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viernes, 30 de julio de 2021

Falleció el cardenal más anciano del mundo, tenía 98 años.


Albert Vanhoye, el cardenal más anciano del mundo, fallecía ayer a sus 98 años, que cumplió el pasado 24 de julio. Testigo de la sucesión de un total de ocho papas, este jesuita francés era, además, el undécimo purpurado más longevo de la historia.

El purpurado, que era rector Emérito del Pontificio Instituto Bíblico y ex secretario de la Pontificia Comisión Bíblica, será despedido en un funeral que se celebrará mañana, 31 de julio, en la basílica de San Pedro del Vaticano, presidido por el cardenal Leonardo Sandri, vicedecano del colegio cardenalicio.

Las palabras del Papa

Ante la noticia del fallecimiento del jesuita, el papa Francisco ha enviado un telegrama a Manuel Morujao,
superior de la Residencia San Pietro Canisio en Roma, donde el purpurado pasó sus últimos años. “Quiero expresar mi cercanía por la muerte del estimado cardenal Albert Vanhoye a la comunidad de san Pietro Canisio, a toda la Compañía de Jesús, recordando con cariño y admiración a este hermano que sirvió al Señor y a la Iglesia con gran dedicación”, ha escrito Francisco.

“Pienso con gratitud en su intensa obra como hijo espiritual de san Ignacio, experto maestro y biblista”, ha aseverado el Papa. “También pienso en su amor por el ministerio, la predicación que ejerció con generosidad, animado por el apasionado deseo de comunicar el evangelio”, ha añadido.

martes, 27 de julio de 2021

Inicia en el Vaticano histórico juicio contra Cardenal acusado de malversación de fondos millonarios.




El Tribunal del Vaticano inició hoy por primera vez en la historia un juicio contra un cardenal, el italiano Angelo Becciu, hasta hace poco uno de los más poderosos de la Curia Romana, por una serie de supuestas irregularidades financieras, entre las que se encuentra la acusación de malversación de fondos en la Secretaría de Estado, acusación de la que se declaró "inocente de toda acusación".

"Obediente al papa que me ha enviado a juicio, siempre he sido obediente al papa, que me ha encargado muchas misiones en la vida y que ha querido que fuera procesado. Estoy sereno, con la conciencia tranquila", refirió el purpurado tras la vista.

El tribunal del Estado de la Ciudad del Vaticano celebró hoy la primera audiencia del juicio contra Becciu y otras nueve personas entre clérigos y laicos vinculados a la Secretaría de Estado, órgano de Gobierno, y financieros del ámbito internacional.

La próxima audiencia seráhasta el próximo 5 de octubre.

Entre la lista de delitos figuran la estafa, abuso de autoridad, malversación, corrupción, blanqueo de capitales o apropiación indebida. Becciu afronta los de abuso de poder y peculado.

En el centro de las investigaciones, iniciadas en 2019, está la compraventa de un edificio en un lujoso barrio londinense cuajada de presuntas irregularidades, así como la gestión del Óbolo de San Pedro, que invierte los donativos de los fieles en obras de caridad.

PRIMERA AUDIENCIA

Se trata de un proceso histórico por ser la primera vez que sienta en el banquillo del Vaticano a un cardenal, juzgado por jueces laicos, pues los hechos remontan a 2013, cuando él era sustituto de la Secretaría de Estado.

Becciu, de 73 años, fue uno de los dos imputados que acudieron a la vista, además del que fuera su secretario, Mauro Carlino: "Los jueces sabrán ver los hechos y espero que reconozcan mi inocencia", señaló el purpurado, con mascarilla y una simple sotana.

La audiencia, presidida por el juez Giuseppe Pignatone, duró siete horas, estuvo dedicada a limar detalles procesales y se celebró en una sala de los Museos Vaticanos más amplia que la del tribunal.

¿QUIÉN ES EL CARDENAL BECCIU?

Becciu (Pattada, Cerdeña,1948) era hasta el año pasado uno de los hombres más poderosos de la Curia, considerado el "número tres" dentro de los muros leoninos, hasta que en septiembre de 2020 fue defenestrado por Francisco por este caso.

Licenciado en Derecho Canónico, en los Ochenta accedió a la red diplomática de la Santa Sede trabajando en delegaciones de medio mundo, desde Sudán o Nueva Zelanda hasta Reino Unido o Francia.

Su ascenso se consolidó con Juan Pablo II (1978-2005), que le hizo arzobispo, y Benedicto XVI (2005-2013) le puso en 2011 en como sustituto en la poderosa Secretaría de Estado, principal ente de Gobierno del estado.

Francisco le creó cardenal en 2018 y le nombró prefecto para las Causas de los Santos. Un año más tarde, el nombre de aquel nuevo príncipe de la Iglesia acababa salpicado por estas irregularidades.

¿EL OCASO DE UN PURPURADO?

Era el principio de su ocaso. En la tarde-noche del 24 de septiembre de 2020, un comunicado oficial de tres líneas anunciaba su fin como prefecto y la retirada sus derechos del cardenalato, aunque no el título, lo que le cerraría la posibilidad de acudir a un cónclave.

El fiscal Gian Piero Milano ha visto "graves indicios" delictivos en una red compuesta por diez personas, entre estas Becciu. El resto, empezando por los más mediáticos, son el broker Gianluigi Torzi, y una espía de gustos caros, Cecilia Marogna, que tenía el supuesto encargo de crear una red diplomática paralela.

Los demás son monseñor Carlino, el banquero Enrico Crasso; el gestor Fabrizio Tirabassi, los expresidente y exdirector de la Autoridad de Información Financiera (AIF), René Brülhart y Tommaso Di Ruzza, respectivamente, el abogado Nicola Squillace y el contable que gestionaba las ofrendas e los fieles, Raffaele Mincione.

Becciu y Carlino, los únicos que acudieron hoy, serán juzgados en persona mientras que lo hará en contumacia y ante sus abogados Crasso, Di Ruzza, Marogna, Mincione, Squillace y Tirabassi. En el caso de Torzi, no puede asistir porque está detenido en Londres.

FRANCISCO Y LA TRANSPARENCIA

Francisco quiere que la Justicia llegue a todos y en abril firmó un "motu proprio" para acabar con el aforamiento de cardenales y obispos, permitiendo que fueran juzgados en tribunales ordinarios.

Asimismo, en un gesto por la transparencia, el pasado sábado el Vaticano hacía públicas por primera vez las cuentas del organismo de Administración del Patrimonio de la Santa Sede.

El papa ha instado a algunos de sus más estrechos colaborados a someterse a la justicia, como ocurrió con el cardenal George Pell, que volvió a Australia para responder en un juicio por pederastia del que finalmente fue absuelto en abril de 2020.

jueves, 21 de enero de 2021

Cardenal Norberto Rivera lucha por su vida, permanece intubado por Covid-19


El cardenal Norberto Rivera Carrera, arzobispo emérito de la arquidiócesis primada de México, fue intubado a causa del COVID-19, informó este miércoles su colaborador, el padre Hugo Valdemar.

El arzobispo emérito se encuentra actualmente internado desde el sábado 16 de enero debido a esta enfermedad respiratoria.

El padre Valdemar señaló que, debido al delicado estado de salud del clérigo, el cardenal Rivera recibió el sacramento de la extremaunción.

"El lunes tuvimos una grave preocupación porque empeoró su saturación y el daño pulmonar. Temimos por su vida, por lo que un sacerdote de la Arquidiócesis le dio la extremaunción. Después, empezó a tener una recuperación bastante buena", dijo en entrevista para Grupo Fórmula.

Valdemar destacó que la extremaunción no solo se da a las personas que están a punto de morir, sino a los enfermos crónicos o que se reportan graves.

Agregó que la Arquidiócesis Primada de México, encabezada por el arzobispo Carlos Aguiar Retes, no se ha encargado de los gastos hospitalarios de Rivera Carrera.

"Sabemos que hay tremendos problemas económicos para todos, incluida la Iglesia, pero en las circunstancias de ese tipo, el cardenal Norberto nunca desamparó a un sacerdote", añadió.

sábado, 20 de junio de 2020

Papa Francisco no aceptó renuncia del Cardenal Sarah


PAPA FRANCISCO NO ACEPTÓ RENUNCIA DEL CARDENAL SARAH

El Cardenal Robert Sarah, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, cumplió 75 años y renunció a su cargo, pero el Papa Francisco no aceptó su renuncia y le ha confirmado como prefecto.

El Cardenal guineano permanecerá al frente de esta Congregación vaticana “donec aliter provideatur”, es decir, por ahora y hasta que otros cambios sean notificados.

El mismo Cardenal Sarah anunció a través de su cuenta en Twitter la renovación de su cargo por parte del Papa.


“Quiero agradecer los mensajes recibidos de todo el mundo por mi cumpleaños. Sigamos el camino con Cristo. Por mi parte, estoy feliz de continuar mi trabajo dentro de la Congregación para el Culto Divino. Recemos siempre por el Papa”, aseguró en un tuit.

El Cardenal Sarah no es el único jefe de dicasterio que ha superado los 75 años. De hecho 6 prefectos de los 9 presentes en la Curia Romana han superado la edad prevista por el Código de Derecho Canónico para presentar su renuncia.

