al comulgar, reza porque puedas llegar a convertirte en aquello que recibes para que sea Cristo quien viva en ti y no vivas más una vida solo tuya. (Cf Gálatas 2,20). 


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miércoles, 6 de noviembre de 2019

¿Estamos conscientes de lo que significa la palabra hostia y la responsabilidad que lleva tomarla?


¿ESTAMOS CONSCIENTES DE LO QUE SIGNIFICA LA PALABRA HOSTIA Y LA RESPONSABILIDAD QUE LLEVA TOMARLA?
Por: Fray José Ariovaldo da Silva, OFM 

Descubre cómo a través de este palabra Dios se entrega cada día a ti cuando comulgas

Una vez, al pensar en el “Sacramento de la Caridad”, me hice la siguiente pregunta: ¿Por qué será que solemos asociar “Eucaristía” con “hostia”?

Se habla de adorar la hostia, arrodillarse frente a la hostia, llevar la hostia en procesión (en la fiesta del Corpus Christi), guardar la hostia… Una niña se acercó un día a la catequista y le preguntó: “¿cuánto tiempo falta para que yo tome la hostia?”. La niña se refería a la primera comunión.

Tuve entonces la idea de ir tras el origen de la palabra “hostia”. Miré un diccionario (es más, varios) y descubrí que, en latín, “hostia” es prácticamente sinónimo de “víctima”. A los animales sacrificados en honor de los dioses, las víctimas ofrecidas en sacrificio a la divinidad, los romanos los llamaban “hostia”. A los soldados derribados en la guerra, víctimas de la agresión enemiga, por defender al emperador y a la patria, les llamaban “hostia”. Relacionada con la palabra “hostia” está la palabra latina “hostis”, que significa “enemigo”. De ahí vienen palabras como “hostil” (agresivo, amenazador, enemigo), “hostilizar” (agredir, provocar, amenazar). La víctima fatal de una agresión, por consiguiente, es una “hostia”.

Entonces sucedió lo siguiente: el cristianismo, al entrar en contacto con la cultura latina, incluyó en su lenguaje teológico y litúrgico la palabra “hostia” exactamente para referirse a la mayor “víctima” fatal de la agresión humana: Cristo, muerto y resucitado.

Los cristianos adoptaron la palabra “hostia” para referirse al Cordero inmolado (victimado) y, al mismo tiempo, resucitado, presente en la Eucaristía. La palabra “hostia” significó luego, la realidad que Cristo mismo mostró en la última cena:

“Este es mi cuerpo….esta es mi sangre que será derramada”.

El pan consagrado, por lo tanto, es una “hostia”, es más, la “hostia” verdadera, es decir, el propio Cuerpo del resucitado, una vez mortalmente agredido por la maldad humana y ahora vivo entre nosotros, hecho pan y vino, entregado como alimento y bebida: Tomen y coman… Tomen y beban…

Desgraciadamente, con el pasar del tiempo, se perdió mucho este sentido profundamente teológico y espiritual que asumió la palabra “hostia” en la liturgia del cristianismo romano primitivo y se centró casi sólo en la materialidad de la “partícula circular de masa de pan de ácimo que es consagrada en la misa” – a tal punto que terminamos llamando “hostias” incluso a las partículas aún no consagradas.

Hoy en día, cuando hablo de “hostia”, pienso en la “víctima pascual”, pienso en la muerte de Cristo y en su resurrección, pienso en el misterio pascual. Hostia para mí es eso: la muerte del Señor y su resurrección, su total entrega por nosotros, presente en el pan y en el vino consagrados. Es por eso que, tras la invocación del Espíritu Santo sobre el pan y el vino y la narración de la última cena del Señor, en la misa, toda la asamblea canta:

“Anunciamos tu muerte y proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús”.

Frente a esta “hostia”, es decir, frente a este misterio, la gente se inclina en profunda reverencia, se arrodilla y se sumerge en profunda contemplación, asumiendo el compromiso de “que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios” (Rm 12,1) Adorar la “hostia” significa rendirse a su misterio para vivirlo en el día a día. Y comulgar la “hostia” significa asimilar su misterio en la totalidad de nuestro ser para volvernos como Cristo: hostia, entregada en servicio a los hermanos.

Y ahora entiendo mejor cuando el Concilio Vaticano II, al exhortar a la participación consiente, piadosa y activa del “sacrosanto misterio de la Eucaristía”, añade: “aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos” (SC 48).

Fuente católicodefiendetufe

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