Estos son, el Cardenal Beniamino Stella, Prefecto de la Congregación para el Clero, que tiene 78 años; el Cardenal Luis Ladaria Ferrer, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe; el Cardenal Giuseppe Versaldi, Prefecto de la Congregación para las Iglesias Orientales; y el Cardenal Marc Ouellet, Prefecto de la Congregación para la Educación Católica y Prefecto de la Congregación para los Obispos; todos ellos de 76 años.

También tienen más de 75 años el Penitenciero Mayor, el Cardenal Mauro Piacenza, que cumplirá 76 en septiembre; y el Cardenal Gianfranco Ravasi, Presidente del Pontificio Consejo de la Cultura, de 77 años.

Fuente ACIPrensa

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viernes, 22 de mayo de 2020

Cardenal Sarah: "Basta de profanaciones, no se negocia sobre la Eucaristía"



CARDENAL SARAH: " BASTA DE PROFANACIONES, NO SE NEGOCIA SOBRE LA EUCARISTÍA"

En esta entrevista concedida en exclusiva a la Brújula Cotidiana, el prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos interviene sobre la Comunión take away y las "negociaciones" para garantizarla con seguridad: ningún compromiso, “la Eucaristía es un regalo que recibimos de Dios, debemos recibirlo de manera digna. No estamos en el supermercado”. “Nadie puede impedir a un sacerdote confesar y dar la Comunión”. “Existe una regla que va respetada: los fieles son libres de recibir la Comunión en la boca o en la mano”. “Es una cuestión de fe, el corazón del problema radica en la crisis de fe de los sacerdotes”. “Misas engañosas en streaming también para los sacerdotes: deben mirar a Dios, no a una cámara”.

“Es una cuestión de fe, si tuviéramos conciencia de lo que celebramos en la Misa y de lo que es la Eucaristía, no vendrían ni siquiera en mente ciertas formas de distribuir la Comunión”. El cardenal Robert Sarah, prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, vuelve a hablar después de las furiosas controversias en enero que acompañaron la publicación del libro sobre el sacerdocio, escrito junto al Papa Emérito Benedicto XVI. Vuelve a hablar para responder a la “inquietud” de los fieles, que no solo han sido privados de las Misas, sino que ahora están consternados por las propuestas bizarras que vienen presentadas, con miras a una recuperación limitada de las Misas con las personas, para garantizar la seguridad higiénica en la distribución de la Comunión.

En estos días también en Italia se ha hablado de una solución ya adoptada por alguien en Alemania, el "empaque" del Cuerpo de Cristo: “Para consentir que los católicos italianos vuelvan a hacerla, pero evitando la contaminación -se lee en el periódico La Stampa- se está pensando en una comunión "hágalo usted mismo" con ostias "para llevar" previamente consagradas por el sacerdote, que se cerrarían individualmente en bolsas de plástico colocadas en los estantes de la iglesia”.

“No, no, no –respondió escandalizado el cardenal Sarah por teléfono-. Es absolutamente imposible, Dios merece respeto, no puedes meterlo en una bolsa. No sé quién pensó este absurdo, pero aunque la privación de la Eucaristía es ciertamente un sufrimiento, no se puede negociar sobre el modo de comunicarse. Nos comunicamos de manera digna, dignos de Dios que viene a nosotros. La Eucaristía debe ser tratada con fe, no podemos tratarla como un objeto trivial, no estamos en el supermercado. Es totalmente una locura”.

Algo así ya se ha hecho en Alemania...
Desafortunadamente en Alemania se hacen muchas cosas que ya no tienen nada de católico, pero eso no significa que debamos imitarlas. Recientemente escuché a un obispo decir que en el futuro no habrá más asambleas eucarísticas, solo la liturgia de la Palabra. Pero esto es protestantismo.

Como de costumbre, las razones “compasivas” están avanzando: los fieles necesitan la Comunión, de la que ya han estado privados durante algún tiempo, pero dado que el riesgo de contagio sigue siendo alto, se debe encontrar un compromiso...
Hay dos cuestiones que deben aclararse por completo. En primer lugar, la Eucaristía no es un derecho o un deber: es un regalo que recibimos gratuitamente de Dios y que debemos recibir con veneración y amor. El Señor es una persona, nadie daría la bienvenida a la persona que ama en una bolsa o de otra manera indigna. La respuesta a la privación de la Eucaristía no puede ser profanación. Esto realmente es una cuestión de fe, si lo creemos no podemos tratarlo indignamente.

¿Y la segunda?
Nadie puede impedir a un sacerdote confesar y dar la Comunión, nadie puede evitarlo. El sacramento debe ser respetado. Entonces, incluso si no es posible presenciar las Misas, los fieles pueden pedir ser confesados ​​y recibir la Comunión.

Hablando de Misas, también esta prolongación de celebraciones en streaming o en televisión...
No podemos acostumbrarnos a esto, Dios está encarnado, él es de carne y hueso, no es una realidad virtual. También es muy engañoso para los sacerdotes. En la Misa, el sacerdote tiene que mirar a Dios, en lugar de eso se está acostumbrando a mirar la cámara, como si fuera un espectáculo. No podemos continuar así.

Volvamos a la Comunión, en pocas semanas se espera igualmente que las Misas con la gente sean restauradas. Y a parte de las soluciones más sacrílegas, también se discute si es más apropiado recibir la Comunión en la boca o en las manos, y eventualmente cómo recibirla en las manos. ¿Qué se debería hacer?
Ya existe una regla en la Iglesia que debe respetarse: los fieles son libres de recibir la Comunión en la boca o en la mano.

Existe la sensación de que en los últimos años ha habido un claro ataque a la Eucaristía: primero, la cuestión de los divorciados y vueltos a casar, bajo la bandera de "Comunión para todos"; después la intercomunión con protestantes; y luego las propuestas sobre la disponibilidad de la Eucaristía en la Amazonia y en las regiones con escasez de clérigos, ahora las Misas en tiempos de coronavirus...
No debería sorprendernos. El diablo ataca fuertemente la Eucaristía porque es el corazón de la vida de la Iglesia. Pero creo, como ya he escrito en mis libros, que el corazón del problema es la crisis de fe de los sacerdotes. Si los sacerdotes son conscientes de lo que es la Misa y de lo que es la Eucaristía, ciertas formas de celebrar o ciertas hipótesis sobre la Comunión ni siquiera vendrían en mente. Jesús no puede ser tratado así.

por Ermes Dovico


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martes, 5 de mayo de 2020

¿En qué se diferencian un Monseñor, un Obispo y un Cardenal?


¿EN QUÉ SE DIFERENCIAN UN MONSEÑOR, UN OBISPO Y UN CARDENAL?

¿Es lo mismo un monseñor, un obispo o un cardenal? ¿En qué se diferencian? ¿Cómo se pueden identificar? Estas y otras preguntas son respondidas en este artículo.

Aquí una guía rápida de BeeCatholic para identificar a cada uno.

1. Monseñor

Por muchos siglos, el Papa solía conceder títulos honoríficos a los sacerdotes dentro de su Casa Pontificia. El título se amplió con los años y luego fue dado a sacerdotes fuera de Roma por recomendación de un obispo; sin embargo, hace unos años fue limitado por el Papa Francisco, volviendo a la práctica anterior.

Quienes llevan el título de monseñor son sacerdotes, pero no necesariamente obispos.

Al ser miembros de la Casa Pontificia, los monseñores visten con el color púrpura (que está más cerca del magenta), una sotana con botones, ribetes y fajín, y por lo general, no tienen un solideo (el pequeño gorro que va sobre la cabeza) o una cruz pectoral. Estos dos últimos signos con distintos de los obispos y cardenales.

El color púrpura está conectado a la tradición en el Imperio Romano para vestir a nuevos dignatarios con una toga púrpura. En la heráldica medieval, el color simbolizaba la justicia, la majestad real y la soberanía.

2. Obispo

La mayor parte de la historia de la Iglesia el verde fue el color para los obispos. Este color aún se ve en el escudo de armas tradicional que elige cada obispo cuando es elegido. Sin embargo, en el siglo XVI el color se cambió a “rojo amaranto”, que se llama así en referencia al color de la flor de amaranto. Se asemeja al color fucsia.

Como tiene un color similar al púrpura, tiene un valor simbólico que apunta a la tarea del obispo de gobernar su diócesis local.

Además, los obispos se pueden identificar por llevar el mismo color en el solideo y por la cruz pectoral.

3. Cardenal

El nombre técnico para el color que usan los cardenales es “escarlata”. Este color los distingue como miembros del Colegio Cardenalicio y como “príncipes” de la Iglesia.

Cuando el Papa coloca la birreta (un sombrero con 3 o 4 esquinas que se usan como parte de la vestimenta litúrgica) en la parte superior de la cabeza del cardenal, dice: “(Esto es) escarlata como un signo de la dignidad del cardenalato, lo que significa su disposición a actuar con coraje, incluso al derramamiento de su sangre, al aumento de la fe cristiana, la paz y la tranquilidad del pueblo de Dios y la libertad y el crecimiento de la Santa Iglesia Romana”.

Por ACIPrensa

Fuente católicodefiendetufe

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lunes, 27 de abril de 2020

Cardenal Müller publica declaración de fe ante creciente confusión sobre la doctrina Católica


CARDENAL MÜLLER PUBLICA DECLARACIÓN DE FE ANTE CRECIENTE CONFUSIÓN SOBRE LA DOCTRINA CATÓLICA

El Cardenal alemán Gerhard Müller, quien fue Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe entre 2012 y 2017, publicó una “Declaración de Fe” que busca hacer frente a la creciente confusión sobre la enseñanza de la doctrina católica.

“Ante la creciente confusión en la enseñanza de la doctrina de la fe, muchos obispos, sacerdotes, religiosos y laicos de la Iglesia Católica, me han pedido dar testimonio público de la verdad de la Revelación”, comienza el texto del Cardenal titulado: “Declaración de fe: ¡No se turbe vuestro corazón! (Juan 14,1)”.

“Hoy en día muchos cristianos ya no son conscientes ni siquiera de las enseñanzas básicas de la fe, por lo que existe un peligro creciente de apartarse del camino que lleva a la vida eterna”, prosigue el Purpurado.

El Cardenal recordó que el texto principal para orientar a los fieles, y que sirvió de base para su declaración, es el Catecismo de la Iglesia Católica publicado en 1992 durante el pontificado de San Juan Pablo II. El Catecismo, afirmó, responde a los cuestionamientos de la dictadura del relativismo.

El primer punto del manifiesto recuerda que Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres, la revelación de Dios uno y trino, por lo cual “la recaída en antiguas herejías, que veían en Jesucristo solo a un buen hombre, a un hermano y amigo, a un profeta y a un moralista, debe ser combatida con clara determinación”.

El segundo punto de la declaración recuerda que fue el mismo “Jesucristo quien fundó la Iglesia como signo visible e instrumento de salvación, que subsiste en la Iglesia Católica”.

El texto también subraya que “la Iglesia no es una asociación fundada por el hombre cuya estructura es votada por sus miembros a voluntad. Es de origen divino”. “La mediación de la fe está indisolublemente ligada a la credibilidad humana de sus mensajeros, que en algunos casos han abandonado a los que les fueron confiados, los han perturbado y han dañado gravemente su fe”, agrega.

El tercer punto se refiere a los sacramentos confiados a la Iglesia. Sobre la Eucaristía, la presencia real de Cristo, explica que para recibirla los fieles deben estar en gracia. “De la lógica interna del sacramento se desprende que los fieles divorciados por lo civil, cuyo matrimonio sacramental existe ante Dios, los otros cristianos, que no están en plena comunión con la fe católica como todos aquellos que no están propiamente dispuestos, no reciben la Sagrada Eucaristía de manera fructífera porque no les trae la salvación. Señalar esto corresponde a las obras espirituales de misericordia”.

Sobre la Confesión, sacramento que todo católico debe recibir al menos una vez al año, el Cardenal Müller indica que “cuando los creyentes ya no confiesan sus pecados ni reciben la absolución, entonces la redención cae en el vacío, ya que ante todo Jesucristo se hizo hombre para redimirnos de nuestros pecados”.

El Purpurado alemán lamenta que “la práctica actual de la confesión deja claro que la conciencia de los fieles no está suficientemente formada. La misericordia de Dios nos es dada para cumplir sus mandamientos a fin de convertirnos en uno con su santa voluntad y no para evitar la llamada al arrepentimiento”.

Sobre el sacerdocio, el Cardenal destaca que, “en cuanto a la recepción de la consagración en las tres etapas de este ministerio, la Iglesia se reconoce a sí misma ‘vinculada por esta decisión del Señor. Esta es la razón por la que las mujeres no reciben la ordenación’. Asumir esto como una discriminación contra la mujer solo muestra la falta de comprensión de este sacramento, que no se trata de un poder terrenal, sino de la representación de Cristo, el Esposo de la Iglesia”.

El cuarto punto de la declaración se titula “la ley moral” y en este el Prefecto Emérito recuerda que todo fiel católico debe observarla ya que es necesaria “para la salvación de todos los hombres de buena voluntad. Porque los que mueren en pecado mortal sin haberse arrepentido serán separados de Dios para siempre”.

“La ley moral no es una carga, sino parte de esa verdad liberadora por la que el cristiano recorre el camino de la salvación, que no debe ser relativizada”, señala.

El quinto punto de la declaración se titula “La vida eterna” y aquí el Cardenal Müller resalta que “muchos se preguntan hoy por qué la Iglesia está todavía allí, aunque los obispos prefieren desempeñar el papel de políticos en lugar de proclamar el Evangelio como maestros de la fe”.

A continuación recuerda que toda persona tiene un alma inmortal “que es separada del cuerpo en la muerte, esperando la resurrección de los muertos. La muerte hace definitiva la decisión del hombre a favor o en contra de Dios. Todo el mundo debe comparecer ante el tribunal inmediatamente después de su muerte”.

“O es necesaria una purificación o el hombre llega directamente a la bienaventuranza celestial y puede ver a Dios cara a cara. Existe también la terrible posibilidad de que un ser humano permanezca en contradicción con Dios hasta el final y, al rechazar definitivamente su amor, ‘condenarse inmediatamente para siempre’”, en el “castigo de la eternidad del infierno”.

“Ocultar estas y otras verdades de fe y enseñar a la gente en consecuencia, es el peor engaño del que el Catecismo advierte enfáticamente. Representa la prueba final de la Iglesia y lleva a la gente a un engaño religioso de mentiras, al ‘precio de su apostasía de la verdad’; es el engaño del Anticristo”, alerta el Purpurado alemán.

El Cardenal Müller afirma que es importante formar a los fieles sobre estas verdades, obedeciendo los mandamientos de Dios. Esta tarea se hace más urgente ante la advertencia que está en las Escrituras en 2 Tm 4, 1-5:

“Vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas. Tú, en cambio, pórtate en todo con prudencia, soporta los sufrimientos, realiza la función de evangelizador, desempeña a la perfección tu ministerio”.

“Que María, la Madre de Dios, nos implore la gracia de aferrarnos a la verdad de Jesucristo sin vacilar”, concluye su declaración el Cardenal Müller.

Por ACI Prensa

Fuente católicodefiendetufe

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jueves, 23 de enero de 2020

¿Qué es un Cardenal?


¿QUÉ ES UN CARDENAL?
Por Card. Lluís Martínez Sistach

Los cardenales, en torno al obispo de Roma, le aconsejan, le ayudan y colaboran con él de diversas maneras

El Colegio Cardenalicio es una institución importante de la Iglesia que tiene como finalidad proveer a la elección del Papa y ayudar al Santo Padre, sucesor del apóstol Pedro, en su servicio a la Iglesia de Jesucristo, extendida de Oriente a Occidente. Esta institución como tal no consta en los escritos del Nuevo Testamento, pues su creación es posterior. Pero este hecho no significa que no sea necesaria y que no realice una labor de mucha magnitud.

La figura de los cardenales es antigua en la Iglesia. En Roma, a partir del siglo V, se dio el nombre de cardenales a los sacerdotes y diáconos principales y luego, a partir del siglo VIII, se extendió a los obispos suburbicarios, es decir, encargados de las diócesis cercanas a Roma. Pero desde hace siglos este título se reserva estrictamente a los miembros del Sacro Colegio que tienen la tarea de elegir al Papa y forman su consejo.

Los cardenales recordando sus orígenes y también su misión actual, están distribuidos en tres órdenes. Cardenales obispos, cardenales presbíteros y cardenales diáconos, según que sean titulares de una diócesis suburbicaria, de una iglesia en la diócesis de Roma o de una diaconía romana. Todo cardenal, sea cual sea su titulo específico, como obispo está llamado a tener un espíritu vigilante -tal es la etimología de la palabra griega episkopos- sobre toda la Iglesia y sobre aquella que le ha sido confiada, a ser un anciano (presbítero) que aconseje sabiamente y a ser un servidor (diácono) de Jesucristo, de la Iglesia, de todos los hombres y mujeres de la humanidad.

La razón de ser de los cardenales no es el prestigio o el poder, sino el servicio. El Evangelio nos interpela a todos los cristianos para que nuestras actitudes y actuaciones sean evangélicas. También interpela a los cardenales en el ejercicio de este servicio en ayuda del Santo Padre, como sucesor de Pedro, en su ministerio en bien de toda la Iglesia.

El Papa Benedicto XVI, en su primer consistorio para la creación de cardenales, el 24 de marzo de 2006, expuso la función propia de los mismos.

Todo cardenal -dijo- se tiene que convertir en un servus servorum Dei, un servidor de los servidores de Dios. Éste -como es sabido- es uno de los títulos del Papa. Un titulo muy bello, muy evangélico, un titulo que San Gregorio Magno tenía en gran estima.

Como dijo Benedicto XVI en una ocasión, "el primer Servidor de los siervos de Dios es Jesucristo". Y después de él, y unidos a él, también lo son los Apóstoles. Y entre éstos, de una manera especial, Pedro, a quien el Señor confió la responsabilidad de, una vez convertido, confirmar en la fe a sus hermanos y presidirlos, servirlos y guiarlos en el amor afectivo y efectivo, a ejemplo del Señor.

Los Cardenales son, ante todo, como el senado, como el consejo de los ancianos o de los presbíteros que en torno al obispo de Roma le aconsejan, le ayudan y colaboran con él de diversas maneras.

Aunque el Colegio cardenalicio es cada vez mas una expresión de la catolicidad de la Iglesia, es significativo, a este respecto, que se cuide su arraigo en la diócesis de Roma, significado en el titulo que se confiere a cada cardenal y que le vincula a una de las parroquias de la Ciudad Eterna, con la única excepción -por decisión de Pablo VI- de los patriarcas católicos de las Iglesias Orientales que tienen como titulo el de su patriarcado.

Lo que el Papa dijo en su primer consistorio interpreto que es también la sustancia del mensaje: "Que la púrpura que revestís sea siempre expresión de la caritas Christi -del amor de Cristo-, que os impulse a vivir un amor apasionado a Cristo, a la Iglesia y a la humanidad".

Esta es la razón de ser de los cardenales. Por eso, en mis primeras palabras a mis diocesanos de Barcelona, les decía que desearía que este nombramiento sea un estímulo para mí y para toda la diócesis, para llevar a cabo con confianza e ilusión el trabajo de la evangelización.

La tarea para la que la Iglesia existe y que es su razón de ser es la de ser el signo visible y eficaz de Jesucristo ante el mundo y hacer resonar en la vida de los hombres y las mujeres de hoy, el espíritu y los valores del Evangelio. 


Fuente www.revistaecclesia.info

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viernes, 3 de enero de 2020

Cardenal Müller: La crisis de la iglesia viene de abandonar a Dios, adaptarse a la cultura


CARDENAL MULLER: LA CRISIS DE LA IGLESIA VIENE DE ABANDONAR A DIOS, ADAPTARSE A LA CULTURA

Asistiendo a la Cumbre de Liderazgo Estudiantil FOCUS 2020, el Cardenal Müller celebró la Misa el 1 de enero por la Solemnidad de María, Madre de Dios.

PHOENIX, Ariz. - La crisis que enfrenta la Iglesia Católica hoy ha surgido de un intento, incluso por parte de algunos dentro de la Iglesia, de alinearse con la cultura y abandonar las enseñanzas de la fe, dijo el cardenal Gerhard Müller el 1 de enero.

"La crisis en la Iglesia es provocada por el hombre y ha surgido porque nos hemos adaptado cómodamente al espíritu de una vida sin Dios", dijo el cardenal a miles de católicos reunidos en Phoenix para la Cumbre de Liderazgo Estudiantil 2020 organizada por la Comunidad de Católicos Estudiantes universitarios (FOCO).

"El veneno que paraliza a la Iglesia es la opinión de que debemos adaptarnos al espíritu de la época, el espíritu de la era, y no el espíritu de Dios, que debemos relativizar los mandamientos de Dios y reinterpretar la doctrina de la fe revelada", dijo.

Advirtió que incluso una cantidad de personas en la Iglesia "anhelan" una especie de catolicismo sin dogmas, sin sacramentos y sin un magisterio infalible.

El cardenal Müller, ex prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, celebró la misa el 1 de enero por la solemnidad de María, Madre de Dios. En su homilía, reflexionó sobre el deseo humano de aceptar las gratificaciones sustitutivas cuando Dios es apartado.

"Pero el que cree no necesita ideología", dijo. El que espera no alcanzará las drogas. El que ama no busca la lujuria de este mundo, que pasa junto con el mundo. El que ama a Dios y a su prójimo, encuentra la felicidad en el sacrificio de la entrega de sí mismo ".

“Seremos felices y libres cuando en el espíritu de amor abracemos la forma de vida a la que Dios nos ha llamado personalmente a cada uno de nosotros: en el sacramento del matrimonio, en el sacerdocio célibe o en la vida religiosa según los tres consejos evangélicos de pobreza, obediencia y castidad por el reino de los cielos ”, continuó.

El cardenal Müller enfatizó que la acción de gracias es una parte clave de la vida cristiana. Al comienzo del año nuevo, alentó a los católicos a expresar su gratitud por toda la creación, por enviar a Cristo al mundo como nuestro salvador, por la Santísima Virgen María, la Iglesia Católica, el regalo de la familia y todas las demás bendiciones que puede darse fácilmente por sentado.

“Como cristianos, tenemos una conciencia musical de la vida: en nuestros corazones resuena la canción de acción de gracias de ser redimidos. Su melodía es amor y su armonía es alegría en Dios ”, dijo.

En lugar de poner la esperanza en el destino, dijo, el cristiano reconoce que el sufrimiento es inevitable, pero aún puede encontrar alegría en Cristo, quien también sufrió y nos abrió la puerta a la vida eterna.

Sin embargo, en estos tiempos difíciles, los escándalos en la Iglesia y una crisis entre las sociedades tradicionalmente cristianas en Occidente han llevado a muchos a preguntarse ansiosamente si la roca sobre la cual Cristo construyó su Iglesia se está desmoronando, dijo el cardenal.

“Para algunos, la Iglesia Católica está rezagada en 200 años en comparación con el mundo actual. ¿Hay alguna verdad en esta acusación?

Los llamados a la modernización exigen que la Iglesia rechace lo que considera cierto, en aras de la construcción de una "nueva religión de la unidad mundial", advirtió el cardenal Müller.

“Para ser admitida en esta meta-religión, el único precio que la Iglesia tendría que pagar es renunciar a su reclamo de verdad. Parece que no es gran cosa, ya que el relativismo dominante en nuestro mundo de todos modos rechaza la idea de que realmente podríamos saber la verdad, y se presenta como garante de la paz entre todas las visiones del mundo y las religiones del mundo ".

La sociedad poscristiana acoge con beneplácito estos esfuerzos para reconstruir la Iglesia "como una religión civil conveniente", dijo el cardenal.

El antídoto contra la secularización dentro de la Iglesia es una vida de fe, vivida en la verdad perdurable de Cristo, dijo el cardenal Müller a los presentes.

Dios, que es eterno, no puede ser cambiado por los caprichos de la sociedad, enfatizó.

"En el ser humano concreto Jesús de Nazaret, la verdad universal de Dios está presente concretamente aquí y ahora, en el tiempo y el espacio históricos", dijo Mueller. "Jesucristo no es la representación de alguna verdad supratemporal: Él es 'el camino, la verdad y la vida' en persona".

Fuente ncregister

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domingo, 3 de noviembre de 2019

San Carlos Borromeo Arzobispo de Milán y Cardenal


SAN CARLOS BORROMEO ARZOBISPO DE MILÁN Y CARDENAL
4 de noviembre

"Carlos" significa "hombre prudente"

Vida de San Carlos Borromeo

San Carlos Borromeo, un santo que tomó muy en serio las palabras de Jesús; "Quien ahorra su vida, la pierde, pero el que gasta su vida por Mí, la ganará".

Era de familia muy rica. Su hermano mayor, a quien correspondía la mayor parte de la herencia, murió repentinamente al caer de un caballo. El consideró la muerte de su hermano como un aviso enviado por el cielo, para estar preparado porque el día menos pensado llega Dios por medio de la muerte a pedirnos cuentas. Renunció a sus riquezas y fue ordenado sacerdote y mas tarde Arzobispo de Milán. Aunque no faltan las acusaciones de que su elección fue por nepostismo (era sobrino del Papa), sus enormes frutos de santidad demuestran que fue una elección del Espíritu Santo.

Como obispo, su diócesis que reunía a los pueblos de Lombardía, Venecia, Suiza, Piamonte y Liguria. Los atendía a todos. Su escudo llevaba una sola palabra: "Humilitas", humildad. El, siendo noble y riquísimo, vivía cerca del pueblo, prívandose de lujos. Fue llamado con razón "padre de los pobres"

Decía que un obispo demasiado cuidadoso de su salud no consigue llegar a ser santo y que a todo sacerdote y a todo apóstol deben sobrarle trabajos para hacer, en vez de tener tiempo de sobra para perder.

Para con los necesitados era supremamente comprensivo. Para con sus colaboradores era muy amigable y atento, pero exigente. Y para consigo mismo era exigentísimo y severo.

Fue el primer secretario de Estado del Vaticano (en el sentido moderno).

Fue blanco de un vil atentado, mientras rezaba en su capilla, pero salió ileso, perdonando generosamente al agresor.

Fundó seminarios para formar sacerdotes bien preparados, y redactó para esos institutos unos reglamentos tan sabios, que muchos obispos los copiaron para organizar según ellos sus propios seminarios.

Fue amigo de San Pío V, San Francisco de Borja, San Felipe Neri, San Félix de Cantalicio y San Andrés Avelino y de varios santos más.

Murió joven y pobre, habiendo enriquecido enormemente a muchos con la gracia. ……murió diciendo: "Ya voy, Señor, ya voy". En Milán casi nadie durmió esa noche, ante la tremenda noticia de que su queridísimo Cardenal arzobispo, estaba agonizando.

Vida de San Carlos Borromeo
-Fuente: Vidas de los Santos, de Butler, IV

Entre los grandes hombres de la Iglesia que, en los días turbulentos del siglo XVI, lucharon por llevar a cabo la verdadera reforma que tanto necesitaba la Iglesia y trataron de suprimir, mediante la corrección de los abusos y malas costumbres, los pretextos que aprovechaban en toda Europa los promotores de la falsa reforma, ninguno fue, ciertamente, más grande ni más santo que el cardenal Carlos Borromeo. Junto con San Pío V, San Felipe Neri y San Ignacio de Loyola, es una de las cuatro figuras más grandes de la contra reforma. Era un noble de alta alcurnia. Su padre, el conde Gilberto Borromeo, se distinguió por su talento y sus virtudes. Su madre, Margarita, pertenecía a la noble rama milanesa de los Médicis. Un hermano menor de su madre llegó a ceñir la tiara pontificia con el nombre de Pío IV. Carlos era el segundo de los varones entre los seis hijos de una familia. Nació en el castillo de Arona, junto al lago Maggiore, el 2 de octubre de 1538. Desde los primeros años, dio muestras de gran seriedad y devoción. A los doce años, recibió la tonsura, y su tío, Julio Cesar Borromeo, le cedió la rica abadía benedictina de San Gracián y San Felino, en Arona, que desde tiempo atrás estaba en manos de la familia. Se dice que Carlos, aunque era tan joven, recordó a su padre que las rentas de ese beneficio pertenecían a los pobres y no podían ser aplicadas a gastos seculares, excepto lo que se emplease en educarle para llegar a ser, un día, digno ministro de la Iglesia. Después de estudiar el latín en Milán, el joven se trasladó a la Universidad de Pavía, donde estudió bajo la dirección de Francisco Alciati, quien más tarde sería promovido al cardenalato a petición del santo. Carlos tenía cierta dificultad de palabra y su inteligencia no era deslumbrante, de suerte que sus maestros le consideraban como un poco lento; sin embargo, el joven hizo grandes progresos en sus estudios. La dignidad y seriedad de su conducta hicieron de él un modelo de los jóvenes universitarios, que tenían la reputación de ser muy dados a los vicios. El conde Gilberto sólo daba a su hijo una parte mínima de las rentas de su abadía y, por las cartas de Carlos, vemos que atravesaba frecuentemente por periodos de verdadera penuria, pues su posición le obligaba a llevar un tren de vida de cierto lujo. A los veintidós años, cuando sus padres ya habían muerto, obtuvo el grado de doctor. En seguida retornó a Milán, donde recibió la noticia de que su tío el cardenal de Médicism había sido elegido Papa en el cónclave de 1559, a raíz de la muerte de Pablo IV.

A principio de 1560, el nuevo Papa hizo a su sobrino cardenal diácono y, el 8 de febrero, le nombró administrador de la sede vacante de Milán, pero, en vez de dejarle partir, le retuvo en Roma y le confió numerosos cargos. En efecto, Carlos fue nombrado, en rápida sucesión, legado de Bolonia, de la Romaña y de la Marca de Ancona, así como protector de Portugal, de los países bajos, de los cantones católicos de Suiza y además, de las órdenes de San Francisco, del Carmelo, de los Caballeros de Malta y otras más. Lo extraordinario es que todos esos honores y responsabilidades recaían sobre un joven que no había cumplido aún veintitrés años y era simplemente clérigo de órdenes menores. Es increíble la cantidad de trabajo que san carlos podía despachar sin apresurarse nunca, a base de una actividad regular y metódica. Además, encontraba todavía tiempo para dedicarse a los asuntos de su familia, para oír música y para hacer ejercicio. Era muy amante del saber y lo promovió mucho entre el clero, para lo que fundó en el Vaticano, con el objeto de instruir y deleitar a la corte pontificia, una academia literaria compuesta de clérigos y laicos, algunas de cuyas conferencias y trabajos fueron publicados entre las obras de San Carlos con el título de Noctes Vaticanae. Por entonces, juzgó necesario atenerse a la costumbre renacentista que obligaba a los cardenales a tener un palacio magnífico, una servidumbre muy numerosa, a recibir constantemente a los personajes de importancia y a tener una mesa a la altura de las circunstancias. Pero en su corazón, estaba profundamente desprendido de todas esas cosas. Había logrado mortificar perfectamente sus sentidos y su actitud era humilde y paciente. Muchas almas se convierten a Dios en la adversidad; San Carlos tuvo el mérito de saber comprobar la vanidad de la abundancia al vivir en ella y, gracias a eso, su corazón se despegó cada vez más de las cosas terrenas. Había hecho todo lo posible por preveer al gobierno de la diócesis de Milán y remediar los desórdenes que había en ella; en este sentido, el mandato del Papa de que se quedase en Roma le dificultó la tarea. El Venerable Bartolomé de Martyribus, arzobispo de Braga, fue por entonces a la ciudad Eterna y San Carlos aprovechó la oportunidad para abrir su corazón a ese fiel siervo de Dios, a quien indicó: "Ya veis la posición que ocupo. Ya sabéis lo que significa ser sobrino y sobrino predilecto de un Papa y no ignorais lo que es vivir en la corte romana. Los peligros son inmenso. ¿Qué puedo hacer yo, joven inexperto? Mi mayor penitencia es el fervor que Dios me ha dado y, con frecuencia, pienso en retirarme a un monasterio a vivir como si sólo Dios y yo existiésemos". El arzobispo disipó las dudas del cardenal, asegurándole que no debía soltar el arado que Dios le había puesto en las manos para el servicio de la Iglesia, sino que debía, más bien, tratar de gobernar personalmente su diócesis en cuanto se le ofreciese oportunidad. Cuando San Carlos se enteró de que Bartolomé de Martyribus había ido a Roma precisamente con el objeto de renunciar a su arquidiócesis, le pidió explicaciones sobre el consejo que le había dado, y el arzobispo hubo de usar de todo su tacto en tal circunstancia.

Pío IV había anunciado poco después de su elección que tenía la intención de volver a reunir el Concilio de Trento, suspendido en 1552. San Carlos empleó toda su influencia y su energía para que el Pontífice llevase a cabo su proyecto, a pesar de que las circunstancias políticas y eclesásticas eran muy adversas. Los esfuerzos del cardenal tuvieron éxito, y el Concilio volvió a reunirse en enero de 1562. Durante los dos años que duró la sesión, el santo tuvo que trabajar con la misma diplomacia y vigilancia que había empleado para conseguir que se reuniese. Varias veces estuvo a punto de disolverse la asamblea, dejando la obra incompleta, pero, con su gran habilidad y con el constante apoyo que prestó a los legados del Papa, logró que la empresa siguiese adelante. Así pues, en las nueve reuniones generales y en las numerosísimas reuniones particulares se aprobaron muchísimo de los decretos dogmáticos y disciplinarios de mayor importancia. El éxito se debió a San Carlos más que a cualquier otro de los personajes que participaron en la asamblea, de suerte que puede decirse que él fue director intelectual y el espíritu rector de la tercera y última sesión del Concilio de Trento.

En el curso de las reuniones murió el conde Federico Borromeo, con lo cual, San Carlos quedó como jefe de su noble familia y su posición se hizo más dificil que nunca. Muchos supusieron que iba a abandonar el estado clerical para casarse, pero el santo ni siquiera pensó en ello. Renunció a sus derechos en favor de su tío Julio y se ordenó sacerdote en 1563. Dos meses más tarde, recibió la consagración episcopal, aunque no se le permitió trasladarse a su diócesis. Además de todos sus cargos, se le confió la supervisión de la publicación del Catecismo del Concilio de Trento y la reforma de los libros litúrgicos y de la música sagrada; él fue quien encomendó a Palestrina la composición de la Missa Papae Maecelli. Milán que había estado durante ochenta años sin obispo residente, se hallaba en un estado deplorable. El vicario de San Carlos había hecho todo lo posible por reformar la diócesis con la ayuda de algunos jesuitas, pero sin gran éxito. Finalmente, San Carlos consiguió permiso para reunir un concilio provicional y visitar su diócesis. Antes de que partiese, el Papa le nombró legado a latere para toda Italia. El pueblo de Milán le recibió con el mayor gozo y el santo predicó en la catedral sobre el texto "Con gran deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros". Diez Obispos sufragáneos asistieron al sínodo, cuyas decisiones sobre la observancia de los decretos del Concilio de Trento, sobre la diciplina y la formación del Clero, sobre la celebración de los divinos oficios, sobre la administración de los sacramentos, sobre la enseñanza dominical del catecismo y sobre muchos otros puntos, fueron tan atinados que el Papa escribió a San Carlos para felicitarle. Cuando el santo se hallaba en el cumplimiento del oficio como legado de Toscana, fue convocado a Roma para asistir a Pío IV en su lecho de muerte, donde también le asistió San Felipe Neri. El nuevo Papa Pío V, pidió a San Carlos que se quedase algún tiempo en Roma para desempeñar los oficios que su predecesor le había confiado, pero el santo aprovechó la primera oportunidad para rogar al Papa que le dejase partir y, supo hacerlo con tal tino, que Pío V le despidió con su bendición.

San Carlos llegó a Milán en abril de 1556 y, en seguida empezó a trabajar enérgicamente en la reforma de su diócesis. Su primer paso fue la organización de su propia casa. Puesto que consideraba el episcopado como un estado de perfección, se mostró sumamente severo consigo mismo. Sin embargo, supo siempre aplicar la discreción a la penitencia para no desperdiciar las fuerzas que necesitaba en el cumplimiento de su deber, de suerte que aun en las mayores fatigas conservaba toda su energía. Las rentas de que disfrutaba eran pingües, pero dedicaba la mayor parte de las obras de caridad y se oponía decididamente a la ostentación y al lujo. En cierta ocasión en que alguien ordenó que le calentasen el lecho, el santo dijo, sonriendo: "La mejor manera de no encontrar el lecho demasiado frío es ir a él más frío de lo que pueda estar". Francisco Panigarola, arzobispo de Asti, dijo en la oración fúnebre por San Carlos: "De sus rentas no empleaba para su propio uso más que lo absolutamente indispensable. En cierta ocasión en que le acompañé a una visita del valle de Mesolcina, que es un sitio muy frío, le encontré por la noche estudiando, vestido únicamente con una sotana vieja. Naturalmente le dije que, si no quería morir de frío, tenía que cubrirse mejor y él sonrió al responderme: 'No tengo otra sotana. Durante el día estoy obligado a vestir la púrpura cardenalicia, pero ésta es la única sotana realmente mía y me sirve lo mismo en el verano que en el invierno' ". Cuando San Carlos se estableció en Milán, vendió la vajilla de plata y otros objetos preciosos en 30,000 coronas, suma que consagró íntegramente a socorrer a las familias necesitadas. Su limosnero tenía orden de repartir entre los pobres 200 coronas mensuales, sin contar las limosnas extraordinarias, que eran muy numerosas. La generosidad de San Carlos dejó un recuerdo inperecedero. Por ejemplo, supo ayudar tan liberalmente al Colegio Inglés de Douai, que el cardenal Allen solía llamar a San Carlos, fundador de la institución. Por otra parte, el santo organizó retiros para su clero. El mismo hacía los Ejercicios Espirituales dos veces al año y tenía por regla confesarse todos los días antes de celebrar la misa. Su confesor ordinario era el Dr. Griffith Roberts, de la diócesis de Bangor, autor de la famosa gramática galesa. San Carlos nombró a otro galés (el Dr. Qwen, quien más tarde llegó a ser obispo de Calabria) vicario general de su diócesis, y llevaba siempre consigo una imagen de San Juan Fisher. Tenía el mayor respeto por la liturgia, de suerte que jamás decía una oración ni administraba ningún sacramento apresuradamente, por grande que fuese su prisa o por larga que resultase la función.

Su espíritu de oración y su amor de Dios dejaban en los otros un gran gozo espiritual, le ganaban los corazones, e infundían en todos el deseo de perseverar en la virtud y de sufrir por ella. Tal fue el espíritu que San Carlos aplicó a la reforma de su diócesis, empezando por la organización de su propia casa. Su casa estaba compuesta de cien personas; la mayor parte eran clérigos, a lo que el santo pagaba generosamente para evitar que recibiesen regalos de otros. En la diócesis se conocía mal la religión y se la comprendía aún menos; las prácticas religiosas estaban desfiguradas por la superstición y profanadas por los abusos. Los sacramentos habían caído en el abandono, porque muchos sacerdotes apenas sabían cómo administrarlos y eran indolentes, ignorantes y de mala vida. Los monasterios se hallaban en el mayor desorden. Por medio de concilios provinciales, sínodos diocesanos y múltiples instrucciones pastorales, San Carlos aplicó progresivamente las medidas necesarias para la reforma del clero y del pueblo. Aquellas medidas fueron tan sabias, que una gran cantidad de prelados las consideran todavía como un modelo y las estudian para aplicarlas. San Carlos fue uno de los hombres más eminentes en teología pastoral que Dios enviara a su Iglesia para remediar los desórdenes producidos por la decadencia espiritual de la Edad Media y por los excesos de los reformadores protestantes. Empleando por una parte la ternura paternal y las ardientes exhortaciones y, poniendo rigurosamente en práctica, por la otra, los decretos de los sínodos, sin distinción de personas, ni clases, ni privilegios, doblegó poco a poco a los obstinados y llegó a vencer dificultades que habrían desalentado aun a los más valientes. San Carlos tuvo que superar su propia dificultad de palabra, a base de paciencia y atención, pues tenía un defecto en la lengua. A este propósito, decía su amigo Aquiles Gagliardi: "Muchas veces me he maravillado de que, aun sin poseer elocuencia natural alguna, sin tener ningún atractivo especial en su persona, haya conseguido obrar tales cambios en el corazón de sus oyentes. Hablaba brevemente, con suma seriedad y apenas se poda oír su voz; sin embargo, sus palabras producían siempre efecto". San Carlos ordenó que se atendiese especialmente a la instrucción cristiana de los niños. No contento con imponer a los sacerdotes la obligación de enseñar públicamente el catecismo todos los domingos y días de fiesta, estableció la Cofradía de la Doctrina Cristiana, que llegó a contar, según se dice, con 740 escuelas, 3.000 catequistas y 40.000 alumnos. Así pues, San Carlos fundó las "escuelas dominicales" dos siglos antes de que Roberto Raikes las introdujese en Inglaterra para los niños protestantes. San Carlos se valió particularmente de los clérigos regulares de San Pablo ("barnabitas"), cuyas constituciones él mismo había ayudado a revisar y, en 1578, fundó una congregación de sacerdotes seculares, llamados Oblatos de San Ambrosio que, por un voto simple de obediencia a su obispo, se ponían a disposición de éste para que los emplease a su gusto en la obra de la salvación de las almas. Pío XI formó parte más tarde de esa congregación, cuyos miembros se llaman actualmente Oblatos de San Ambrosio y de San Carlos.

Pero en todas partes se acogió bien la obra reformadora del santo, quien en ciertos casos tuvo que hacer frente a una oposición violenta y sin escrúpulos. En 1567, tuvo una dificultad con el senado. Ciertos laicos que llevaban abiertamente una vida poco edificante y se negaban a prestar oídos a las exortaciones del santo, fueron aprisionados por orden suya. El senado amenazó, con ese motivo, a los funcionarios de la curia del arzobispo, y el asunto llegó hasta el Papa y Felipe II de España. Entre tanto, el alguacil episcopal fue golpeado y expulsado de la ciudad. San Carlos, después de considerar la cosa maduramente, excomulgó a los que habían participado en el ataque. Finalmente, el fallo sobre este conflicto de jurisdicción favoreció a San Carlos, ya que en la antigua ley un arzobispo gozaba de cierto poder ejecutivo; pero el gobernador de Milán se negó a aceptar esa decisión. San Carlos partió por entonces a visitar tres valles alpinos: el de Levantina, el de Bregno y La Riviera, que los anteriores arzobispos habían dejado completamente abandonados y donde la corrupción del clero era todavía mayor que la de los laicos, con los resultados que pueden imaginarse. El santo predicó y catequizó por todas partes, destituyó a los clérigos indignos y los reemplazó por hombres capaces de restaurar la fe y las costumbres del pueblo y de resistir a los ataques de los protestantes zwinglianos. Pero sus enemigos de Milán no le dejaron mucho tiempo en paz. Como la conducta de algunos de los canónigos de la colegiata de Santa María della Scala (que pretendían estar exentos de la jurisdicción del ordinario) no correspondiese a su dignidad, San Carlos consultó a San Pío V, quien le contestó que tenía derecho a visitar dicha iglesia y a tomar contra los canónigos las medidas que juzgase necesarias. San Carlos se presentó entonces en la iglesia a hacer la visita canónica; pero los canónigos le dieron con la puerta en las narices y alguien hizo un disparo contra la cruz que el santo había alzado con la mano durante el tumulto. El senado se puso en favor de los canónigos y presentó a Felipe II de España las más virulentas acusaciones contra el arzobispo, diciendo que se había arrogado los derechos del rey, porque la colegiata estaba bajo el patronato regio. Por otra parte, el gobernador de Milán escribió al Papa, amenazando con desterrar al cardenal Borromeo por traidor. Finalmente, el rey escribió al gobernador para que apoyase al arzobispo y los canónigos ofrecieron resistencia algún tiempo, pero acabaron por doblegarse.

Antes de que ese asunto se solucionase, la vida de San Carlos corrió un peligro todavía mayor. La orden religiosa de los humiliati, que contaba ya con muy pocos miembros pero poseía aún muchos monasterios y tierras, se había sometido a las medidas reformadoras del arzobispo, pero los humiliati estaban totalmente corrompidos y su sumisión había sido aparente. En efecto, intentaron por todos los medios conseguir que el Papa anulase las disposiciones de San Carlos y, al fracasar sus intentos, tres priores de la orden tramaron un complot para asesinar a San Carlos. Un sacerdote de la orden, llamado Jerónimo Donati Farina, aceptó hacer el intento de matar al santo por veinte monedas de oro. Se obtuvo esa suma con la venta de los ornamentos de una iglesia. El 26 de octubre de 1569, Farina se apostó a la puerta de la capilla de la casa de San Carlos, en tanto que éste rezaba las oraciones de la noche con los suyos. Los presentes cantaban un himno de Orlando di Lasso y, precisamente en el momento en que entonaban las palabras, "Ya es tiempo de que vuelva a Aquél que me envió", el asesino descargó su pistola contra el santo. Farina consiguió escapar en el tumulto que se produjo, en tanto que San Carlos, pensando que estaba herido de muerte, encomendaba su vida a Dios. En realidad la bala sólo había tocado sus ropas y su manto cardenalicio había caído al suelo, pero el santo estaba ileso. Después de una solemne procesión de acción de gracias, San Carlos se retiró unos días a un monasterio de la Cartuja para consagrar nuevamente su vida a Dios.

Al salir de su retiro, visitó otra vez los tres valles de los Alpes y aprovechó la oportunidad para recorrer también los cantones suizos católicos, donde convirtió a cierto número de zwinglianos y restauró la disciplina en los monasterios. La cosecha de aquel año se perdió y, al siguiente, Milán atravesó por un periodo de carestía. San Carlos pidió ayuda para procurar alimentos a los necesitados y, durante tres meses, dió de comer diariamente a tres mil pobres con sus propias rentas. Como había estado bastante mal de salud, los médicos le ordenaron que modificase su régimen de vida, pero el cambio no produjo ninguna mejoría. Después de asistir en Roma al cónclave que eligió a Gregorio XIII, el santo volvió a su antiguo régimen y así, pronto se recuperó. Al poco tiempo, tuvo un nuevo conflicto con el poder civil de Milán, pues el nuevo gobernador, Don Luis de Requesens, trató de reducir la juridicción local de la Iglesia y de poner en mal al arzobispo con el rey. San Carlos no vaciló en excomulgar a Requesens quien, para vengarse, envió un pelotón de soldados a patrullar las cercanías del palacio episcopal y prohibió que las cofradías se reuniesen cuando no estuviera presente un magistrado. Felipe II acabó por destituir al gobernador. Pero esos triunfos públicos no fueron, por cierto, la parte más importante del "cuidado pastoral" que ensalza el oficio de la fiesta de San Carlos. Su tarea principal consistió en formar un clero virtuoso y bien preparado. En cierta ocasión en que un sacerdote ejemplar se hallaba gravemente enfermo, las gentes comentaron que el arzobispo se preocupaba demasiado por él. El santo respondió: "¡Bien se ve que no sabéis lo que vale la vida de un buen sacerdote!" Ya mencionamos arriba la fundación de los oblatos de San Ambrosio, que tanto éxito tuvieron. Por otra parte, San Carlos reunió cinco sínodos provinciales y once diocesanos. Era infatigable en la visita a las parroquias. Cuando uno de sus sufragáneos le dijo que no tenía nada que hacer, el santo le mandó una larga lista de las obligaciones episcopales, añadiendo después de cada punto: "¿Cómo puede decir un obispo que no tiene nada que hacer?" El santo fundó tres seminarios en la arqudiócesis de Milán, para otros tantos tipos de jóvenes que se preparaban al sacerdocio y exigió en todas partes que se aplicasen las disposiciones del Concilio Tridentino acerca de la formación sacerdotal. En 1575, fue a Roma a ganar la indulgencia del jubileo y, al año siguiente, la instituyó en Milán. Acudieron entonces a la ciudad grandes multitudes de peregrinos, algunos de los cuales estaban contaminados con la peste, de suerte que la epidemia se propagó en Milán con gran virulencia.

El gobernador y muchos de los nobles abandonaron la ciudad. San Carlos se consagró enteramente al cuidado de los enfermos. Como su clero no fuese suficientemente numeroso para asistir a las víctimas, reunió a los superiores de las comunidades religiosas y les pidió ayuda. Inmediatamente se ofrecieron como voluntarios muchos religiosos, a quien San Carlos hospedó en su propia casa. Después escribió al gobernador, Don Antonio de Guzmán, echándole en cara su cobardía, y consiguió que volviese a su puesto, con otros magistrados, para esforzarse en poner coto al desastre. El hospital de San Gregorio resultaba demasiado pequeño y siempre estaba repleto de muertos, moribundos y enfermos a quienes nadie se encargaba de asistir. El espectáculo arrancó lágrimas a San Carlos, quien tuvo que pedir auxilio a los sacerdotes de los valles alpinos, pues los de Milán se negaron, al principio, a ir al hospital. La epidemia acabó con el comercio, lo cual produjo la carestía. San Carlos agotó literalmente sus recursos para ayudar a los necesitados y contrajo grandes deudas. Llegó al extremo de transformar en vestidos para los pobres, los toldos y doseles de colores que solían colgarse desde el palacio episcopal hasta la catedral, durante las precesiones. Se colocó a los enfermos en las casas vacias de las afueras de la ciudad y en refugios improvisados; los sacerdotes organizaron cuerpos de ayudantes laicos, y se erigieron altares en las en las calles para que los enfermos pudiesen asistir a misa desde las ventanas. Pero el arzobispo no se contentó con orar, hacer penitencia, organizar y distribuir, sino que asistió personalmente a los enfermos, a los moribundos y acudió en socorro de los necesitados. Los altibajos de la peste duraron desde el verano de 1576 hasta principios de 1578. Ni siquiera en ese período dejaron los magistrados de Milán de hacer intentos para poner en mal a San Carlos con el Papa. Tal vez algunas de sus quejas no eran del todo infundadas, pero todas ellas revelaban, en el fondo, la ineficacia y estupidez de quienes las presentaban. Cuando terminó la epidemia, San Carlos decidió reorganizar el capítulo de la catedral sobre la base de la vida común. Los canónigos se opusieron y el santo determinó entonces fundar sus oblatos.

En la primavera de 1580, hospedó durante una semana a una docena de jóvenes ingleses que iban de paso hacia la misión de Inglaterra y uno de ellos predicó ante él: era el Beato Rodolfo Sherwin, quien un año y medio más tarde había de morir por la fe en Londres. Poco después, San Carlos le dio la primera comunión a Luis Gonzaga, que tenía entonces doce años. Por esa época viajó mucho y las penurias y fatigas empezaron a afectar su salud. Además, había reducido las horas de sueño y el Papa hubo de recomendarle que no llevase demasiado lejos el ayuno cuaresmal. A fines de 1583, San Carlos fue enviado a Suiza como visitador apostólico y en Grisons tuvo que enfrentarse no sólo contra los protestantes, sino también contra un movimiento de brujas y hechiceros. En Roveredo, el pueblo acusó al párroco de practicar la magia y el santo se vio obligado a degradarle y entregarle al brazo secular. No se avergonzaba de discutir pacientemente sobre puntos teológicos con las campesinas protestantes de la región y, en cierta ocasión, hizo esperar a su comitiva hasta que consiguió hacer aprender el Padrenuestro y el Avemaría a un ignorante pastorcito. Habiendose enterado de que el duque Carlos de Saboya había caído enfermo en Vercelli, fue a verle inmediatamente y le encontró agonizante. Pero, en cuanto entró en la habitación del duque, éste exclamó: "¡Estoy curado!" El santo le dió la comunión al día siguiente. Carlos de Saboya pensó siempre que había recobrado la salud gracias a las oraciones de San Carlos y, después de la muerte de éste, mandó colgar en su sepulcro una lámpara de plata.

En el año de 1584, decayó más la salud del santo. Después de fundar en Milán una casa de convalecencia, San Carlos partió en octubre, a Monte Varallo para hacer su retiro annual, acompañado por el P. Adorno, S. J. Antes de partir, había predicho a varias personas que le quedaba ya poco tiempo de vida. En efecto, el 24 de octubre se sintió enfermo y, el 29 del mismo mes, partió de regreso a Milán, a donde llegó el día de los fieles difuntos. La víspera había celebrado su última misa en Arona, su ciudad natal. Una vez en el lecho, pidió los últimos sacramentos "inmediatamente" y los recibió de manos del arcipreste de su catedral.

Al principio de la noche del 3 al 4 de noviembre, murió apaciblemente, mientras pronunciaba las palabras "Ecce venio". No tenía más que cuarenta y seis años de edad. La devoción al santo cardenal se propagó rápidamente. En 1601, el cardenal Baronio, quien le llamó "un segundo Ambrosio", mandó al clero de Milán una orden de Clemente VIII para que, en el aniversario de la muerte del arzobispo, no celebrasen misa de requiem, sino una misa solemne.

San Carlos fue oficialmente canonizado por Paulo V el 1ro de noviembre de 1610.

Fuente corazones

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martes, 22 de octubre de 2019

Debemos amar al Papa, el Papa es la elección de Dios: Cardenal, Robert Sarah


«DEBEMOS AMAR AL PAPA, EL PAPA ES LA ELECCIÓN DE DIOS»: CARDENAL, ROBERT SARAH

Debemos amar al Papa como amamos a nuestro padre, el Papa no es perfecto, miren al primer Papa, Pedro negó a Jesús – “no lo conozco” – por miedo, no por voluntad suya sino por miedo. Naturalmente los periodistas toman unas cosas que quieren escuchar y deforman sus palabras, oponiendo al Papa Francisco con los papas anteriores.

Debemos estar juntos con nuestro padre, como debemos estar juntos con nuestro Santo Padre. El Obispo no es perfecto, como el párroco no es perfecto, pero los feligreses deben estar en torno al párroco, los sacerdotes y los feligreses deben estar en torno al Obispo, así es la Iglesia.

Hoy, es urgente proclamar la Palabra de Jesucristo, sin miedo, sin intereses comprometidos. Con ambigüedad, es mejor callarse si no tienen nada que decir, ¡pero si deben hablar, debe ser claro! Sin ambigüedad. Porque la claridad es caridad, la claridad es amor.

Serán destruidos, pero deben decir la verdad.

No se trata de vivir a Cristo de un modo falso, sino radicalmente.

‘Debemos amar al Papa, el Papa es la elección de Dios’

Por Card. Robert Sarah. Dominus Est. 19 de octubre de 2019.

Pregunta un sacerdote al Cardenal Robert Sarah, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos:

Unos de los temas que vemos en general es ¿Cómo se utiliza la figura del Papado? Exaltación a veces de la persona concreta del Papa, se exalta a Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco, y se ve muchas veces que en este momento se contradice un papa contra otro. En su libro, una de las cosas más hermosas que nos enseña es que el Papa, lo queremos porque es el Papa, independientemente de que sea éste o aquel. ¿Qué consejos nos daría usted para, querer al Papa en primer lugar – en este momento Francisco – y para transmitir al pueblo fiel ese amor al Papa? Porque, incluso dentro de los mismos sacerdotes, ahora vemos que hay sacerdotes que utilizan al Papa Francisco para ponerlo contra el Papa Juan Pablo II o contra el Papa Benedicto, o al revés.

¿Cómo podemos amar al Papa, como usted lo ha amado siempre, independientemente de los papas que han estado, y poder luego transmitirlo al pueblo fiel?

CARD. ROBERT SARAH:

El Papa es un don de Dios, primero, Jesús ha dicho: “Pedro, tú eres Pedro, sobre ti edifico mi Iglesia”; el Papa es una elección de Jesús. Luego vinieron otros papas, una elección siempre de Dios, a través de los cardenales, por lo tanto, el Papa es la elección de Dios.

Debemos amar al Papa como amamos a nuestro padre, el Papa no es perfecto, miren al primer Papa, Pedro negó a Jesús – “no lo conozco” – por miedo, no por voluntad suya sino por miedo. Hoy también tenemos miedo, por conservar la propia vida, para no morir; pero [Pedro] se arrepintió y Cristo lo confirmó.

“Pedro me amas”

-¿Amar? Sí, te amo.

-Entonces apacienta a mis ovejas


Tres veces lo dijo. El arrepentimiento de Pedro es un ejemplo, [los sacerdotes] podemos ser Papa si amamos a Jesús. “¿Me amas?”, el Papa ama a Jesús. He visto como amaba Juan Pablo II a Jesús, de rodillas; como amaba Benedicto XVI, con un profundo amor, sus escritos no son sólo su intelecto, sino el corazón que habla, la experiencia que habla, el amor que habla. El Papa Francisco ora – bien –, ama, naturalmente los periodistas toman unas cosas que quieren escuchar y deforman sus palabras, oponiendo al Papa Francisco con el Papa Juan Pablo II, con el Papa Benedicto XVI pero, como Papas no pueden contradecirse, deben custodiar el depósito de la fe, pero, nosotros no debemos escuchar tanto a los periodistas, sino tomar a nuestro Papa como es; son diferentes, el Papa Francisco no es el Papa Benedicto, el Papa Benedicto no es el Papa Juan Pablo II, y no es el Papa Pablo VI.

¡El Papa Pablo VI sufrió! ¡Sufrió!, criticado, ¡destruido! Escribió su encíclica Humanae Vitae en el 1968, diez años después ya no se atrevió a escribir otra encíclica, destruido. También hemos destruido a Benedicto, que porque es alemán, porque es tradicionalista, por esto y por lo otro, pero, es un tesoro de la Iglesia.

También el Papa Francisco, es decir, debemos amar a nuestro padre, explicar, lo que ha querido decir porque él no es italiano, puede equivocarse al hablar; también el Papa Juan Pablo II dijo: “ustedes me corregirán cuando me equivoque en italiano”, siempre dijo así, yo también me equivoco muchas veces, por lo tanto, debemos amar al Santo Padre, porque si no amamos a nuestro padre ya no hay más familia, si los hijos no aman a papá y mamá, ya no hay más familia, y esto lo aprovecha el diablo para dividir a la Iglesia.

Hoy estamos contrapuestos, un cardenal dice esto, otro cardenal dice otra cosa, un obispo dice esto otro. Debemos estar unidos. Como lo he dicho, ustedes [sacerdotes] en torno a su obispo, y los parroquianos en torno a ustedes [sacerdotes], ustedes [sacerdotes] no deben tener miedo de proclamar la doctrina, el evangelio, ¡no vuestras ideas!

Serán destruidos, pero deben decir la verdad; la verdad es una, Jesucristo; el camino es uno, Jesucristo, la vida es una, Jesucristo. Esta es nuestra misión, decir “el camino es uno”, decir “la verdad es una”, decir “la vida es una”.


“La gente no nos escucha”, está bien, también Jesús dijo “me han perseguido, ustedes también serán perseguidos. Han escuchado mi palabra, entonces también sus palabras serán escuchadas”. Hoy, es urgente proclamar la Palabra de Jesucristo, sin miedo, sin intereses comprometidos. Con ambigüedad, es mejor callarse si no tienen nada que decir, ¡pero si deben hablar, debe ser claro! Mi elección en [mi libro] “Dios o nada” es ser claro. Sin ambigüedad. Porque es caridad la claridad; la claridad es caridad, la claridad es amor. Por consiguiente, busquen amar […] San Pablo dice a los Efesios en su capítulo 3: Compartir la Pasión de Cristo, conformarse a la Pasión de Cristo, y tener los mismos estigmas con Cristo, no se trata de vivir a Cristo de un modo falso, sino radicalmente, como San Francisco.


En otra parte, en el mismo encuentro del Cardenal Robert Sarah con sacerdotes de la Diócesis de san Sebastián, dijo:

El sacerdote no es lo que hace, sino lo que es, para ayudar a la gente a caminar hacia Cristo porque nuestro propósito es conformarse a Cristo, ser como Cristo, ipse Christus, nosotros sacerdotes somos alter Christus, pero más aún, somos ipse Christus, la misma Palabra de Jesús dice “este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”, lo decimos, somos ipse Christus, damos la absolución en nombre de Cristo, una cosa inmensa, grande, el ser sacerdote

Hoy especialmente debemos tratar la vida interior porque sabemos que el mundo ya no tiene necesidad de Dios. Ya Juan Pablo II decía que, el mundo moderno, sobre todo el mundo occidental, vive como si Dios no existiera, también los cristianos son cristianos apóstatas. Así que, para que la gente vuelva hacia Dios, se necesitan santos sacerdotes. La Iglesia es como un automóvil, hermoso, pero si el automóvil no tiene motor, no avanza; si el automóvil no tiene combustible, no avanza. Y el combustible, el motor, somos nosotros, que hacemos avanzar el automóvil que es la Iglesia, el pueblo de Dios.

Doy gracias a Dios por haberme hecho cristiano, sacerdote, y he sido muy afortunado de haber vivido 5 años con el Papa Juan Pablo II, lo he visto orar, recé con él. Me tocó también cuando estaba destruido físicamente pero nunca estaba sentado ante el Santísimo, siempre de rodillas, por amor. Hacía falta levantarlo, y ponerlo de rodillas, él solo ya no podía, pero siempre de rodillas ante el Santísimo, y oraba largamente, y cuando oraba parecía que no existiese nada alrededor de él, estaba verdaderamente en una relación con lo invisible, con Dios. Por lo que fui muy afortunado de ver esta manera de orar.

Y estuve cinco años con Benedicto, un hombre de una humildad, de una profundidad teológica, de una santidad que también me ha impactado mucho, y hoy, no sé si tenemos los ojos abiertos para ver los que nos está enseñando. Él renunció como papa, era muy difícil entender esto, pero hoy lo que está escribiendo, la primacía de Dios en la vida del hombre; el primado de Dios y la oración en la vida del hombre, él ha elegido pasar los últimos años de su vida con Dios, cara a cara, en la oración, para enseñarnos a todos nosotros sacerdotes, a todos nosotros obispos, que debemos dar el primer lugar a Dios, el primer lugar a nuestro oficio de oración. Es un signo de los tiempos.

El diablo está dividiendo a la Iglesia, cerca de los débiles, miren a los obispos, uno habla así, otro habla de otra manera, cada uno tiene su idea y la Iglesia solo se destruye. Pero no estamos aquí para decir nuestra opinión; somos enviados. ¿Quién nos ha enviado? Dios, su Palabra, debemos predicar su Palabra, no nuestras opiniones. Nadie tiene el derecho de decir “yo quiero la Iglesia así”, o de esta otra manera, ¡no! La Iglesia es de Dios, lo que enseñamos no es nuestro, nosotros enseñamos lo que Dios nos ha enviado a enseñar. Por lo tanto, permanezcamos juntos, ustedes [sacerdotes] en torno a vuestro obispo. Criticar a su Obispo y decir su nombre durante la Eucaristía, ¡es una mentira!

Termino con una anécdota graciosa. Iban dos sacerdotes que criticaban a su obispo, mientras caminaban pasaron frente a un mendigo, y este estaba ciego, entonces, los sacerdotes al pasar frente a él, el mendigo grita: “¡Padre, padre!, ¡denme una limosna!”. Le han dado 5 euros y se fueron, y enseguida se dicen “¿pero cómo?, no es cierto, no está ciego, ¿Cómo ha reconocido que somos sacerdotes? Retomemos el dinero”. Y volvieron con el mendigo, “¿Cómo es que usted ha reconocido que somos sacerdotes?”, y él les responde: “es que yo escuchaba que se criticaba al Obispo, entonces me dije, ¡estos son sacerdotes!”.

Debemos estar juntos con nuestro padre, como debemos estar juntos con nuestro Santo Padre. El Obispo no es perfecto, como el párroco no es perfecto, pero los feligreses deben estar en torno al párroco, los sacerdotes y los feligreses deben estar en torno al Obispo, así es la Iglesia.

Gracias

Cardenal Robert Sarah

Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos
Traducción de Dominus Est

Fuente, Dominus Est

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